lunes, 1 de diciembre de 2014

dos garrafas de agua

Mientras subo con dificultad cargando con un par de garrafas de agua las escaleras mal iluminadas, sólo tengo en mente un cosa: deseo que un espectador, desde el rellano, contemple cómo la ajustada falda dificulta el ascenso y me marca el orondo pandero que la genética ha tenido bien a darme. Me excita pensar que alguien se ha quedado hipnotizado al contemplar mi redondez gloriosa en la penumbra. Me imagino a un hombre extraviado de la segunda década del siglo pasado, con traje de raya diplomática, un sombrero ladeado y más de un asunto sucio entre manos. Alguien que me desvista poco a poco, mientras me alejo al compás de unos tacones que están a punto de matarme, de los que me acordaré dentro de veinte años.

Pero llego a tu puerta. Suelto la garrafa que cargo en la mano derecha, y hurgo debajo de la alfombrilla hasta dar con la llave. Abro. Y el panorama no es nada elegante, no soy la misteriosa protagonista de una película noir, sino una reclusa que tiene a bien cuidar de ti, por pura casualidad, no porque sea una samaritana. No porque te tenga estima alguna, sino porque me he visto atrapada en esta escena de quejidos y llantos, los tuyos. Gritas el nombre que crees mío desde la habitación del fondo y no me doy por aludida. O quizá gritas el nombre de tu madre, o de tu amada, de la que tan poco te acordabas aquellas noches atrás.

Me dirijo a la cocina. Te hago esperar. Me remango, cojo con desgana la palangana del salpicadero. Ahora te oigo gritar lo de «por favor, llama a un médico». Y en vano te agotas. Puesto que no voy a llamar a nadie, y doy gracias de que nuestros vecinos son ancianos sordos o están asustados. Porque ya me he encargado de comentarle a la de abajo que me había dado cuenta desde el primer momento que vivía sola. No voy a llamar a nadie, pues mi demora se ha convertido en negligencia malintencionada. Deberías haberte dado cuenta ya, aunque imagino que no tienes nada mejor que hacer que pelear con uñas y dientes por una posible salvación y esta es tu estrategia, gritar y llorar, y nunca me han gustado los que buscan dar lástima.

—Ya voy, ya voy.

El grifo llena la palangana con agua caliente, mientras preparo lo necesario, me coloco los guantes de látex con cuidado. No tengo nada mejor que hacer, o quizá sí. Podría contemplar mi imagen en el espejo, pero sin dudar un momento de que, al menos para ti, he sido la reina absoluta, el epicentro de tu vida última, y a quien entregas tu amargo destino. Y me entretengo ante el espejo, en esa imagen que cuido al detalle: el peinado, los labios rojos, el rubor de las mejillas. Repaso con los dedos el contorno de los ojos, del labio superior, en busca del boicot del tiempo. Pero mi cara sigue tan tersa como el primer día, fresca, porque a mí sí me ha sentado de maravilla nuestra aventura reciente. Me llamas, me imploras, y ahora te digo con ternura aunque no seas capaz de oírme a través de las paredes:

—Un segundo…

Me dirijo a ti, entro en tu habitación. La oscuridad no es capaz de disfrazar el hedor ni disipar la opresión de la enfermedad. Enciendo la luz, te veo allí tendido, las lágrimas se confunden con el sudor.

—Has estado llorando, ¿verdad?

Y ruegas. Te retuerces, te destapas y me muestras que las vendas que te puse esta mañana se han empapado de sangre otra vez, sangre que se me antoja tinte para estampación de chaquetas, por ejemplo, y no sé dónde está el drama. Me acerco. La pestilencia emana de la herida, me fijo en que en el borde de las gasas se adivina una coagulación extraña, más bien amarilla. Imagino que supuras, que te infectas, que te va matando poco a poco, y desde ese punto tan estratégico, pero no lo suficientemente deprisa. Sufres. Estás pálido, cerúleo quizá; las ojeras delatan que no has podido descansar en tu lecho fatal. Y susurras:

—Por favor… Un médico… Ten piedad…

Te miro y no te reconozco. Pero sé muy bien que eres tú, no un animal indefenso que jamás ha atentado contra la vida. Eres tú, mi seductor, el que iba a hacerme cambiar, mi último amante, presumías.

—No puedo llamar a un médico, ya lo sabes.

Te reprocho con dulzura, como si hubieras pedido un imposible, como si quisieras que te regalara el Universo. Porque es imposible que me vaya a corregir, y tú estás postrado y sin fuerzas, anulado, y tampoco hay teléfono en esta casa. He bajado todas las persianas.

