martes, 2 de agosto de 2016

momentos felices

Todo empieza en 1970. M. tiene entonces 18 años y su hija mayor es todavía muy pequeña. (Se sienta en el sofá, sonríe mientras rememora lo que está a punto de relatar):

—Pues mira, estar sola con mi hija mayor en casa de mis padres. Él estaba haciendo la mili (“él” es su marido, padre de la criatura).  Me iba con mi tía al centro de compras (la tía L.). Íbamos en el autobús, y entonces no se podían subir cochecitos, así que L. siempre llevaba a C. en brazos. Yo no podía con ella. (M. siempre ha sido de constitución pequeña). Íbamos a Santa Caterina, a Portal del Ángel, calle Pelayo arriba…

Me las imagino todas aquellas tardes con ropa de plancha. Con las calles rotuladas de distinta manera en aquellas fechas. Con el monedero lleno de pesetas. Espacios conocidos en los que pasean gente que ya no existe.

Y ahora es aproximadamente 1994-1995. Esta M. tiene poco más de 20 años. Ella no lo sabe, se lo tengo que decir, porque lo que me cuenta es un momento tan Virginia Woolf, que la hago sonreír, y ella a mí.  Bueno, yo voy a sonreírme todo el tiempo, porque esta experiencia también la he tenido, ese momento en el que abres la puerta de una estancia y es tuya. Con el tiempo te das cuenta de que compartir no era tan terrible, no había monstruos debajo de la cama. Pero no es lo mismo que «tener por fin una habitación propia, con mis cosas bien ordenadas, todo en su sitio bien colocado. Y comprada por mí». A mí también me gusta que se respete mi caos. Y como a M., siempre me ha dado mucha satisfacción costearme mis cosas (Me reitera varias veces que todavía conserva aquellos muebles, y que I. los  utiliza. I. es su hijo).

J. no recuerda bien si esto pasó exactamente en el año 2000, aunque le ha dado varias vueltas. Podría haber elegido otra fecha, pero me gusta la idea de marcar el inicio del milenio. J. cree que fue ese año cuando recogió el título de Bachillerato. Un buen momento. Porque era la primera vez que conseguía algo importante. Ese día se reencontraría por casualidad con su profesor preferido, por quien seguramente acabó estudiando Historia. Esto no me lo dice con la voz baja porque me lo ha escrito. Reconoce que quizá es un poco hortera, pero que su padre se molestara en encargar un marco a medida para colgar el título de Bachillerato en su habitación fue bonito, porque él (él es el progenitor) no es muy dado a las palabras, y a pesar de que no lo dijera, se notaba que estaba orgulloso. J. piensa que esta situación es el tópico del hijo que busca la aceptación por parte del padre. Aquí no tenemos partidos de béisbol como en USA, pero algo de eso siempre hay. Y además teniendo en cuenta que J. y su padre habían discutido algunos años antes de forma que a J. se le quedó grabada la disputa, aquel gesto de bricolaje era la metáfora de una herida ya curada.

Tiradas en la playa un domingo, K. me cuenta que en 2006 aprendió a conducir. He repetido año con G., que me escribe lo siguiente:

Acababa de mudarme a Madrid y salí a comprar ropa por mi cuenta. En realidad iba acompañado por mi compañero de piso, pero al menos no era mi madre. Aquel día compré un abrigo de otoño que me estaba algo grande y un gorro para el invierno.

Me gustan todas las historias sobre emancipación.

Y me encanta lo rápida que fue C. cuando le pregunté por 2011. No dudó un segundo y me respondió por mensaje lo que introduzco con guión:

—Es cuando conocí a A. En la presentación de un libro. Me la presentaron otras blogueras. Ella tan pelirroja y super dulce, y no sabía que iba a ser una de mis mejores amigas.

Como yo no sabía que T., a la que todavía conozco poco, me contaría que en 2013 descubrió a seis mil seiscientos y dos kilómetros de aquí que el amor a primera vista, o mejor dicho, de primera cita, existe.

El recuerdo feliz más reciente es el del año pasado, cuando a I. le dieron el alta médica del cáncer de útero. Y también la del posible cáncer de pecho.

Si ahora me preguntáis, os diré que no soy capaz de teorizar sobre la felicidad, ni es la intención de este texto a “varias voces”. No tengo suficiente léxico para las grandes preguntas existenciales. Pero con este experimento he podido comprobar que todos tenemos recuerdos felices, de los más variados, en escenarios cotidianos, o no, y que pasados los años dichos recuerdos felices se convierten casi en estados mentales que emocionan y hacen sonreír. Quizá están ahí para ayudarnos a soportar todo lo demás.

A partir de julio 2016, los recuerdos felices aquí expuestos son características indivisibles de las personas que me los han regalado. Cuando piense en estas personas, o las vuelva a ver, sobre todo a las que están lejos en estos momentos, sus recuerdos serán más visibles que sus pecas o sus tics nerviosos. Ahora sabré qué atesoran, y qué les ha hecho felices, que es probablemente la mejor versión de nosotros mismos por muy fugaz que sea.

Gracias por colaborar conmigo en este ejercicio del Colectivo Detroit.

p.d: M. y M. me preguntan: ¿y tu momento feliz?

Fake School Bus Driver

Travelling inside the Falls


Y pienso en Canadá 2013 y no puedo elegir.

+++

En todos los libros de Svetlana Alexievich se emplea la misma técnica: se entrevista a una serie de personas que tienen una relación directa o colateral con un mismo suceso, ya sea el desastre de Chernóbil, la caída del comunismo soviético o la guerra de Afganistán. Sus obras son extensos reportajes sobre el "aftermath" de algunos de los capítulos más negros del siglo XX, crónicas de repercusiones perdidas que a veces se extienden durante décadas. Alexievich las llama "novelas a voces".

Hemos hecho una misma pregunta a una serie de personas. En mi caso les he pedido un recuerdo feliz, pero de distintos años. La pregunta es libre. Pero lo ideal es que sea la misma pregunta para todos los entrevistados, con inclusión de alguna variante (por ejemplo, la variante temporal, como en mi caso).

Esta semana hemos tenidos varias incorporaciones. Gracias y bienvenidas :) Recordad usar el hashtag #ColectivoDetroit y enlazarnos a Adri (@hadripv) y a mí (@garymused) para que no nos perdamos ni una colaboración.


En los próximos días iremos anunciando algunas cosas interesantes ;) Por el momento, visitad el ejercicio de Adri en Billete de cercanías. 

Y ahora, las instrucciones habituales de participación:

1. Leer el “enunciado” del ejercicio (en negrita, más arriba).
2.Interpretar el “enunciado” del ejercicio libremente.
3. Escribir lo que te sugiera.
4. Publícalo en tu espacio.
5. Cuéntanoslo para que podamos enlazarte tanto en los comentarios como por las redes sociales.
6. No olvides usar el hashtag #ColectivoDetroit, y disfrutar la participación al máximo.

6 comentarios:

  1. Jen. Gracias. Es un ejercicio fantástico, el tuyo. ¿Sabes? No he podido evitar hacer el esfuerzo de imaginarme que la pregunta me la hacías a mí, y pensar qué había respondido. Para mi sorpresa, ahora que últimamente me regocijo entre lamentos, he encontrado una amplia selección entre la que me costaría escoger. He sido siempre bastante feliz. Con todo, creo que mis recuerdos (felices e infelices) se han ido deformando y mistificando con el tiempo, y no sé hasta qué punto los hechos son del todo "rigurosos". Era muy temprano, madrugada, cinco y pico de la mañana. Creo recordar que él estaba de camping en la montaña con otro amigo y me llamó para preguntarme si ya sabía algo. Recuerdo que me salían palabras pastosas, entre la hora y su acento de Israel en inglés no acababa de coordinar. No sé si colgamos o le mantuve en espera. Pero cogí mi portátil de la mesilla y lo metí en aquella cama inmensa del 7º piso de Travessera de Gracia. Vi la resolución de sueño(s) cumplido que poco me importó que eso significaba que aquella voz que me lo acababa de recordar pronto iba a salir de mi vida. Lo más bonito de un momento feliz es que es una especie de primera ficha en cadena para recordar los buenos momentos que vinieron después y de los que están por venir. ¡Qué grande! Has estado genial.

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    1. "He sido siempre bastante feliz", eso sí que me hace a mí sonreír :) Mua!

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  2. Qué entrada tan entrañable y qué sonrisa me ha salido cuando he llegado a C. y A. porque sé quiénes son y las adoro a ambas. Y a ti, que con tanto cariño reproduces las pequeñas historias de gente que se cruza contigo en la vida. Maravilloso

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  3. Me ha llamado la atención como la línea temporal avanza en función de los testimonios. También es destacable cómo has descrito la transcendencia de los momentos felices. Tanto el final de Cristina como el tuyo son similares y en ambos se termina dando paso a nuevas historias. Por cierto, también me gustan todas las historias sobre emancipación.

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    1. Los pequeños héroes son los mejores ;)

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