martes, 5 de julio de 2016

matasellos de Detroit

FRAGMENTO 1: Sofia Petrovna. Una ciudadana ejemplar. LIDIA CHUKOVSKAIA. Páginas 9-10:

La vida de oficinista absorbió por completo a Sofia Petrovna. Al cabo de un mes ya no podía comprender cómo vivía antes sin ese empleo. Es verdad, por las mañanas era desagradable levantarse con el frío y la luz eléctrica, helarse esperando el tranvía entre un gentío soñoliento y lúgubre. Es verdad, debido al repiqueteo de las máquinas de escribir hacia el final de la jornada empezaba a dolerle la cabeza… Pero, en cambio, qué ameno e interesante era tener una ocupación. De niña le encantaba ir al colegio, y solía llorar cuando, por culpa de un resfriado, la dejaban en casa.

Supongo que no me quería perder ni una coma de lo que se leyera o escribiera aquel día. No recuerdo llegar a las lágrimas, pero sí levantarme de golpe desorientada, con el pulso acelerado, ¿qué hacía todavía en la cama? Ya de adolescente, recuerdo aquella vez que le tuve que pedir a la profesora de inglés cambiarme el examen, porque el día establecido tenía que faltar. Me tembló la voz, me puse muy nerviosa, como si estuviera pidiendo que movieran las montañas por mí. Mi primer año de secundaria fue desastroso. De pequeña me fastidiaba no ir al colegio, me enfadaba mucho y me deshacía en múltiples reproches. ¿Lo ves? El carácter fuerte siempre ha estado ahí. Incluso fui a Catequesis con todos los capilares de los ojos reventados, como si fuera la personificación de un demonio, como si quisiera atemorizar a todos los niños que en los lavabos de la parroquia se tocaban de forma inocente. Y nunca me gustó aquella clase, la Catequesis es de lo único que no aprendí nada, pero era mi deber. Me esperaban allí.

Por eso te admiro, A., creo que nunca te lo he llegado a decir. Sé que ahora mismo no podría parar. No podría dejarlo. Dar una vuelta panorámica desde mi posición y contemplar todas las puertas y caminos, quizá esperar el momento oportuno, descubrir un día un sendero imprevisto. Me he puesto en una posición económica que no me lo permite. Se me da muy mal pensar a largo plazo, o quizá no tengo las suficientes agallas.

M. me dijo una vez que era muy joven, que empezaría a tomarme en serio a los 27-28 años. Nunca me ha gustado especialmente lo que él escribe, pero siempre he admirado su ímpetu y su capacidad de defender sus proyectos, de expandir su persona hacia el exterior. A mí me cuesta horrores, a pesar de los años de blog, de los monólogos que intercalo en tantas conversaciones encubiertas sobre el yo y nuestras esperanzas. Es la maldita exigencia que espero que al final me lleve a un destino mejor. No hay nada más patético que querer dar lo mejor y acabar no dando nada. Me irrita oír en mi cabeza ese eco sordo «ya lo haré, ya lo haré». El ahora está aquí. Antes de que empiece el drama. Voy a hacer lo que me da miedo. El miedo es un gran estímulo, ¿verdad? El miedo a exponerse. Voy a buscar la inspiración donde no la tengo, como ya te dije.

FRAGMENTO 2: Mi historia de amor con el arte moderno. Katharine Kuh. Página 159, “Constantin Brancusi. Elisión y Re-visión”.

Cabe preguntarse si, contrariamente a la opinión generalizada, Brancusi no fue tanto el principio de una era como la triunfante culminación de otra, una situación que sería poco habitual, pues en la actualidad estamos acostumbrados a considerar los finales en términos de “anticlímax”. Hoy sólo cotiza lo nuevo: lo diferente, lo cataclísmico, ya representados por artistas distintos ya por fases sucesivas de sus respectivas carreras. Esto no vale con Brancusi, quien siguió su propia senda prestando muy poca atención a las modas del momento.

Y de la página 242, “Clyfford Still: El hombre airado del arte”:

Tal vez sea más sensato confiar en el futuro que tratar de controlarlo.

Es nuestro final de década, ¿te das cuenta? Yo llegaré allí antes y tú todavía tendrás unos meses más. Es nuestro propio anticlímax, que tendríamos que muñir hasta agotar. Siento que se desvanecen las alegrías inmediatas de salir, y saltar, y embriagarse con alcohol barato. Y de llegar a casa con los pies doloridos para dormir hasta la tarde siguiente, y despertarse de nuevo desorientada, pero sin enfermedad. Aunque tú siempre has sido de madrugar. Toca trabajar. Toca pulir las ideas. Toca transformar las imágenes en palabras. He perdido a tantos personajes en trayectos de metro y actualizaciones de Facebook, luego, más tarde. Me da hasta vergüenza. Me pregunto si siguen en alguna neurona recóndita de mi cabeza y si seré capaz de encontrarlos. Y de disculparme. Quiero ser un poco como Brancusi. No, mentira, quiero ser un poco como Katharine. Que hizo de una pasión su profesión en un mundo dominado por hombres.

El mundo de las letras de esta ciudad es un carnaval de modernos con el que no me identifico en absoluto. En eso sí que me siento un poco Brancusi. No es nada nuevo lo que escribo, es una reinterpretación del pasado, una y otra vez. Pero como la fruta madura que cae del árbol en la infinita rueda del tiempo, espero que alguien me quiera comer.

