sábado, 26 de septiembre de 2015

gracias, katharine

Me gustaría agradecerle a Katharine Kuh las clases de arte moderno que me ha dado leyendo sus memorias, Mi historia de amor con el arte moderno. Secretos de una vida entre artistas. El título me parece exultante, y muy acertado, pues Katharine invirtió todo su tiempo y esfuerzo en esta relación: tras divorciarse de su primer y único marido, George Kuh, decidió vivir y trabajar para y por el arte, liarse la manta a la cabeza como comúnmente se dice y abrir una galería independiente dedicada al arte moderno. No hizo una fortuna, pero así empezó todo.

Podríamos decir que Kuh fue una catalizadora, una difusora muy necesaria, y una figura imprescindible entre el artista y el público: como crítica de arte en el Saturday Review y curadora para el Instituto de Arte de Chicago una vez cerró su galería, Katharine hizo accesibles las obras de un sinfín de artistas, con muchos de los que además trabó amistad. Sus memorias nos presentan a hombres y mujeres ya casi legendarios, como Edward Hopper o Mies van der Rohe en un plano más doméstico. Su infancia y sus relaciones amorosas son dibujadas brevemente en el prólogo de Avis Berman, quien se encargó de acabar de editar las memorias que Kuh había dejado incompletas tras su muerte. Porque los capítulos de este libro tratan exclusivamente de lo que fue más interesante e importante en su vida: el arte. Kuh fue una trabajadora incansable, a pesar de las secuelas que le había dejado la polio en forma de ciertas limitaciones físicas. Lo fue hasta el final. Vivió como quiso hasta el final. Trabajó en lo que realmente era su pasión hasta el final. Nada me parece más admirable.

Katharine y Marcel


Mi historia de amor con el arte moderno es su generosa herencia. En su momento, Katharine ayudó a muchos que pasaron penurias hasta que pudieron vender bien sus cuadros. A muchos les consiguió trabajo. Leer sus escritos hoy es un ejercicio de acercamiento, de cómo aprender a ver arte, más allá de mirar y pasar por encima de los detalles. Es mejor que cualquier monográfico que explique los distintos movimientos y las características de la Escuela de Nueva York de mediados del siglo XX. Katharine creía que no todo el mundo podía estar preparado para consumir cierto tipo de arte, que el ojo se debe educar. Y no puedo estar más de acuerdo. Siento que ahora, tras sus enseñanzas, que son además de primera mano, pues estuvo presente cuando Rothko experimentaba con el misticismo del color, o cuando Duchamp decidió retirarse, estoy mejor preparada para consumir arte moderno. La próxima vez que vea un cuadro de Fernand Léger recordaré que Katharine comenta que el pintor siempre trabajaba en series temáticas, que era un enamorado de la máquina y del jazz. Que Hopper era tan silencioso como los personajes de sus cuadros, que no eran otra cosa que una representación del artista, y no del entorno pintado. Tantas anécdotas, y tantos detalles que contribuyen a crear una visión global de un siglo de arte e innovación emocionantes.

Quizá podamos considerar que Katharine fue una auténtica privilegiada por todos los contactos que hizo, porque siempre estuvo en el meollo del mundillo, y a buenas, o eso parece, con multitud de personalidades. Pero el privilegio es que tuviera el valor y la voluntad de tomar esa posición, de abrirse paso en un entorno claramente masculino, y servir de precursora para muchas conservadoras, críticas y curadoras que llegarían después. Sin ir más lejos, la propia Avis Berman. Al leer este libro me he dado cuenta de lo importante que es, en ciertos momentos, la figura intermediaria que se encarga de dar visibilidad al trabajo artístico. No diré que sin Katharine Kuh no habría habido arte moderno, por supuesto que no. Pero desde luego es una pieza clave en el puzzle y me he reconciliado con el papel de la crítica de arte, que siempre me había parecido bastante pedante. Educar y comunicar. El artista debe dedicarse a cultivar su arte, difundir su obra es trabajo de otros. En este caso, el rol de intermediario está totalmente justificado, y se describe como un trabajo interesante y apasionante. Resulta adictivo leer las peripecias de una compradora de arte moderno. Quizá porque me he querido imaginar que ahí teníamos nuestro punto en común (salvando unas grandes distancias). No voy a poder olvidar jamás que a Katharine no le dejaran comprar un cuadro de Mark Tobey para el Instituto de Arte de Chicago porque los fideicomisarios se lo jugaron a cara o cruz.

The Edge of August, el cuadro de Tobey en cuestión


Kuh era una mujer de un gusto excelente. Casi todas las obras que comenta como favoritas son una auténtica delicia. Otro de los buenos motivos para adentrarse en Mi historia de amor con el arte moderno. Adoro a las personas con buen gusto, y el suyo era intachable. En este frenesí que me ha dado por leer autobiografías, una tras otras, la suya se va a convertir en una de las que más he disfrutado a día de hoy. El tema, el elenco al completo, el estilo sencillo pero preciso, no sobra nada, ni falta una coma en sus escritos. Una lástima que tanto en inglés como en castellano (yo tengo la edición de Turner con Fondo de Cultura Económica) se edite en blanco y negro. Las fotografía de cuadros, por supuesto, no hacen justicia. Pero casi al principio, Kuh recomienda algo que de forma instintiva y había hecho en el pasado —la primera vez cuando A. y yo fuimos al Guggenheim de Bilbao a ver la retrospectiva ¡Rusia!—, y que me parece uno de los mejores consejos si nos preocupa la salud de nuestra alma: «(…) hay que viajar para ver arte. Si queremos conservar nuestro patrimonio pictórico, esto debería convertirse una práctica adoptada». Así que habrá que ver todas esas obras que tanta pasión le provocaron en directo.

De verdad, Katharine, gracias. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario