martes, 24 de enero de 2017

en bratislava

Una vez estuve en Bratislava. Leer Ursula de Rudolf Sloboda me ha hecho recordarlo. Una excursión en tren desde Viena. Seguramente es casualidad, pero siempre que me voy de vacaciones y decido hacer una excursión de un día, me pongo de mala leche. Algo siempre acaba complicando el día. Como la menstruación en Kutna Horá y los deficientes horarios de autobús que te aparcan a las afueras de Praga y ya te apañarás. En Bratislava fue una ola de calor que casi me cocina al sol de las dos de la tarde. Y un poco también la imposibilidad de encontrar agua mineral en el colmado, y de nuevo una estación. La estación principal de tren de Bratislava tiene una fauna a las diez de la mañana que nada tiene que envidiar a King's Cross o la Gare du Nord a medianoche. Al cruzar la frontera, un momento solemne que te hace esperar otra cosa: unos guardias uniformados y de mirada estoica, se respira el pasado comunista. En el tren, un moderno tren austriaco, no habrá aire acondicionado al menos que pagues primera clase. El trayecto dura aproximadamente una hora. Llegamos a los cuarenta grados con la intención de hacer turismo.

Y estos días no puedo dejar de pensar que la novela de Rudolf Sloboda podría haber tenido quinientas páginas y mucha información sobre el régimen comunista de Checoslovaquia. Vuelvo a pensar en aquella excursión a Bratislava. Creo que a pesar de todo, nunca había visto a tanto superhéroe junto.

En vuestra ciudad no habréis visto jamás una máquina expendedora de billetes de autobús de aquellas características. Todavía no habíais nacido. No da cambio, no acepta monedas de 2€. Sólo fuimos capaces de descubrir cómo sacar el billete sencillo. Y nos perdimos. Quizá aquí empezó mi malhumor; yo aguanto bien el calor y caminar durante muchas horas, pero no interpretar mal los mapas, de los que me gusta responsabilizarme, y aparecer en el párking de un centro comercial no era el propósito. Buscábamos el castillo. Quizá hoy hubiera preferido visitar la antigua Matadorka.

Sin embargo, precisamente en aquel aparcamiento encontramos a la primera superheroína. Nos explicó qué autobús tomar. Hablaba inglés perfectamente, la primera en el país, y al despedirnos se apareció en la azotea del centro comercial al que habíamos decidido entrar a por café y cambio. Con la mano izquierda avistaba a lo lejos. Y mientras yo entraba boquiabierta por la puerta, sin poder avisar a mi acompañante de la insólita escalada, desapareció, suponemos que para aparecerse allí donde otros turistas tenían problemas.

Salí de aquel centro comercial con El maestro y Margarita en eslovaco. Yo no sabía nada sobre Rudolf Sloboda, aunque había comprado la traducción de Ursula supuestamente hecha por expertos de la literatura centroeuropea años antes. Es una pena que Rudolf dejara la novela en 140 páginas, y que los traductores usen tan mal el pretérito perfecto compuesto en español. Me imagino todas esas escenas penitenciarias que debió de escribir, y pesan más que esas calles empinadas en el barrio del castillo. Donde encontramos a la villana en un colmado y mi piel se comenzó a quemar.

Aquella mujer quizá también se llamaba Ursula. O Janka. O Blatka. Regentaba su colmado al más puro estilo comunista: la mitad de los estantes estaban vacíos. Ni papa de inglés. “Ohne Gass” tampoco lo quiso entender. Pero al salir de allí con una botella de dos litros, por supuesto con gas, y cuarenta grados, la vi de reojos chascar los dedos y el ruido de una fuente en el interior. Esto no es una comedia de los Strugatsky, nos dijimos, y seguimos adelante. Pero la risa malévola segundos después lo confirmó. Nos fuimos. Para acabar pasando por una calle llena de despojos y un pequeño súper, y volver a equivocarnos y comprar de nuevo agua con gas.

El castillo se encuentra en una cima. Mis piernas, mis brazos, mi frente, tenían muy mala pinta. Rojas, como si le hiciera homenaje a la antigua bandera.

—¿Qué voy a hacer, Y?

Con aquellas dos superheroínas mayores no llegamos a interactuar. Pero las vi esconder los trajes fucsia y verde mosca de superheroínas tras el mostrador en el que cobraban el acceso a los baños. En eslovaco se cuchicheaban cosas, y estoy segura de que era la última jugada en la casa donde un incendio casi acaba con los perros y el niño. Pero allí estaban ellas.

Pensé en todas aquellas emocionantes hazañas mientras contemplábamos el Danubio, y me pareció que una estela fucsia-verde-mosca cruzó el cielo de repente.

El restaurante donde comimos era una adaptación eslovaca de un restaurante cubano. Aquella camarera tenía doble vida sin duda. Le hice una pregunta sobre el menú mientras mentalmente hacía la pregunta clave: Are you a superhero? Y ella no dejó lugar a dudas:

—Yes, of course.

La mujer araña de Bratislava nos sirvió aquellos cocktails porque éramos unas guiris caprichosas. Tendríamos que haber pedido cerveza, como el resto del pueblo. Podríamos haber sido más directas.

Sobre todo, ojalá hubiéramos sido más directas con el Thor eslovaco, que era camarero en una cafetería de librería para modernos. En un barrio céntrico donde proliferaba el arte urbano, un poco escondido, pero latente en cada esquina. No como en Viena, donde estaba todo tan limpio que casi era un poco artificial. Quizá allí los superhéroes se dedicaban a recoger bien la ciudad. Allí tampoco busqué a Rudolf Sloboda, aunque en mi casa tenía a Ursula esperando. Me convencí de que los eslovacos igual tienen un idioma minoritario pero leen mucho, como buen ejemplo de civilización. Si no, no se explicaría ese colorido de ediciones a precios tan razonables.

Aquel camarero hercúleo tenía dentro una enciclopedia, una sabiduría matemática infinita, era un poco como el Doctor Manhattan. Había estado en todos los espacios tiempos posibles de Eslovaquia, incluso cuando todavía era un país abrazado a otro. Se cruzó con Rudolf Sloboda el día que le dijeron que tenía que recortar su obra o atenerse a las consecuencias. Sabe qué tenemos debajo de nuestros pies a kilómetros de profundidad. Y el día exacto en que se acabará la Humanidad. 

También que nos iríamos de allí tras acabar la limonada para no volver jamás.

El sol sobre Bratislava
Y como no podía ser de otra manera, el #ColectivoDetroit empieza el 2017 de forma fantástica. En este ejercicio os proponemos que creéis un texto en el cual intervenga un personaje con un superpoder. Siendo fieles a los principios del Colectivo, podéis interpretar “superpoder" de la manera que más os apetezca. Elegid un superpoder tradicional: volar, superfuerza; o un superpoder Disney: congelar; o un superpoder mucho más difícil de encontrar como la franqueza. 
Ya sabéis cuáles son las instrucciones, ¿verdad? Por si se os han olvidado las dejamos aquí. 

1. Leer el “enunciado” del ejercicio.
2.Interpretar el “enunciado” del ejercicio libremente
3. Escribir lo que te sugiera, pero uno de los personajes debe tener un superpoder.
4. Publícalo en tu espacio
5. Cuéntanoslo para que podamos enlazarte tanto en los comentarios como por las redes sociales.
6. No olvides usar el hashtag #ColectivoDetroit, y disfrutar la participación al máximo. 

No te olvides de pasar por el territorio de Adri, cuyo superpoder es el bello arte de viajar como verdadera ciudadana del Mundo, además de escribir con las vísceras. Así que "En Bratislava" es mi humilde dedicatoria. 

1 comentario:

  1. Y que tu superpoder no sólo radica en tu forma de escribir, también en la forma en la que escribes tu forma de vivir. Me ha encantado recordar una de tus muchas andanzas. Need u closer!

    ResponderEliminar