sábado, 22 de octubre de 2016

#InfluencersGoHome

Hay ciertas experiencias que no he vivido a gran escala. Por ejemplo, la popularidad cibernética. Pero ya llevo algunos años pululando por aquí, “creando contenido”, le llaman ahora, y tengo memoria. Así que voy a contaros una pequeña historia de la red.

Fui usuaria de Fotolog. El primero que abrí se llamaba Musa Ambulante, y de ahí mi apodo en Twitter, Goodreads y alguna que otra plataforma. Al adjudicarle a aquel espacio primigenio ese título estaba pensando en mi inspiración. Pero la gente comenzó a llamarme Musa, y con Musa me quedé. Algunos amigos de la época, como G. o N., me siguen llamando así, en público también.

Recuerdo que entonces hacía mucha “ilusión” llenar el cupo de mensajes en Fotolog, sólo bastaban diez comentarios en los inicios. También recuerdo qué foto consiguió que se me llenaran en cuestión de horas: una de mi rostro con una mascarilla puesta. Un “selfie”, en el vocabulario actual, que fue lo más cerca que estuve de convertirme en “viral”. Empecé a llamar la atención en un pequeño círculo, y a conocer/conectar con otros que hacían cosas muy interesantes, como J. y sus fascinantes gags y collages, o que tenían gustos similares, como N., que también adoraba La insoportable levedad del ser de Kundera. Me encantaba Cerdaka y sus fotos de compresas y tampax, con descaro conseguía hacer que lo guarro fuera artístico.

Y entonces cerré Musa Ambulante.

Porque si estoy en la red es porque la gente lee. Y yo escribo. Y aquel Fotolog se acabó convirtiendo en un mal borrador.

A veces pienso que lo cerré por una cuestión de carácter. De forma puntual me tiró para atrás en el momento en que parece que estoy galopando la cresta de la ola. O cuando en mejor consideración me tienen los demás, para dejar claro que si eso no se fíen. Me ha venido a la mente cuando E. me pidió en primero de primaria que compartiera con ella el pupitre, pero yo decidí sentarme con la otra E., porque la veía sola y ya era rara de narices, como una Luna Lovegood noventera. 

Pasado un tiempo, abrí un segundo Fotolog, Deambulando, que también cerré. Me parecía más concluyente que abandonarlo sin más. Supongo que en su momento creí que la plataforma era una herramienta útil para compartir mis historias y enlazar al blog que tenía en ese momento (he tenido varios). O quizá estaba muy aburrida y sentía que el tiempo me sobraba (incauta).

La mayoría de los blogs que he escrito no han sido tan populares como el primer Fotolog. Posteaba varias veces a la semana, y siempre recibía feedback. Aunque mi adorado J. dice que la mayoría es silenciosa.

Escribo, y por eso estoy en la red.

Sin embargo, no dejo comentarios en todos los blogs que sigo, y no me preocupa que no me los dejen a mí. Tampoco busco activamente blogs que puedan parecerse en cuanto a contenido. No tengo Instagram. Ni Snapchat. No utilizo los hashtags de Twitter de la mejor manera posible, ni posteo a las mejores horas/días. Si comento algún artículo en blog/revista digital, de verdad, no es esperando reciprocidad. 

Porque mi vida está fuera.

Quiero hacer una pequeña reflexión sobre la “popularidad” del internauta. La crítica ya lo hace a la perfección el primer episodio de la tercera temporada de Black Mirror, que se estrenó ayer en Netflix. Luego dirán que el arte al servicio de la sociedad ya está muerto, que es un concepto trasnochado de países inexistentes y luchas sociales olvidadas hace mucho tiempo (es que si no tengo mi momento melodrama densito, ya sabéis).

