martes, 13 de septiembre de 2016

Colectivo Detroit: un cuento para Carlota

Había días en que lo soportaba todo, e incluso creía ser feliz. Otros no.

Pidió un deseo, porque le insistieron. La tarta era de trufa. Deseó no estar aquí. No existir. Pero ninguna fuerza le hizo una señal de que el mensaje había sido recibido, el suelo no se abrió bajo sus pies. Se levantó de la silla suspirando. Alguien trajinaba en la cocina.

—Voy a salir.

Se puso el abrigo rojo. Se metió las llaves en el bolsillo izquierdo por inercia, y salió por la puerta. Tuvo mucho cuidado de no dar un portazo. Bajó los cuatro pisos concentrada en los nuevos zapatos de charol azul cielo. En los días buenos, semejante regalo le hubiera hecho creer que ya tenía todo lo necesario. Llegó al vestíbulo. La luz de media tarde la confundía. ¿Aquel día no pensaba acabarse? Al salir tomó el camino de la izquierda, hasta el cruce con la avenida. Diez pasos exactos. Cuarenta más a la derecha y la estación de tren.

Veinticinco minutos tardó hasta M. y el mar la recibió de espaldas. En el otro andén, un muchacho pensó que aquella era una bonita postal. Algo anodina, demasiado solemne quizá. Tan joven y cabizbaja. Él sólo recordaría aquellos labios rojos, y sólo durante algún tiempo. Estudió la estación durante unos breves minutos y luego prosiguió su camino. Bajó por la explanada hacia la playa, que también estaba a cinco minutos a pie de casa. Pero había decidido irse y no le pareció bien abandonar sin algo de ceremonia. Justo entonces le vino la inspiración: como V. se fue llenando los bolsillos de piedras, las más grandes las encontró en la orilla. Los guijarros se mezclaron con las llaves.

Sin contemplar motivo alguno, ni repasar momentos tristes, se adentró en el mar de enero. No sintió frío, ni miedo. El agua la cubrió por completo enseguida. Su larga melena flotó mientras ella descendía, como despidiéndose de todos. El fondo era bastante turbio y pronto dejó de ver. La luz se apagaba. Su mortífero regalo de cumpleaños no tenía sonido alguno.

Carlota tardó nueve minutos y doce segundos en ahogarse. Tuvo toda la suerte del mundo porque nadie interceptó su atentado.

Y toda la mala suerte de que soy yo la que escribe esta historia, y rescato su cuerpo inerte de las profundidades con una ola torrencial (inventada). Es mi primer cadáver.

Carlota abre los ojos al día siguiente, justo mientras sale el sol. Ha perdido el abrigo. Una bruma espesa planea sobre el mar plácido. Hace mucho frío.

Extrañada, se incorpora sobre sí misma, nota cómo sus dientes castañean. Tirita. No esperaba otra cosa que la nada absoluta. Un alga se le ha enrollado en el zapato derecho, zapatos nuevos ya para tirar.

—¿Pero cómo?

Una voz retumba en su interior: Te he resucitado.

Te he convertido en la suicida de mi repertorio. No querías estar aquí. Y no estuviste.

Esta vez, sorpresa y el nerviosismo de no comprender bien. En el futuro sólo quedará la indignación, más tarde sustituida por la resignación disimulada. Pero todavía no es una autómata.

—¡Pero no es posible!

Y yo vuelvo a ser el eco en las costillas: En ficción todo es posible.

No solemos hablar en estos términos, no negaré que disfruto de este momento íntimo, que se repetirá tan poco porque en las próximas resurrecciones, Carlota estará tan enfadada que al regresar sólo pensará en qué método emplear en el siguiente suicidio. Todavía cree que la muerte puede ser definitiva. De momento, pregunta confundida:

—¿Pero por qué?

El toque de desesperación es muy sutil.

Y alguien la ve al salir de casa y sonríe triste.

Yo sólo contesto como si mi voz fuera esa brizna de viento frío que abofetea las orejas con su pelo:

—Quería matar la tristeza.


(Y es raro lograrlo a la primera). 

