domingo, 4 de octubre de 2015

la que canta

Me pasó con Muse que desde que los vi en directo en 2013, su música me empezó a gustar mucho más. Me parecieron tan comprometidos con el espectáculo, les gusta tanto tocar en directo, que la buena impresión hizo que los escuchara mucho más durante aquel año y el siguiente. Y me va a pasar con Everything But the Girl, pero en esta ocasión el mérito es únicamente de Tracey Thorn y su autobiografía, Bedsit Disco Queen (Virago, 2013), que he devorado en menos de una semana. Contando que ya llevo tres semanas trabajando once horas diarias y quizá hay días que solamente leo en la media hora hasta el trabajo, puedo exclamar sin complejos un « ¡jo, si me ha gustado!», y perdón el taco. Quizá el nombre no os ayude a ponerle cara a la autora, pero estoy segura de que alguna vez en vuestra vida habéis escuchado esta enigmática voz, e incluso esta canción (y seguro que alguien la tiene en algún recopilatorio casero en cassette):



Tracey comienza su historia comentando que el punk alentó su carrera como cantante, aunque nunca se consideró como tal, solamente como alguien que canta. Quizá le cuesta esta identificación porque siempre ha tenido que luchar con el pánico escénico, porque empezó cantando desde un armario y grabando en el cobertizo de su jardín trasero, en aquellos maravillosos 80 en las prolíficas tierras inglesas donde tantos (¡oh, gracias!) se atrevieron a coger una guitarra y un micro, aunque no supieran bien lo que tenían que hacer. Tracey se enamoró de la música gracias a The Clash, Sex Pistols o The Jam. Así acabó fundando su banda de chicas en la adolescencia, Marine Girls, que con el paso del tiempo adquirió el estatus de culto (hasta Courtney Love y Kurt Cobain citaban el grupo como uno de sus favoritos). Sin embargo, hoy se la conoce especialmente por ser la mitad del dúo Everything But the Girl, que fundó junto a Ben Watt en la universidad de Hull. Con Ben no solamente acabó compartiendo profesión, pronto se convirtieron en pareja personal, y entrado ya el nuevo siglo, en padres. A partir de ahora, yo no me cansaré de recomendarla como escritora de memorias. Y si la tuviera delante me encantaría decirle: sé que admiras a Morrissey, y que en los 80 alucinaste con The Smiths, pero tú has escrito mil veces mejor tus recuerdos que tu ídolo de juventud. No sé si atreverme a comentárselo por Twitter.

Porque va a parecer un cliché, pero el camino de Everything But the Girl nunca ha sido precisamente fácil. Nunca les ha gustado eso de la promoción, ni se han unido jamás a las grandes estrellas del pop, que no sólo crean música, sino que además comercializan un producto. No tuvieron suficiente actitud, quizá. Desde luego, no son música para las masas. Y han lanzado muchos discos al mercado con malas críticas, de hecho, incluso llegaron a publicar uno que toda la prensa, en su totalidad, decidió ignorar y no reseñar (Worldwide, 1991). La cosa prometía al principio y las discográficas decidieron darles alas, para luego cansarse, perder seguidores, perder sello que los representara en el Reino Unido, y de repente, conseguir que un remix casi olvidado de Tod Terry se hiciera con todas las pistas de baile, y por fin, llegó el ansiado éxito, el hit. Por el camino, hubo tiempo para mucha autocrítica, experimentación musical, frustración, complejos, y también acérrimos seguidores, buenas críticas, colaboraciones, grabaciones en Los Ángeles, acústicos en pubs, algunos videoclips. A mediados de los 90, Ben Watt contrajo una enfermedad autoinmune que lo tuvo postrado muchos meses en una cama de hospital. Y por fin en el 2000 Tracey dijo basta. Quería todo su tiempo para ella, y para los suyos, para formar una familia, y así aparcaron EBTG. Volvió tiempo después, pero ya en solitario. Y luego en formato libro (¡oh, gracias!).

Además, Tracey siempre ha tenido un rollito muy guay vistiendo

El anecdotario de estas casi 300 páginas da para muchos encuentros con nombres del todo suculentos para los enamorados de la música. Por ejemplo, cuando Thom Yorke le confesó en una gala de los Brit que lo habían echado de un concierto de EBTG en 1985 por bailar. Estoy segura de que quien haya visto el videoclip de Lotus Flower  se va a reír a carcajada limpia. O cuando a Lenny Kravitz se le engancharon las rastas en el vestido de lentejuelas de Tracey. O cuando George Michael la llamó desde un coche con cristales oscuros mientras ella esperaba a que sus hijas salieran del colegio, para el asombro de todas las madres inglesas allí reunidas, que por supuesto, disimularon estar impresionadas por la celebridad. Tan brit. Aquí nos hubiéramos lanzado a dar dos besos.

O la mejor de todas: cuando Ben Watt decidió encontrar a Tracey Thorn en la universidad, y se sirvió de la megafonía de la cafetería. El primer día de curso. Encuentro crucial, y por una vez, nada casual. Si hubieran sabido que aquello iba para largo, desde luego, no se hubieran puesto Everything But the Girl.

Tracey, poca amiga de la farándula, es además una voz conscientemente feminista. Se nota en sus letras, en sus opiniones, ya desde una temprana edad. Por ejemplo, comenta:

«It drove me mad to discover that the kind of female docility which I’d hoped had died out in about 1958 could still be appealing to boys who seemed otherwise to be part of the same generation as me».

(Me sacó de quicio descubrir que el tipo de sumisión femenina que yo esperaba que se hubiera extinguido allá por 1958 seguía atrayendo a los chicos que, no obstante, formaban parte de mi misma generación). 

Tracey es también una lectora voraz. Casi lo deja todo por un doctorado, pero menos mal que decidió persistir a pesar de todos los baches. Que llegó hasta aquí, hasta los últimos discos en solitario, y firmó esta biografía sobre una diva de habitación alquilada, salida de los aparentemente idílicos suburbs. Quizá os parezca que EBTG son un poco low tempo, al menos, yo no suelo escuchar música tan “tranquila” (mi querido I. ya me dijo hace algunos años que mis gustos musicales tienden a ser agresivos), pero estoy segura de que a partir de ahora voy a ponerme los discos de EBTG con asiduidad. Tracey adorna el final de cada capítulo de esta historia con una de sus canciones, para que puedas saborear la letra despacio, como si fuera un poema, sobre una amiga, o una conocida, que tiene las mismas vivencias y preocupaciones que tú, pero que quizá las expresa con más gracia y elegancia. Y yo siempre he sido muy fan de las formas.

La única lástima es que Bedsit Disco Queen todavía no se ha traducido al español. La suerte es que Tracey también ha publicado Naked at the Albert Hall: The Inside Story of Singing. Así que si la leéis y os quedáis con ganas, pues tenéis más. Y también 13 álbumes de estudio para llenaros el alma (y por favor, que nadie se olvide de la mítica Protection con Massive Attack):






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No he podido resistirme:








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