viernes, 2 de septiembre de 2016

amor y sexo con preposiciones

Mi ideal de relación amorosa: ambos escriben, o ambos pintan, o ambos toman fotografías de desconocidos en la calle y en el transporte público. Leen durante horas en silencio, bajo el mismo techo y sin interrumpirse. Y llevan veinte años acompañándose. Se interesan por el arte de su pareja, a veces lo critican de forma feroz, pero jamás permiten que el otro tire la toalla y pierda la ilusión. No es que miren en una misma dirección; ni siquiera quieren, ni han querido, las mismas cosas. Se acompañan en el pleno significado del verbo, y cuando ya no lo hagan más, esos veinte años y todo el deseo compartido serán suficientes para agotar la ausencia. No poseen a su pareja, no se completan entre sí, son dos números enteros interesados en el bien común.

La primera vez que se acostaron, ella pensó que jamás lo volverían a hacer. Él sonrió feliz y le agarró la mano, y le dijo que la próxima vez iban a necesitar más espacio. En la segunda cita, cuando él la abrazó, le agarró fuerte de las nalgas. Y la tercera vez que compartieron toda la privacidad del mundo, ella sacó el valor necesario para decirle qué era lo que más la excitaba, y para confesarle que cualquiera que consiguiera hacerla sentir poderosa, se la habría ganado un poco. Él se arrodilla ante el cuerpo desnudo, ella no puede evitar agarrarlo del pelo, no sabe si sigue manteniendo la verticalidad.

Les hacen mil preguntas aunque sólo se experimentan desde hace algunas semanas: ¿Qué sois? ¿Estáis juntos? ¿O simplemente lo pasáis bien? Ella está a punto de salir corriendo, la palabra compromiso flota a su alrededor y no está preparada. O quizá no está dispuesta. O quizá le da tanto miedo lo que no conoce. Siempre ha abusado de su soledad. Él la invita a ver una exposición, y después caminan durante horas. Y él no repara en ningún momento, ni saca pecho, al ver que los que se cruzan en su camino los consideran una pareja. Dos. Un número socialmente aceptado. Todos les sonríen. A ella le sonríen doblemente cuando un día entra en una tienda para comprarle una camisa. Por supuesto, a su edad, no es para su hijo. Y cuando entran en el restaurante, siempre les preguntan en plural: ¿cómo les va? ¿Dónde quieren sentarse los señores? ¿Harán menú? Ella no puede evitar las punzadas de incomodidad, pero él siempre le resta importancia. Y poco a poco, la convence. Nadie le puede arrebatar el “yo”, se lo promete.

También se enfadan. Una noche ella le pide que se vaya de su lado, que no la abrace sudoroso. Pero la casa es de él. Él, que ha estado a punto de tener el valor suficiente para pedirle que vivan juntos, que se instale en la habitación libre. Petición que acabará haciendo algunas semanas más tarde. Llegarán al siguiente pacto: si hay terceras personas, no lo sabrán jamás. La atracción física por otros nada tiene que ver con la sinceridad de los sentimientos que comparten. Se adoran. Deciden que en primavera se irán de viaje a Praga para celebrar que se han encontrado en este mundo de locos. En el puente de Carlos, donde muchas parejas se juran amor eterno con el castillo de fondo, ella lo enredará en el argumento de su próximo cuento, o él le comunicara la idea de abstracción que ha tenido para el próximo lienzo.

Llevan veinte años. Se dan la espalda en la misma habitación, cada uno concentrado en su caballete. Él escribe a máquina porque es un romántico, ella deja borradores extraños en distintas libretas, en la peor de las letras posibles. Ella le saca un retrato, trípode incluido. Y él una foto a traición mientras ella observa los cambios de veinte años ante el espejo. Caen al suelo. Se desnudan. Se ríen. Las persianas subidas, el vecino de enfrente seguramente mira. Tras lo diez minutos animales, siguen pesando la practicidad de ella:

—¿Qué comeremos hoy?


Oh, ese plural…

Antoine et Christine



Presenté esta historia para el último ejercicio del Colectivo Detroit, pero sin preposiciones. Y hoy comparto la versión en la que fueron concebidos ambos personajes. Tras la recepción que tuvo el ejercicio el pasado martes, me apetecía hacerla pública.

Es un de las mejores historias que he escrito en mucho tiempo. Y se lo debo al Colectivo Detroit, que me está ayudando enormemente a encauzar la creatividad y a mejorar un poco la poca disciplina que tengo a la hora de escribir. Por eso, os animo a que os unáis al Colectivo Detroit. Creo que sólo pueden salir cosas buenas.

Muchas gracias por leerla, y por todas las opiniones recibidas. 

¡Nos leemos el martes en Detroit!

p.D: Ahora ya os puedo preguntar: ¿qué versión preferís, con o sin preposiciones?


3 comentarios: