viernes, 16 de septiembre de 2016

un hombre me explicó una cosa

El otro día un hombre tuvo a bien explicarme una cosa.

Fue un acto de cortesía por su parte. Y una obligación: L., nuestro nuevo comercial de G., decidió llamarme por teléfono para aclararme una consulta. En realidad, una pregunta muy específica que le hice llegar por email: Por favor, he visto en nuestra facturación que habéis decidido cambiar de compañía de transporte. ¿Qué compañía estáis usando ahora? Os traduzco, porque nuestra comunicación es exclusiva en inglés. Y es que lo bueno que tiene G. es que te pone los “tracking numbers” de todos los paquetes que nos mandan. De repente la numeración era más corta.

S. me pasó la llamada, diría que eran las cinco de la tarde. De este septiembre tan arduo como todos los anteriores:

—Te llaman desde Inglaterra.

Qué raro, pensé. Aquel día no parecía tener ningún frente abierto. Ninguna caja perdida, ninguna factura con faltantes o sobrantes, ningún pedido atrasado sin explicación. Ningún problema de contabilidad, ninguna devolución en tránsito.

Era L. Él no sabe que es el quinto comercial de G. con el que trato en tres años. Que entiendo que es bastante nuevo en el equipo de International Sales de su empresa, y seguramente su cartera de clientes es pequeña. Aunque nosotros no lo sintamos así, Balmes 129 bis es un cliente muy pequeño para G. Yo nos veo como un verdadero y digno bastión en estos tiempos amazónicos. Pero precisamente por eso, porque para G. no somos una máxima prioridad, tenemos a L. Que tiene tiempo para llamarme con las promociones de la semana, a las que siempre le contesto que no me interesan, o que me las mande por email, que si quiero algo, que no se preocupe, que no me corto en pedir su asesoramiento. Dejará de llamar con las promociones, como todos sus antecesores, porque es cierto cuando dicen que soy muy territorial, y dura y rocosa, y sobre todo, como compradora.

O quizá simplemente a L. le gusta el teléfono:

—Jennifer, te llamo para explicarte lo de los envíos.

Ah, no pensé necesitar una explicación. Qué tremendo.

—Vale, ¿qué compañía utilizáis ahora?

(Todavía con ingenuidad).

—Nos hemos pasado a tal ___.

Entonces no lo pude evitar. Lo de marcar el terreno  ya lo tengo muy interiorizado. Con todas las personas nuevas con las que trabajo, en esas relaciones profesionales en la que nosotros somos el cliente, repito el mismo patrón de comportamiento: fuerte y en tus trece, aflojas dentro de un tiempo.

—Pues hubiera sido un detalle que G. hubiera mandado un correo notificando a los clientes sobre este cambio.

Al otro lado el gesto que no veo y que sé que significa que no esperaba tal apreciación.

—Porque este cambio significa que todo llegará más rápido, ¿verdad?

Otro envite que no espera. Y L. se defiende como puede:

—Sí, sí, sí... ¡Por supuesto!

Claro, o porque esta nueva empresa os ha abaratado costes de una forma a la que G. no podía resistirse. Balmes 129 bis sigue pagando los mismos costes según el peso de las cajas. Lo entendemos.

Pero ya que lo tengo al teléfono me acuerdo de que quería preguntarle una cosa sobre un material que quizá tenga que pedir. Lo dicho, que si tengo que preguntar, no me corto un pelo.

Lo que pasa es que una vez formulada la pregunta, me doy cuenta de que L. tiene carácter y ambición, y entonces empieza por fin el momento mansplaining:

—Pero déjame que te cuente primero cómo funciona la página de ____.

Pues como la de la anterior agencia de transporte: entras en la web, vas a la pestaña de envíos internacionales y pones la numeración. Y date cuenta que ahora, por cada referencia de envío, los dos últimos dígitos corresponden al número de bultos. Por eso, uno acaba en 01, el otro en 02, otro en 03 y así sucesivamente... Según el número de cajas de esa factura. ¿Alguna pregunta? Con demostración por mi parte de que lo tenía claro incluida, que no lo he dicho, que tuve que abrir la dichosa web de _____.

—Jennifer, ¿has bajado hasta donde pone envíos internacionales?

—Sí, L., que sí.

¿Por qué estoy perdiendo el tiempo con esto? Me empieza a fastidiar la llamadita...

Y ya tengo delante del mostrador a una persona esperándome. Qué oportuna es la vida de la librera, que tiene espectadores de repente, y claro, así no es que te amedrentes, pero te lo piensas dos veces antes de ponerte echa una furia al teléfono, y decirle a L. que para-esta-bobada-me-llamas-es-septiembre-y-las-cosas-se-acaban-y-todos-buscan-el-workbook-o-el-de-Oxford-verde-de-tercero.

Y de repente me colgó. Con mucha educación y tacto, asegurándome que miraba lo que le pedía y me escribía un correo. Esta consulta de última hora que no me había dejado formular bien, y que habría hecho que nuestra conversación fuera más interesante. Para mí.

Varios minutos después, tras buscarle al cliente el libro y enviarlo a caja, vuelvo a mi mesa y me doy cuenta: L. me ha llamado para explicarme una cosa. Cuando lo correcto por su parte hubiera sido contestar mi pregunta por email, con un simple: Ahora utilizamos ___. Y listos. Estuve muy tentada de coger el teléfono y llamarle. Pero el problema es que en una situación de mansplaining, él nunca cree estar haciendo algo malo, incorrecto o fuera de lugar.

Como dijo Rebecca Solnit, que fue la primera en teorizar sobre el concepto mansplaining, todas sabemos bien de qué se trata cuando un hombre "te explica" algo. Una explicación innecesaria y que suele ser condescendiente, por parte de un locutor que habla con vehemencia, y cree a pies y juntillas en su derecho de iluminarte el camino, pobrecita en su mente incluido. 

En español, los ensayos de Rebecca Solnit Los hombres me explican cosas están disponibles en Capitán Swing (de esas editoriales maravillosas y valientes). Y Violeta Moon está preparando algo muy interesante al respecto en su canal My Cadillac Dream. Porque sé que a todas os ha pasado en un momento u otro: algún hombre os habrá explicado alguna cosa. Si os apetece compartirlo y hacemos piña entre todas, a ver qué conclusiones sacamos, por favor, no dejéis de contactar con Violeta.



Buen fin de semana. Os espero el martes ;)


4 comentarios:

  1. Y te sientes tonta, no porque no supieras de sobras lo que te estaban explicando (todo esto como si fueras una niña pequeña que no sabe ni cruzar la calle sola) sino porque te quedas tan alucinada con el mansplaining, que siempre pilla por sorpresa, que no tienes una respuesta adecuada para despedirte del explicador de turno, una de esas de: mira, te metes la explicación por donde la espalda pierde su nombre porque ni la necesito ni te la he pedido, adios.

    Pero claro, tienes que decirlo de forma que el explicador se entere y no haya consecuencias para ti, porque estás en tu ámbito laboral y ahi, por desgracia, aun no tenemos el terreno asegurado.

    Un beso enorme y muerte a los explicadores.

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  2. A mí a veces me pasa con mi tío cuando sale el tema del machismo en la mesa. Por algún comentario que hacen y no me puedo callar. No para echárselo en cara, sino para que se den cuenta. Para que aprendan, o al menos quieran cuestionarse si lo que digo tiene algún sentido. ¿Y qué me encuentro de cara? A mi tío explicándome qué es y qué no es el machismo. O el feminismo, que según él es lo contrario. Pero ya no me callo. Ah ah, ya no.

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  3. Esto me recuerda a casi todas las conversaciones que mantengo con uno de mis tíos y que me saca de quicio every single time. Recuerdo una vez en concreto que me tenía harta y después de mirarlo muy serio y muy cabreada, le solté incrédula: "¿En serio, A.? ¿En serio pretendes explicarle un concepto lingüístico a una licenciada en filología? Tú, cuyo nivel de estudios no sobrepasa el bachillerato". Mi madre me miró mal por ser tan maleducada (luego le dije: lo siento, mama, estaba muy cabreada) pero el tío, mi tío, no se dio por aludido y siguió soltando barbaridades sobre un tema del cual no tenía la más remota idea.
    Por cierto, lo del "verdadero y digno bastión en estos tiempos amazónicos" me ha recordado a la aldea irreductible de Astérix y Obélix que resiste ahora y siempre al invasor y me he enamorado un poquito más de vuestra librería ^.^ Una que es una sensiblera...

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  4. Lo de los hombres que se permiten opinar y creerse una enciclopedia no existían en mi familia (materna) hasta que una de mis primas se casó. Desde entonces tenemos uno que vale por todos esos siglos de escasez de mansplaining. La última vez salí de su casa con ganas de no volver jamás.

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