domingo, 21 de junio de 2015

la soledad de los pensadores

Tengo la convicción de que la soledad tan sólo es atractiva cuando podemos prescindir de ella a nuestro antojo. Se codicia cuando pensamos en todos esos libros que queremos leer, todos los posts que queremos escribir y todos los cuentos a medias que no hay manera de cerrar por culpa del incesante ruido que nos rodea. Pero cuando acabas un libro, o has vuelto de un viaje, o has descubierto un disco que te ha emocionado, lo mejor es poder llamar a alguien para compartir tales hallazgos. Me encanta hacer cosas sola, pero el aftermath es mejor en compañía.

Por eso, la soledad impuesta me parece terrible. No creo que esté preparada para una sensación de tal magnitud, e imagino que haría lo que estuviera en mi mano por girar la tortilla. No quiere decir que no me aguante a mí misma, a veces necesito la misma dosis de gente que de soledad (e incluso más de esto último). Porque es lo que en muchas ocasiones te permite descubrir a nuevas personas, el verte sola, fuera de tu círculo. Aunque sean relaciones efímeras. Cuando una se va sola de festival, por ejemplo, o de turismo, se ve un poco con la obligación de entablar conversación con alguien (o no) y a veces te llevas sorpresas muy gratas. Hay contextos en los que es interesante hablar con los desconocidos, que al fin y al cabo puede que estén más cercas que amigos y seres queridos, y es un hábito que estamos perdiendo con tanta red social. Cada vez somos más torpes en la sociedad local, y eso que tenemos todas las herramientas para “conectar”.

El único problema que tiene estar cara a cara es que se tiene que tener el consentimiento de ambas partes. De cajón, ¿verdad? Pues bien, los hay que confunden el que una persona se encuentre a tu lado, bajo el mismo techo, con la predisposición para hablar contigo. Y todos los que trabajen, o hayan trabajado de cara al público, entenderán de lo que estoy hablando.

Resumiendo: los hay que creen que en la librería los libros se colocan solos, los presupuestos los genera el ordenador dándole a un botoncito de color y, por norma general, los libreros estamos ociosos y esperando a que ellos vengan a contarnos su vida. Me encanta que la librería se entienda como un espacio de relajación, de paz mental, lejos del mundanal ruido, donde abstraerse mirando ahora este cómic, ahora este poemario. Nunca me molestaría que alguien viniera a pasar la tarde conmigo, ni que pudiéramos entablar una conversación si nos apetece. A ambos. O que me cuentes tu vida, incluso, porque hay quien tiene una vida trepidante y gracia para contarla. Por qué no. Pero como en todas las parejas, el consentimiento es fundamental.

Si veis que hay una balda vacía y pongo esta cara, no estoy ociosa


Así que, querido cliente: no, no me apetecía nada tu monólogo de veinte minutos sobre la vida de Kant. Nosotros elegimos a quién le regalamos escucha activa. Menos cuando te encuentras trabajando de cara al público y no puedes ni decir «Oye, no me interesa», o abandonar y esconderte donde sea. En una de estas situaciones comprometidas, el que trabaja tiene que quedarse en el sitio aguantando el chaparrón. Mientras te sueltan la perorata sin comas ni pausas y no interpretan todas esas señales corporales que indican «por favor, ya basta».  
Admiro y celebro que alguien flipe con Crítica de la razón pura. A lo mejor, en una terracita, si un amigo me explica que Kant nunca abandonó su ciudad natal y me cuenta que todavía no han podido rebatir sus teorías, pues yo me siento agradecida porque me están llenando el alma con algo que desconocía. Pero al amigo y la terracita los elijo yo. Al cliente, no. Clientes, queridos, cuidado con esos torrentes sobre filosofía y vida. Cualquier momento no es el momento.

Y será porque las casualidades no tienen límite, pero esto que me pasó con Kant en Balmes 129 bis, donde se escucha todo porque el espacio es pequeño y tus compañeros y jefe se asoman a ver si estás en peligro, me pasó también en Rambla St. Josep 88-94 con Schopenhauer. Allí me salvó otra clienta y nunca se me olvidará su cara. Era una turista y puede que nunca la vuelva a ver, pero si hoy me cruzara con ella, la detendría y le daría las gracias. Era una tarde sola en el mostrador y el pensador solitario se llevaba un pack de Alianza con varias obras de Schopenhauer. Sólo le bastó la siguiente pregunta:

—¿Lo has leído?

Y mi consiguiente negativa para disparar toda una retahíla de alabanzas a Schopenhauer y destacar toda la mierda en el mundo que es motivo común de tristeza, y luego su miseria personal. Si yo fuera una filántropa millonaria y pudiera ver todos los problemas con la distancia, con la empatía que cultiva el que no carece de nada, hubiera saltado por encima del mostrador y abrazado a aquel pobre desgraciado. Si no considerara que cada uno digiere sus propias circunstancias lo mejor que puede o sabe, y me impongo a mí la máxima de que si hay que estar, se estará bien, me hubiera parecido que aquel cliente sufría todo lo injusto del mundo, que nada era peor que su hermano con problemas de movilidad no tuviera ganas de vivir, y que la familia casi al completo se encontrara sin trabajo y sin esperanzas de mejora, en este mundo cruel, que ya lo dijo Schopenhauer. ¿Será que no soy empática? 

Quizá os pueda parecer que no lo soy. La empatía, lo siento, pero también me la administro yo. O si no tendríamos que llorar en cada esquina que encontráramos. Sí, soy selectiva. Al que me cae bien, le consiento todos los rollos del mundo. No hay ningún filtro en particular, es una cuestión bioquímica. De repente, algo tira de mí, un lazo invisible, y soy yo la que puede invitarte a que sueltes un discurso sin comas ni pausas. Una vez, por ejemplo, algo me impulsó a preguntarle a aquel cliente: « ¿Me puedes explicar de qué va El secreto?». Sin sorna. Realmente por curiosidad. Ni siquiera por el libro en cuestión, sino por escuchar a esa persona. Y a veces, los más pesados son los que me caen mejor.

Me aterroriza la idea de pensar que pongo mala cara, que no quiero saber nada, vete-ya-a-tu-casa, a personas que quizá se sienten solas. Hay monólogos atropellados sobre la vida y la filosofía que se me antoja que nacen de la soledad, de no tener nadie a tu lado que pueda o quiera escucharte. Qué terrible. Quizá mi cliente no sabe escoger bien a sus oyentes. Quizá debería sentarse con unos cuantos estudiantes de filosofía, y que le interrumpan cuando sea necesario para hacerle alguna apreciación. Quizá cuando vuelva debería comentarle que se dé una vuelta por el campus del Raval.

Y también que puede hacer su compra online a través de nuestra web.

Buenos domingos tengáis.

p.S: Os dejo con el último artículo para Llegir en cas d'incedi, sobre P.B. Shelley, ya que hemos nombrado a filósofos en la sala. ¡Gracias por leer y compartir!  


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