jueves, 28 de julio de 2016

5 momentos artísticos: pintura

Siguiendo un poco con el tema del último ejercicio para el Colectivo Detroit, he pensado que era oportuno hacer un repaso a los cinco momentos artísticos relacionados con la pintura que más me han marcado hasta la fecha. Tengo el síndrome de Stendhal bastante desarrollado, si tal cosa es posible, y como en el caso del autor francés, podría decirse que todo empezó en Florencia. 

Katharine Kuh, que es una mujer a la que me encanta citar siempre que puedo, cuenta en Mi historia de amor con el arte moderno que siempre que sea posible debemos viajar para ver arte. No puedo estar más de acuerdo. Y no hay que pensar sólo en esos monumentos patrimonio de la Humanidad cuya postal casera es casi imprescindible para testimoniar que estuvimos allí. O la pinacoteca de rigor en las capitales. No, en todos los rincones puede haber una obra artística que hará que ese viaje sea especial. Y de la misma forma, escaparse a una ciudad con el fin de visitar una exposición temporal es en ocasiones tan gratificante como asistir a un festival. Quizá otro día haga mi lista de cinco momentos artísticos relacionados con la música o la arquitectura. 

Sin más dilación, estos son mis cinco momentos pletóricos con la pintura:

1) La galería Uffizi. Sólo he estado en Florencia una vez, un único día. Fue mi viaje de fin de curso de 2004. Y decidí hacer tres horas de cola para ver a Botticelli principalmente. Me valió un enfrentamiento con la Directora, que se llevaba al grupo a ver el David de Miguel Ángel. Nunca le agradecí lo suficiente a N., mi profesora de Historia y Filosofía, que se quedara conmigo y con otra compañera que prefería este plan (más tarde descubrí que N. y la Directora se detestaban, así que supongo que era un poco una venganza artística. Al salir N. dijo algo así como "pues ahora lo vamos a ver todo igualmente", y corrimos bajo la lluvia primaveral todavía con el éxtasis en el cuerpo metido, al menos yo). Qué os puedo decir. Cuando entré en aquella sala y me topé con aquellos cuadros, de un tamaño inesperado, me sentí tan feliz de ser yo en aquel momento. Me encantaría que todos pudierais experimentar esa sensación alguna vez. La Anunciación de Leonardo la vimos de puntillas, porque la primera fila de turistas japoneses parecía eterna e inamovible. Y también descubrí Judit decapitando a Holofernes de Artemisia Gentileschi.

Perfección renacentista

2) Uno de mis artistas favoritos es Malévich, el fundador del Suprematismo, que es uno de mis movimientos artísticos favoritos. En 2006, vi Cuadrado negro sobre fondo blanco por primera vez en la primera escapada que hice con A. a una exposición (de hecho, casi todas las escapadas a exposiciones las he hecho con A.), la maravillosa ¡Rusia! que organizaba el Guggenheim de Bilbao. Brutal. Era una retrospectiva enorme de arte ruso desde la Edad Media al siglo XX. Iconos religiosos con arte socialista. La única pega era que el itinerario era un poco confuso. Pero tuve la suerte de verla dos veces. En 2012 el Prado organizó otra exposición de arte ruso, y volví a ver el cuadro de mi querido Malévich, pero mal colgado, justo al lado de la puerta de salida y de un enchufe. 

Y perfección suprematista. Lo sé, fuerza y valor, camaradas. Controlen la emoción

3) También en 2006 entré en el Prado por primera vez. Y. y yo nos levantamos a las 6 de la mañana, porque estábamos a las afueras de Madrid. Era diciembre, y creo que nunca había pasado tanto frío. Nos metimos en el metro, que estaba casi desierto aquella mañana de domingo, y nos entró una paranoia salvaje porque creíamos que un hombre nos estaba siguiendo. Casi una performance. Al falta de llorar en el ver el Hermitage de San Petersburgo, digo alto y claro que el Prado es mucho mejor pinacoteca que el Louvre.  Lo digo sin complejos, aunque quizá me guste más el Reina Sofía (de verdad, en la capital os hincháis, guapos). La catarsis llegó ante El Jardín de las Delicias y estarse allí un buen rato fue todo un gozo sin sombras (stop stupid jokes, please). Pienso que ahora mismo tienen organizada una exposición de El Bosco, sólo hasta el 11 de septiembre, y me pongo mala. Como cuando me perdí por poco a Gauguin en la Tate Modern. Goya y Velázquez, por supuesto, son las otras guindas del pastel, aunque suene típico. Y no busquéis a Rembradt, que lo poco que tienen no merece mucho la pena.

4) En este punto iba a decir que si vais a Berlín, lo más maravilloso es la Bauhaus (y es una de las visitas para mí imprescindibles), pero como es más de diseño que de pintura, y porque cierta puerta le hace de dura rival, voy a decir que el mejor museo de la ciudad está en la calle, aunque sea noviembre: la East Side Gallery, el kilómetro y poco más de muro que es homenaje y exposición permanente de arte urbano y casi propagandístico. Por una vez, el mensaje no quiere que compréis nada, ni que renunciéis a vuestros cerebros. Os podéis imaginar que al llegar a My God, Help Me to Survive this Love, mural de Dmitri Vrubel que representa el mítico beso fraternal entre Brezhnev y Honecker, mi cómo-me-gusta-el-comunismo se disparó hasta cotas nunca antes alcanzadas. Siempre que podáis, id a la caza de arte urbano, que acabaréis flipando de gusto (quizá podemos hablar de esto en otra entrada).

Y como estás al aire libre, no te ponen tantas pegas si quieres jugar a reinterpretar el arte

5) El último momento artístico que he elegido no fue buscado, fue una gran idea que tuvo S. cuando estuvimos en Roma en 2014: ir a la Scuderie del Quirinale a ver una exposición de Frida Kahlo que ocupaba dos pisos. Me sentí muy privilegiada. La retrospectiva era muy completa, y salimos al sol abrasador encantadas, flotando un poco. Hasta que no fui a Roma en verano no supe lo que era estar hastiada por la temperatura. El bochorno de Barcelona lo aguanto, pero perder el apetito y hacer turismo con el mercurio tan alto y que en todos lados te quieran estafar son cosas que chafan un poco el viaje. Ahora sólo me falta la visita a la Casa Azul.

Otras menciones especiales se merecen la Tate Modern, aunque ver a la Tate Modern aparecer es un momento más bien arquitectónico. Pero es donde conocí a Rothko y donde vi por primera vez cuadros de Lichtenstein, así que mención obligada. O el día que visité sola el Pompidou, donde me lo pasé más bien que en el Louvre, pero es que ese tubo maravilloso, esos elementos náuticos y todos esos cuadros que te permiten interactuar, pues bien, te dejan poso (la fachada es otro momento arquitectónico). O las galerías Saatchi. El MACBA ha tenido sus grandes momentos. Y también menciono la exposición de Kandinsky que vi en Madrid este invierno (¿os he dicho ya que en la capital os hincháis?). O ver El Grito, y luego ir a visitar la tumba de Munch para contarle lo que me había parecido. 

Le dije a Munch que de habernos conocido le podría haber servido de modelo

Espero que la lista no se haya hecho muy larga... Contadme si alguna vez habéis experimentando el síndrome de Stendhal; decidme cuál es vuestro cuadro favorito, o el museo que os ha sorprendido más. Y si tenéis en mente alguna exposición concreta. Y por supuesto, si os ha gustado esta entrada, muchas gracias, dejadme algún comentario ;)

¡Hasta el martes!

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