—Por favor…

Lloras sin remedio. Por ti. Porque te compadeces. Pero nunca te obligué a venir conmigo. Accediste de buena gana a ser mi caballero errante aunque te advertí del peligro. Te dije que si tenía que dejarte atrás, lo haría, y seguiría mi camino. Y debí haberlo hecho para ahorrarme todas estas horas finales, que se me antojan interminables. Debí dejarte caer, hubiera sido lo más inteligente, lo más práctico. Pero todo el mundo puede tener un momento de debilidad. El mío fue verte caer a golpe de mosquetón. Me entristeció sobre manera que la peluca se te saliera del sitio. Y eso que minutos antes había deseado con todas mis fuerzas que resultaras perdedor del duelo y tu enemigo, un apuesto pretendiente, te borrase del mapa. Pero sentí una punzada de tristeza y tuve que rescatarte. Porque había sido tan fácil convencerte, quizá. Porque parecías tan dispuesto. Y porque, bien mirado, un galán del s.XVII no es lo más práctico. Demasiadas cosas por explicar, demasiados estragos, y yo siempre me canso de la gente lo suficientemente rápido.

—Ten piedad… Por favor… Ten piedad… No diré nada.

Me río. Eso sabes que no es verdad. Si te salvas.

—Claro que hablarás. Por eso sabes que no voy a llamar a ningún médico. Ni hoy, ni mañana. Y espero que pasado ya no estés.

Y lloras. Qué difícil te supone aceptar el final. Qué craso error, el mío. Debí dejarte allí tumbado y no traerte de vuelta a esta realidad que conoces tan bien, a las que tan pocas horas le quedan. Se cerrarán tus párpados por última vez, y así cumplirás con tu palabra, la de jamás revelar nuestros viajes en el tiempo al mundo. La de jamás compartir las imágenes que hemos visto en la Prehistoria, la Era Glaciar, la Revolución de Octubre, la travesía a América en aquel buque colosal. Juraste con palabras y ahora lo harás con muerte, que es el juramento más grande que me puedas ofrecer. Te he llevado a todas las décadas que te interesaban, a cambio de tu silencio. Me lo estoy cobrando, sabías que iba a pasar.

—No, te lo juro… No diré nada…

Porque no tendrás oportunidad de explicar que decidiste batirte en duelo y perdiste. 

—Ya me diste tu palabra una vez, ahora sólo te queda cumplirla.

Gritas. De nuevo, la rabia. La que te mantiene vivo  y las horas se estiran, y se hacen largas, pero ya se terminan. La luz del día se va apagando. Quizá solamente te quede mañana. El dolor terrible. Las alucinaciones nocturnas a causa de la fiebre. El último tren que repase tu vida, con recuerdos variados, de distintas épocas, o quizá solamente de tu infancia. Vanaglóriate, tu viaje al fin de la noche será esplendoroso.

Y lloras. Y gritas. Y te resientes, apartas la mirada, resbala el moco por la comisura de tus labios. Un último gesto de cortesía:

—¿Quieres un poco de agua?

+++

p.d.1: La Villana me ha dicho que si se es femme fatale, una debe cumplir ambas premisas.

p.d.2: Que volverá a aparecer, pues ha conocido a cantidad de hombres, mujeres, seres extraños y ha viajado por todo el mundo, por todo el tiempo, y tiene muchos encuentros que contaros.

p.d.3: Y que le encanta este disco, así que si os está costando el lunes nada mejor:




¡Gracias! Volvemos pronto ;) 

3 comentarios:

  1. A todos se nos ve el plumero con las temáticas que nos atraen; yo tuve una época en que me dio por Alejandro Magno, y me leí la biografía sobre él de Paul Cartledge, El muchacho persa de Mary Renault....también me dio por Suetonio, Herodoto, una biografía de Antonio y Cleopatra de Adrian Goldsworthy....
    A mí por los rusos no me dará, pero con los griegos romanos tengo fijación jajajaja

    Un abrazo Jen!

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  2. Ayyyy creo que he comentado en la entrada que no es! Ya puedes perdonarme!! :( :(

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    1. Jajaja, no te preocupes, querida :) Está justo encima. Ves, yo tengo esa carencia: me interesa poco la Historia Antigua. Siempre lo he dicho con la boca pequeña, porque me parece una cosa fea de decir. Pero también he de ser honesta conmigo misma y es así. ¡Un fuerte abrazo!

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