En estos tiempos del reality, de programas vodevilescos como Quiero ser, anuncio públicamente que me niego a ensalzar la figura del influencer. Y que sólo utilizaré el anglicismo para hacer campaña negativa. ¿En qué os convierte el influencer, a todos los que los admiráis y seguís? ¿En personas del todo influenciables? Esta idea última de sentir que los adultos no sabemos qué hacer con nuestras vidas y nuestros gustos me parece algo horrible. ¿Dónde está la sutileza? Este auge del influencer como gurú de las redes demuestra lo poco que valoramos nuestro tiempo libre, y de paso, lo poco que nos valoramos a nosotros mismos.

Seguir o admirar era un verbo reservado para los artistas, los deportistas, los líderes espirituales. Para los que daban su opinión con pasión y nos hacían replantearnos el mundo. Para los mártires de la causa. Para las voces de los oprimidos y de la diáspora que conseguían sobresalir y llegarnos casi del más allá. No para los que se dedican a retratarse a lo largo del día, y te piden thumbs up a su yogurt biológico con moras. En un momento determinado, me puede encantar que los demás me cuenten su vida, pero no es sano ni natural colgarse del influencer que pone vídeos sobre sus últimas adquisiciones o mil fotos de las puestas de Sol en la costa este. ¿Resulta que ahora vamos a aplaudir al que tiene una vida más lujosa y aparentemente rica y plena que la nuestra simplemente por tenerla? ¿De verdad que nuestros esfuerzos y sentidos no estarían mejor empleados en cualquier otra cosa? Y hay much@ blogger muy interesante ahí fuera, junto a la verdad. No lo niego. Hay gente necesaria en la red. Gente picando piedra para hacerse un hueco, para sacar su arte/negocio adelante. Y luego hay influencers.

Una persona nace en un tiempo y un lugar, y por tanto, es un producto local. Aunque yo me siento, y defiendo a ultranza, ser ciudadana del Mundo (pero luego veo montarse un castell y me sigue emocionando como el primer día). Vivid en vuestro tiempo, en vuestra ciudad; apagad el móvil, o las notificaciones. No lo saquéis si quedáis con un amigo para tomar un café, y sobre todo, quedad. Me avergüenzo un poco de las fotos de momentos felices en las vacaciones, nunca de las de #activismocorporal. Por suerte, tengo muchos momentos felices únicamente grabados en la memoria.

Creo sinceramente que no podemos aspirar a algo tan pobre, efímero y vulgar como ser o alimentarse de un influencer, si no hay nada de sustancia detrás. Por favor, procurad que vuestra felicidad sea real y palpable. Comérosla si es necesario. Y por eso, siendo todo lo hater que puedo llegar a ser, digo desde mis ondas siderales periféricas con todo el aire de los pulmones trasladado al papel y luego al documento de Word:

INFLUENCERS GO HOME!






7 comentarios:

  1. Te he leido de pe a pa. Y creo que tienes mucha razón, deberiamos desconectar más a menudo y durante más tiempo. Y debería aplicarme más el cuento: salir a pasear, disfrutar del otoño, tomar cafés y tarta, explorar mis alrededores, hablar con la gente, estudiar y sacarme el puñetero proficiency certificate, ir a exposiciones, aprender, sacar fotos (nunca selfies, soy alérgica a sacarme fotos), ver las noticias, enterarme de lo que pasa en el mundo, ir a la filmoteca...

    El problema viene cuando tus amigos no viven en tu ciudad, ni cerca. Y es bastante duro :(

    Por cierto que te considero una de ellos.

    Un besin

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    1. Dear Polly:
      Yo hace muchos años que tengo amigos fuera, y de los mejores. Y es difícil, y tienes que pasar por ahí. Pero la distancia/silencio no es olvido. Y se tiene que vivir.
      Un besote!

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  2. Me ha encantado tu post. Y me he dado cuenta de lo enferma que está la sociedad, en la cual me incluyo. Te pido permiso para compartirte vía Facebook, porque creo a mucha gente de mi alrededor, les hace falta.

