sábado, 12 de marzo de 2016

lady day

El primer contacto que tuve con Billie Holiday fue a través de Gloomy Sunday, la que se conoce como canción de los suicidas. Aunque se supone que es una canción triste y solemne, la interpretación de Billie -vamos a tutearla- siempre me ha parecido luminosa. Nada que ver con la de Diamanda Galás, por ejemplo. Ahora, tras leer sus memorias, Lady Sings the Blues, creo que mi favorita es Strange Fruit, aunque suene tópico, y ahora tengo una duda existencial: no sé si me gusta más su versión de Porgy o la de Nina Simone. Estos días he estado escuchando a Billie con frecuencia. Me fascinan sus dotes artísticas y su relato, y como a veces la información esencial se me escapa, me ha pillado totalmente por sorpresa descubrir que era una yonki redomada. 


la edición en español de Tusquets


En las memorias de Billie hay muy poca perspectiva del tiempo, sería más apropiado decir que son un diario, o un repaso a una vida muy ajetreada, en ningún caso un ejercicio de reflexión de una persona que se sabe en la última etapa de su vida, que desea exorcizar sus demonios o cerrar ciclo. El final lo corrobora, nada auguraba que tan sólo le quedaban tres años más en la Tierra. Lady Day quizá se planteó este libro como una primera parte de su historia, para que todo el mundo la entendiera mejor, o quizá para aprovechar la cresta de la ola. Siempre tuvo problemas financieros. 

Algo que me ha sorprendido es su voz como narradora. Nada que ver con la cantante. Una escucha sus canciones y no puede más que callarse y escuchar, que más da que estés en el tren, o en tu habitación propia, o en un bar. Te pones sentimental, como si tuvieras a la mismísima Lady Day delante. Según como, no os extrañe, dan ganas de llorar. Leerla, en cambio, es otra cosa. Es descubrir que también era una mujer agresiva, amarga, frágil por momentos, muchos, e incluso un pelín chabacana. No puede desprender genialidad en todo momento, también es verdad. Hay que tener presente que su experiencia es la de una mujer negra de origen muy humilde, criada a ratos por unos padres adolescentes, a otros, por una tía que la maltrataba. Sin embargo, también podía ser una mujer muy fuerte, de las que son tan necesarias todavía. Lástima no haber podido vencer la adicción, con todas las veces que había logrado salir del pozo de la miseria financiera y plantar cara. Con tantas veces que se vio entre rejas. 




Lo mejor de Lady Sings the Blues, por supuesto, lo que engancha y una espera que el libro no vaya a terminarse jamás, es el jazz, la banda tocando, la descripción de lo que se siente al cantar, al llenar al Carnegie Hall y llegar al estrellato. La interesante época que ocupan estas memorias, por la que es inevitable sentir una cierta nostalgia a pesar de no haberla vivido. Queremos ir a Harlem, a todos esos clubes y salones en los que estar al día con el ritmo. Como bien dice Billie, todas esas jam sessions hoy costarían un auténtico dineral. Una fiesta a lo Great Gatsby, una noche en el Cotton Club, en la 52. Qué maravilla, ¿verdad? Sólo en la superficie, porque los músicos negros siempre tuvieron que entrar y salir por la puerta de atrás. 

Lady Sings the Blues fue un regalo de I. Junto a un libro de Simone Weil y una figurita de la Cenicienta. De las tres, me quedo con esta historia. Es real, aunque esté un poco adornada. Es un blues. Cuidado con el blues. 
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Bueno, no. Con la buena música nunca hay que tener cuidado.

Felices bailes de sábado noche.


1 comentario:

  1. No suelo leer memorias, no sé muy bien porqué. A veces cuando un "personaje" se desnuda y se convierte en persona sobre el papel suele suceder que, o bien tienen un ego desmedido y utilizan sus propios escritos para poner a sus coetáneos a caer de un burro, dando a entender el autor, que está muy por encima. O bien es para todo lo contrario, contar un deambular de una lado para otro dando tumbos y pasando más tiempo en un mundo alternativo que en el real, porque su status les viene grande.

    Con todo hay honrosas exceptciones como es el caso de Patti Smith: La primera parte de sus memorias me pareció como una novela de las llamadas "coming of age" en el que Patti crece, aprende y se inspira. Un libro en el cual la propia Patti se convierte en mera observadora del Nueva York de la época, encarnada (la ciudad) en la figura de Robert Mapplethorpe, su compañero. La generosidad de Patti es palpable en cada página.

    No soy lectora de memorias porque me da miedo descubrir que mis mitos no me gustan, que no les saludaría por la calle o que cruzaría a la otra acera, en ciertos casos. Y uno de esos mitos es Billie, para mí encarna la elegancia, la presencia. No se si debo leer estas memorias...

    ¿tú qué me aconsejas?

    Muchos besos bonica

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