Voy a dejar ya las florituras. Nada me da más rabia que todas esas metáforas vacías con la ilusión de embellecer un texto y que el lector abra la boca. Tanta belleza, ¿para qué? Yo que quiero romper con los cánones de cuerpo, también  quiero romper con los cánones del léxico. Y por eso prefiero la basura olvidada en una calle de la periferia a la mañana serena donde los pájaros cantan. Creo que solamente les consiento la belleza de la naturaleza a los escritores rusos muertos, porque es una característica imprescindible del alma rusa. No lo pueden evitar, pero yo soy demasiado urbanita para dedicarme a lo mismo.

FRAGMENTO 3: página 449 de Poesía Completa de Alejandra Pizarnik, del poema “La mesa verde”:

Y nada será tuyo salvo un ir hacia donde no hay dónde.
(…)
Invitada a ir nada más que hasta el fondo.

Esta carta en ejercicio tiene matasellos de Detroit. Es probable que sólo tú puedas entender el significado completo. O quizá no. Pero todos están invitados a hacer su propio descifrado. En realidad, voy a acabar estos párrafos con el aliento de las ganas. De más. Y porque es muy importante para mí como recordatorio de que nuestros pies pisan este Universo: feliz cumpleaños. Sé que te lo pongo en minúscula, pero espero que sepas que resuena a través de los kilómetros. Rectifico, la ocasión lo merece: FELIZ CUMPLEAÑOS. Baila todo lo que puedas con las letras. Con las comas. Con los guiones. Date un baño de adverbios, adjetivos, de canciones.

Espero con ansias que esta sea la primera de muchas colaboraciones. Una asociación íntima para disfrute de todos. Unidas en nuestro empeño. En nuestra intencionalidad. Todos los que vengan.


Y los finales abruptos son los mejores.
***

El ejercicio de esta semana consistía en enlazar de 3 a 5 fragmentos de distintas obras con una preocupación personal, o deseo, o sueño, o idea. Este ejercicio es además el primero que Adriana de Billete de cercanías y yo posteamos como parte del "colectivo" Detroit. De momento, somos un dúo. Pero invitamos a todo aquel que quiera participar en un intercambio literario-personal a que lo haga, y luego lo comparta en su blog/cualquier otra plataforma. Se agradecerá que nos enlace y que nos avise de que ha hecho el ejercicio, para que podamos leer su interpretación ;)

Por supuesto, volveremos la semana que viene con otro ejercicio. Y poco a poco os iremos desvelando el sentido de Detroit. 

Que Desdémona Stephanides guíe vuestros pasos ;)



¡Muchas gracias por leerlo! Y mil más si lo compartís, lo comentáis, lo difundís...From our hearts.

1 comentario:

  1. "También Barthes podría ser acusado de sobrestimar la literatura —de tratar la literatura como «todo»—, pero al menos él tuvo buenos argumentos para hacerlo" (Sontag 2001, 58). Y por esas entradas siempre, y digo siempre, merece la pena. Merecen la pena los esfuerzos fallidos, las piedras triplemente tropezadas. Merecen la pena las austeridades, y los lujos artísticos poco acordes a nuestros bolsillos. Existen los logros (también conocidos como éxitos, recompensas), como también existen los fracasos, y los logros llegados a destiempo. "Al soltero narrador de Wescott aún lo amarga su fracaso en llegar a ser un «artista de las letras» («Nadie me advirtió de que carecía de talento suficiente»), lo que no obsta para que piense como novelista, observe como novelista, ostente la volatilidad de juicio del novelista." (Sontag 2001, 15). Sin embargo, amiga, estás lejos del fracaso. Puedes encontrar en multitud de rincones de tus escenarios pruebas irrefutables de mi afirmación. Hablo de la calle Balmes. Hablo de algún café en el Raval. Hablo de un pasillo del museo. No estás intentándolo, por que ya lo eres, te estás haciendo oír. Considera todas esas puertas. Cierra muchas y abre más. Incluso, si se tuerce, media vuelta, y llamar para que te vuelvan a dejar entrar.

    El carnavalismo del que hablas es víctima y consecuencia de el carnavalismo espectador. Hay un empeño por parte de críticos y espectadores que acaba por artificializarlo todo. Yo tampoco encajo. Y me siento culpable a veces por volver a lo tan falto de originalidad de lo que (goza?) mi prosa. "Este filisteísmo de la interpretación es más frecuente en la literatura que en cualquier otro arte. Hace ya décadas que los críticos literarios creen que su labor consiste en traducir en algo más los elementos del poema, el drama, la novela o la narración. Habrá ocasiones en que el escritor se sienta tan incómodo ante el manifiesto poder de su arte que ya dentro de la misma obra instalará—no sin una nota de modestia, un toque de ironía de buen tono— su clara y explícita interpretación. " (Sontag 1984, 8) Permíteme que te acuse de mentirnos, pues sin ser rusa, y tan urbanita vos, dotas a tu texto de una inconmensurable belleza. Que las hay. Límpidas, sin florituras. Este comentario es una posdata de Detroit. Y libres son las interpretaciones. Que como dice Barthes en su ensayo ansioso de matar a los autores, el texto es del lector. Una posdata tardía, pero que te da las gracias. Las gracias por el inmediato Detroit, pero también por todas las pasadas reflexiones, y por todas las rutas literarias que vendrán.

    REFERENCIAS TEXTUALES:
    Sontag, Susan. 1984. Contra la interpretación y otros ensayos. Barcelona:Seix Barral
    Sontag, Susan. 2001. Cuestión de énfasis.

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