lunes, 10 de noviembre de 2014

soñar con zombis

Nunca me había planteado en qué bando iba a estar en el supuesto de un Apocalipsis zombi.

Hasta que el jueves pasado soñé con uno de forma tan vívida que al despertar seguía ahí el recuerdo fresco de casi todos los detalles.

Un nuevo amanecer...

Era humana. J era humano. S y su familia, también. Y el resto de nuestros compañeros de Balmes 129 bis, y otras personas habituales y menos conocidas, eran zombis.

Sin embargo, no vivíamos en una permanente huida ni en constante lucha por nuestra supervivencia. No íbamos armados. Simplemente trabajábamos en un área zombi, una zona oscura y peligrosa, donde se adivinaba un terror latente, porque aunque había pacto de no hostilidad, se tenía presente que los zombis no tienen conciencia para respetar ningún acuerdo, ¿verdad? Además, en el sueño había un malévolo cabecilla, cuya putrefacción parecía un adorno bien pensado, que supuestamente debía mantener a raya a los zombis, aunque yo sabía que conspiraba y jugaba con nuestro destino. Que esperaría a que sus “súbditos” estuvieran bien hambrientos para engañarnos y convertirnos en sus presas. Y de alguna forma, aunque sentía la urgencia de escapar de ese lugar para siempre, todos los días volvía a trabajar.

En el sueño, los zombis eran una secta. Muchos de los humanos a mi alrededor los consideraban una raza con la que se debía llegar al entendimiento y a una convivencia tranquila. Y  si de vez en cuando algún zombi atacaba a un humano, pues bien, uno debe cuidarse de ciertas situaciones, de no provocar ciertos instintos, y se empleaba ese mismo lenguaje rancio y misántropo que a veces se les dedica a las víctimas de una experiencia traumatizante.  
Por lo bajini, intentaba hacer campaña para marcharnos. Para poner distancia de por medio. Para buscar el sustento en otro lugar. A la porra lo libros, me perdonaréis. Logré convencer a una persona. Aquella tarde sería la última que trabajaríamos en el Balmes 129 bis post-apocalíptico. Se marchó a su pausa de la comida, y entonces noté que el cabecilla zombi rondaba por allí, nos observaba en silencio, con sus órganos medio colgando, con maldad supina en la mirada; no con el descontrol salvaje de un no-muerto que camina torpe en busca de carnaza, sino con la astucia silenciosa que calibraba lo que estábamos tramando. Cuando mi cómplice volvió, yo marchaba a la pausa de la comida. Y salí de allí convencida de que no debía volver, de que no encontraría a nadie al volver, sino que nos iban a castigar, nos iban a devorar. Pero también me fui sabiendo que alguien me esperaba, que había vuelto según el plan establecido, para que no sospecharan, porque contaba conmigo a su vez. Era una locura exponerse a semejante peligro cuando la sombra de la sospecha nos apuntaba directamente.

Abrí los ojos. Eran las 6:21 exactamente. Respiré tranquila. Un sueño, nada más. Disponía de otra hora para saber qué iba a ocurrir.

Pero siempre que despierto a medio sueño, y tomo conciencia de que solamente estoy soñando, la historia se vuelve difusa. Y ahora mismo sólo tengo retazos de ese epílogo. Aparecen otras personas encantadas de vivir en zona zombi, y haciendo propaganda, pues se gana más y se pagan menos impuestos. Me veo indecisa por calles oscuras que he soñado mil veces. Por calles vacías porque la gente se refugia como puede de la negrura y desconfía de la tenue luz de las farolas. Decidme, ¿regresé?

Cuando desperté de verdad, recordé aquel cliente de pelo rizado que detesté en el momento en que me hizo su primer pedido: un libro sobre cómo ligar a las mujeres, 100 formas de que acaben en tu cama. Se lo encargué, aunque hubiera deseado decirle que estaba descatalogado. Pero a veces haces lo que tienes que hacer.

Cuando vino a recoger su pedido, vino a saludarme. Y yo le dije muy secamente que ya podía ir a caja a recogerlo. Pero no, quería hablar conmigo, quería pedirme otro libro: Limits of Growth, un manual sobre Economía que últimamente piden bastante, supongo que para un máster, por el perfil de gente que lo pide. Era alto, incluso guapo, aunque su pelo no me gustaba y mucho menos la idea de que estuviera “instruyéndose” en el arte de meter a gente en la cama. Se acercó a mi escritorio, justo en el momento en que yo tenía abierta una ficha de un libro sobre películas zombis, un capricho que quería incluir en la sección. El cliente me había preguntado previamente si había leído el libro sobre Economía (cosa que no hizo con el anterior que había pedido) y le dije que no. Y al asomarse a mi pantalla, preguntó:

Caprichitos libreros

—Ohh… Zombies. Are you into that?

—Not really.

Yo entonces no había soñado con mi propio Apocalipsis zombi. No había sentido terror absoluto, ni me había visto pasiva ante semejante peligro. 

Quizá no volví y decidí ser una fugitiva experta en el exterminio de zombis. Un poco Ripley y Buffy a la vez. Hacer un servicio a la comunidad. 

Quizá volví, y los zombis sectarios me convencieron y luego me jalaron viva. 

Y quizá, ahora, podría haber contestado así a mi cliente
:
—Yeah, I’m looking for ways to kill them all... So be careful.


¡Feliz semana! Espero que lo que os atormente haya sido sólo un sueño. 

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