sábado, 13 de diciembre de 2014

el diseñador no pensó en mí

De un tiempo a esta parte, y gracias a la buena terapia de leer todos esos blogs de talla grande que tanto inspiran, he decidido hacerme un favor a mí misma: valorar si una prenda me puede valer por su tejido y su hechura, sin tener en cuenta la talla que marca la etiqueta, y probármela antes de decidir categóricamente que todo aquello por debajo de X no me viene. Y este ejercicio que puede parecer tan simple, tan tonto incluso, es lo que me ha llevado a comprar prendas en tiendas que a priori no surten mi talla. Porque os lo aseguro, estoy totalmente convencida, que ni los diseñadores de Topshop o de las marcas que se venden en Urban Outfitters pensaron en mí al crear sus diseños.

Pero quizá lo interesante es ilustrarlo con una foto.

Véase una adquisición, talla L, que hice recientemente en Urban Outfitters de la marca inglesa Only & Me. Un vestido de terciopelo negro precioso, que en realidad no se sale de mi “zona de confort” pues es de corte skater, con mucha caída, con cuello redondo y, por supuesto, minifaldero. A lucir piernas aunque sea diciembre y tengamos que usar medias de 100 DEN para combatir el frío:


Vestido: Urban Outfitters - Botas: Zara

Ahora, el mismo vestido, aunque en color verde (también precioso) en la modelo, que lleva una talla S:

Lástima que ya no quedara este color 


¿Por dónde queréis que empecemos a comentar las mil y una diferencias?

Como veis, en ambos caso, la cintura del vestido queda más arriba que una cintura natural (algo que suele ser habitual en el corte skater). La diferencia es que yo lleno completamente el vestido: mangas, torso, pecho. Y que en la modelo parece, más bien, una camiseta o túnica larga. Mi modesta opinión: ¿para qué diseñar un vestido skater si no se va a marcar cintura, destacando así de paso la caída de la falda?

Lo que me impulsa a pensar que, quizá, me he vuelto a beneficiar del pensamiento “oversize” que sigue estando de moda. Es decir, este rollo de llevar las cosas anchas para crear ese look abultado donde no hay chicha que rellene (ya os vale, que las queráis bien delgadas para luego agrandarlas ópticamente) es lo que hace que tenga jerseys de Mango y que este año me haya comprado un abrigo tres tallas menor que el compré el año pasado en la misma tienda (aunque el hallazgo del año pasado es mi abrigo favorito, ya de paso digo). Glorioso fue el momento en que encontré una minifalda de encaje en Promod de la talla 42, talla que no gasto, mucho menos en la parte de abajo, pero es que la cinturilla de goma se da casi hasta abrir los brazos en cruz. También en la talla 42 cayó un vestido skater de Topshop este verano, porque viva la elasticidad del buen algodón.

¿Pero sabéis esencialmente por qué todos estos hallazgos? Porque yo también he perdido el mal vicio de identificarme con una cierta talla, y me permito probarme las cosas. Que me entren o no, es secundario. Si no te lo pruebas, no sabes cómo te queda. Y quizá te lo pruebas y llegarás a la conclusión de que no tuvieron la forma de tu cuerpo en mente, o tu envergadura, o tus curvas, pero es lo de menos. Los deseos de un diseñador al crear una prenda no son leyes impermutables. De hecho, os invito a que las rompáis y de paso, como la bofetada de Mayakovski al gusto del público, eduquéis en diversidad corporal a vuestro congéneres. Puede que no os hayan tenido en cuenta, y de paso, que olviden que cualquier tipo de obra humana se presta a múltiples interpretaciones. Además, sin ningún pudor ni reparo, pues el diseño ante todo tiene que tener una utilidad práctica: ¿realmente piensan en nosotras cuando siempre nos tenemos que acabar metiendo, cortando o enrollando los pantalones tres veces para no ir arrastrando los bajos? O cuando el jersey es corto pero las mangas kilométricas. O cuando una prenda te queda genial pero es de viscosa, así que tras la primera lavada, seguramente, te vas a llevar una sorpresa.

Éste es un llamamiento al atrevimiento una vez más, aunque te mire mal la dependienta en ese momento en que te da la ficha cuando vas a entrar en el probador (esto es una exageración, pero miradas incrédulas sí me han regalado). Aunque la del probador contiguo le grite a su novio cuando una cremallera no sube y que ni se le ocurra sugerirle probarse una talla más, que es de gordas (esto sí que es verídico). Un llamamiento a que dejéis de lado el “no me cabe, no entro aquí” según lo que dice la etiqueta, y aunque las madres de niñas que quieren ropa de mayor te miren con absoluta reprobación porque sales al pasillo de los probadores luciendo un vestido de tubo, que lo marca todo (también verídico). Fijaros en el corte, en la elasticidad, en la hechura. Un llamamiento a dejar boquiabiertos y a sorprenderos vosotras mismas en primer lugar. A tener claro que no es vuestra culpa, que ciertas tiendas se pierden vuestro dinero y que habléis bien y patrocinéis una marca por prejuicios malsanos, y pobre estrategia comercial, en mi humilde opinión. Un llamamiento a darle una nueva  interpretación a lo que los demás, en masa, lucen de forma igual. A democratizar la moda mediante el ejemplo. Porque queridos cuerpos no normativos, que no salís en ciertas portadas ni editoriales de moda, de vuestra parte está la exclusividad y el ser únicos, y sobre todo, vivirlo como tal.

¡Muchas gracias por leer, difundir y comentar! Y buen fin de semana ;)  

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