Carlota on the road

Carlota es un personaje recurrente que creé hace algunos años ya, y que el Colectivo ha logrado traer de vuelta, tras un letargo de casi un lustro. Y precisamente en eso consisten sus historias: en volver. O en marcharse. Carlota es una suicida que resucita una y otra vez. Para matarse en su siguiente aparición. Menos en el poema. El único texto donde ha logrado sobrevivir, y no ha llegado a renacer, hasta ahora. Quién sabe... 



***



Esta semana os proponemos redactar un texto breve sobre un trayecto. Puede ser un viaje a la otra punta del mundo, o el paseo de casa al trabajo. Puede ser un suceso puntual que hayáis presenciado en el tren o en el autobús, puede ser sobre los desconocidos que os encontráis todos los días en el metro. Puede ser una proyección astral, o un viaje espiritual. 

Sin embargo, esta vez, lo importante es que vuestro texto sea realizado durante un trayecto real. Esta semana el experimento consiste en dejar nuestro escritorio, o nuestra mesa favorita en aquel bar, y ver qué pasa cuando escribimos "sobre ruedas".

El 7 de septiembre al salir del trabajo a las 8, me subí al H10 que pasa por la calle Valencia a las 20:15. Terminé el borrador de este cuento que habéis acabado de leer a las 20:38 (al destino llegué poco después).

Evidentemente el borrador ha pasado por varias revisiones. Pero la creación se dio en ese autobús rodeada de gente. Si alguien se sube a un autobús, tren, metro, coche, taxi, etc. y no termina su texto, puede publicarlo inacabado, o añadir un final en casa, que recomendamos marcar en rojo.

Si alguien necesita algún tipo de aclaración más, por favor, no dudéis en contactarnos en colectivodetroit@gmail.com 

Gracias. Y recordad lo que dijo Rodchenko: "Nuestro deber es experimentar". 

Y ahora las instrucciones. No olvidéis pasar por Billete de cercanías y leer el ejercicio de Adri. 

1. Leer el “enunciado” del ejercicio.
2.Interpretar el “enunciado” del ejercicio libremente.
3. Escribir lo que te sugiera. Pero subidos en un transporte. 
4. Publícalo en tu espacio.
5. Cuéntanoslo para que podamos enlazarte tanto en los comentarios como por las redes sociales.
6. No olvides usar el hashtag #ColectivoDetroit, y disfrutar la participación al máximo.


8 comentarios:

  1. Ole! Me gustó mucho mucho, sobre todo el final y la breve conversación que tienes con Carlota :)

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  2. Me ha gustado (y me ha sorprendido) el cuento, sobre todo la frase final. Todo un logro escribirlo durante un trayecto, a mí me llevaría bastante más hacerlo tan redondo.

    Creo que éste es el segundo o tercer texto que leo del Colectivo y me parece una iniciativa muy interesante.

    Un saludo.

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    1. ¡Gracias, Oliver! Espero que algún día te animes a participar ;) Con el reto que quieras. No hay presiones temporales de ningún tipo.

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  3. En primer lugar: Voy a montarme un caseto en las ferias, vestirme de zíngara y comprarme una bola de cristal (ya sabes a qué me refiero).
    Yo este ejercicio me temo que voy a tener que dejarlo pasar, porque no tengo en vista ningún trayecto. La semana que viene si, que voy a una clase al pueblo de al lado y voy en tren, pero esta semana no tengo clase. Es lo que tiene vivir en una ciudad tan pequeña que vas a todo andando... además de que se ha puesto a llover.

    En segundo lugar: así que te dedicas a hacerles perradas a tus personajes, te parecerá bonito. Pobre Carlota :(

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    1. Qué suerte tienes, Paula, de ir andando a todos los sitios. Caminar es salud. No sólo para el cuerpo, mammita qué estrés a veces en Cacarenfe.
      ¡Nos leemos en los siguientes!
      Mua!

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  4. Creo que Carlota (cuyo cumpleaños es en enero) encontraría inspiración si me viese conducir. Hoy en mi práctica de coche he pensado en ella, tenía miedo de que me saliera de repente de entre los coches aparcados.

    Como me gusta todo esto. Espero ansiosa al martes que viene. Un abrazo.

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    1. Demasiado observadora eres, habrás visto más cosas ;)

      Cruzco mis dedos para que las tecnologías no fallen el martes.

      Mua!

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