    Un saludo

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    1. Hola, Raquel. Comparte lo que quieras. Muchas gracias :)

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  3. Quería leer tu entrada el otro día pero hasta ahora no he podido por temas estudiantiles :-). Estoy totalmente de acuerdo con todo lo que has dicho, es más, leyendo tu entrada a fondo me he dado cuenta de que no tengo influencers y me parece que entre la gente de mi edad es lo más normal. Creo que esto va con el carácter de cada persona, porque la verdad es que nunca me he sentido atraída a seguir de cerca la vida de nadie famosillo. A mi me la pela bastante la vida de gente que ni siquiera es consciente de mi existencia y que para ellos sólo constituyo un numero más en su red social. En realidad, negarme a ser un número también forma parte de mi pensamiento sobre la existencia humana. Creo que todos los seres somos únicos, todos poseemos cualidades y no necesitamos imitar la vida de alguien que, por una casualidad y un número mayor de seguidores posee más visibilidad. Todos tenemos aptitudes, el problema es que no todos queremos descubrirlas y, mucho menos, fomentarlas.

    Y dirán que es la falta de medios económicos, el tiempo u otra excusa. Pero la verdad es que para lograr ese objetivo lo más importante es no cesar nunca de educarte o formarte. Y hay MUCHA cultura para la gente de clase media-baja. No hace falta ir Conchinchina para aprender, como ha dicho tu maldito ídolo, cuando tienes una biblioteca a dos pasos de casa. He escuchado a personas que le molesta ir a la biblioteca porque los plazos de los libros son muy reducidos, están... yo que sé, enfermas. Han aprendido a apreciar más un fin de semana a París que un fin de semana en su casa. No es malo desear ir a París, pero cuando se convierte en una necesidad SÓLO porque tu ídolo ha estado, entonces tienes un problema. Cada uno debemos andar nuestro camino, es lo único que tengo claro. No imitemos; hacerlo solo nos desposee de el privilegio de ser un individuo.

    A veces (casi siempre) me gustaría vivir en 1916, por lógica (inexistencia de la tecnología actual) había menos tontos intentando hacer infeliz a la gente y fomentando el consumismo. Esos ganapanes mentirosos y capitalistas que siempre tienen en la boca los mismos discursitos manidos y en la intimidad dicen lo contrario mientras se regodean del éxito cosechado...

    Al final acabaré tirando el router por la ventana después de destrozarlo y yéndome al monte a vivir como una señora de finales del XIX. Desde luego, no estoy hecha para el siglo XXI.

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    1. Ay Omaira, te veo en 1916 como una sufragista. Pero no sé si había menos tontos, quizá se han olvidado con el paso del tiempo. Quizá tenemos un mal du siècle posmoderno. Werther nos lo podría decir.

      Estoy de acuerdo contigo en que la educación y la formación, y viajar, que con poco también se puede, es lo que nos va a curar del embotamiento de las redes sociales. Toda adicción es mala. Sigas o no al influencer de turno, cuando pasas de X tiempo ante la pantalla, y esto le puede pasar a cualquiera, ya es pernicioso. Ahora le llaman "procrastinar". Pero ponle el nombre que quieras. Cuando más conectados estamos, más solos somos capaces de sentirnos.

      Y no niego las cosas positivas de ciertas redes. De no tenerlas, no estaríamos teniendo este intercambio. Pero se paga un alto precio.

      ¡Un beso bien fuerte!

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  4. No voy a exponer aquí toda mi historia de interacciones internetiles, pero estoy convencido de que más de un lector se siente interpelado. Aunque admito que cuando leí el título pensé más bien en ciertos trolls pontificando sobre política (de derechas, de centro, de izquierdas o lo que sea, me da igual). Asusta cómo hay peña que prefiere creer a un tuitero que ni siquiera usa una foto de su cara a un periodista que puede acertar mejor o peor pero al menos sabes cómo hace su curro. También esos trolls necesitan relajarse un poco y dedicarse a trivialidades. Por cierto, aún no vi "Black Mirror", que ya estuve abonado a Netflix para ver "Jessica Jones" y no está mi economía para repetir el vicio. Gracias por tu post, al que añado que me repele el anglicismo "influencer". Ganas muy casposas de darse pisto.

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