lunes, 20 de octubre de 2014

métodos de aprendizaje a la carta, por favor

De cómo una maestra creía en la capacidad innovadora de la librería.

—Quiero que sea un método totalmente novedoso…

La librera pone en funcionamiento su propio mind palace, buscando todas las entras bibliográficas posibles, todas las que haya en esos momentos en sus dominios. Novedoso, que haya salido este año. Novedoso, que proponga una técnica nueva para el enseñante. Y aunque la librera no se dedique a dar clases. Pero tendría que bastar con conocer la lengua de Oscar, esa baza tiene que estar a su favor.

—Que tenga tantas flashcards, actividades y contenido multimedia como sea posible… Que sea un todo, ¿sabes? Que incluya más de un recurso en un todo. Que incluya juegos…

La librera empieza a temblar tras oír la dichosa palabra pronunciada hace un instante. Le da escalofríos dar la explicación que todos rehuimos, aunque D1 esté empeñado en que Balmes 129 bis esté a la altura del Tío Sam estas Navidades. Es oír “juego” o “juego educativo” y querer gritar tanto como la víctima en una película de Bela Lugosi. Verán, llámenme antigua, acúsenme de ser de la vieja escuela, porque defiendo mi amor a la gramática, porque al fin y al cabo con las técnicas de toda la vida: leer, escuchar, escribir, y equivocarme mucho, es como logré aprender inglés. Así que sí, llámenme antigua, me dan un pavor impronunciable todas esas nuevas ondas pedagógicas, porque no las entiendo en absoluto, y que una cosa se escape a mi comprensión, más si tiene relación con algo que me encanta, como la lengua de Oscar, me da cierta rabia. Pero claro, lo dicho, yo sé hablarlo, sé escribirlo y disfruto como nadie leyendo a todos los autores anglosajones en original, pero nunca he sabido enseñarlo, y lo reconozco honestamente, que tampoco vamos a servir para todo en esta vida.  

Lo que yo imagino cuando pienso en una profesora


—Que sea un método que me sirva para enseñar tanto a niños pequeños como a jóvenes de 18 años, y…

¡Eh! Un momento. Paremos el discurso. Es el momento de interrumpir, y de paso quedarnos a gusto:

—Pero verá, es que lo que usted me describe no existe.

Cambiemos lo que “usted me describe” por la “fórmula mágica”, el “milagro” o el “abracadabra”. Cierto, si es profesora, sabrá infinitamente más que yo sobre su profesión, pero entenderá que yo sepa más sobre lo que podemos ofrecerle. Y estoy convencida, de nuevo por mi experiencia, que aprender un idioma no es fácil, ni inmediato, ni a veces es ameno, ni divertido, ni instantáneo como una sopa Maggi. Me defrauda tener que recordárselo precisamente a ella, que se dedica a enseñarlo, o así me lo ha asegurado.

—Pero claro…

Ella no ceja en su empeño, y me repite sus exigencias. Y entonces se me escapa algo que quizá ha olvidado por los motivos que sea, por desidia, porque cree en los cuentos de hadas, porque a veces me paso de neorrealismo:

—Bueno, pero ya sabe usted que no aprende igual un niño que un adulto. Eso sí, si quiere, tenemos distintos materiales, y se puede hacer usted ese todo cogiendo un poco de cada cosa.

Lo que implica que investigue a fondo. Que busque nuevas ideas para conjugar actividades divertidas con aprendizaje. Que se lea todos los fotocopiables, que busque otras opciones, y las pruebe, y las compruebe. Y que lo haga usted, no la librera. La librera le informa de lo que existe y tiene en ese momento, y o bien se adapta a ello, o bien lo adapta a sus “novedosas” ideas sobre el aprendizaje, que por cierto, no llegué a conocer.

—Pues es una pena, porque podría existir algo así.

Y lo reprimí totalmente, lo que vengo a soltar aquí: ¡Pues póngase a ello! Estoy segura de que tendrá numerosos adeptos si consigue inventar un método de aprendizaje, presentado en un “todo” (no sé si en un libro, un juego, o un DVD, no me quedó claro), que sirva para todo tipo de estudiantes, de  distintos niveles y edades, y que encima, por ser una sola cosa, sea barata. Por supuesto, no cuente con la troika de O, C y P para que se lo publiquen bajo su sello, porque les hunde el negocio, como los primeros inventores de bombillas y medias, que ahora son unos auténticos olvidados, porque hacían las cosas para durar y llevaban la relación calidad/precio hasta el extremo. Y disculpe si desconfío un poco de lo que me cuenta, verá, sí, tengo lo prejuicios de la vieja escuela grabados en la piel. Porque creo que uno se tiene que esforzar para aprender, ya lo he dicho; uno tiene que querer aprender por sí mismo, si encima se encuentra a un buen profesor por el camino, pues mucho mejor. A mí me sirvieron la curiosidad y las ganas de aprenderlo por mí, no porque me lo sirvieran en bandeja, hecho puré, para que pase mejor.

Pero os entiendo, de verdad, aunque a veces sois demasiado “novedosos” para mí en ese sentido. No, mejor no me preguntéis cuál fue el primer libro que leí en la lengua de Shelley, con mucho esfuerzo, con esto-es-imposible-pero-lo-acabo-y-lo-entiendo-como-yo-me-llamo, con muchas horas, día sí, y día también.

—Bueno, mire lo que tenemos, y si tiene alguna duda, ya me dice.

Usted no sabe que yo soy la oveja negra de la familia aquí. Que ha topado con la chica de Literatura. Que mejor la dejo por aquí suelta, porque si no, acabamos mal. Estoy segura. Y por favor, póngales a leer, a leer mucho si es posible. Se lo agradecerán. Algún día.

¡Que paséis un buen lunes! Espero que hayáis bailado y leído hasta la saciedad durante el fin de semana. 

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