miércoles, 8 de octubre de 2014

la cita

Aquí estoy. Me arrellano bien en la silla, ante una mesa cuadrada, pequeña, en medio de un establecimiento con paredes grises. Me ajusto las gafas, el bolso en mi regazo. Noto que, incluso sentada, estoy metiendo barriga, porque me aprieta bastante la falda de la cintura. Él pregunta con total naturalidad ya en nuestra primera cita:

—¿Y bien?

Me hace un gesto con la mano, para invitarme a intervenir. Para que yo sea la voz cantante. Pero aprieto los labios, sin intención de participar en la conversación. No tengo nada que decir.

Deslizo la cremallera del bolso, de izquierda a derecha, con total ceremonia, y apartando brevemente la mirada. Tiene un frondoso pelo rizado, negro, de los que invitan a que hundas la mano, pero en otra situación, ya sin falda ni medias.

¿Cómo voy a justificarme? Simplemente puedo decir que ya estaba harta de ser la única propietaria de mi corazón. Me he visto demasiadas veces engulléndolo trocito a trocito, todas las noches de hecho, de lunes a domingo sin excepción, frente al televisor mientras echan un documental sobre leopardos. Oigo el crujido de masticar mis propias emociones, mientras la voz en off nos regala un dato tras otro. Es más estruendoso el ritmo de tragar todos mis deseos y anhelos insatisfechos que los rugidos de las bestias moteadas. Ya no podía aguantar otra noche más saboreando toda esa amargura mientras veo aparearse a los leopardos, que son todo lo que no puedo ser.

Así que lo saco del bolso y miro a ambos lados. Mi cita clava los ojos en el órgano que palpita de forma acelerada, pues aunque verme fuera de mi hábitat ha sido un paso, el miedo ha hecho mella y se me acelera el pulso. Lo dejo en el plato que un camarero ha puesto previamente en el centro de la mesa, para que compartiéramos el humus que todavía no han servido. Pero hemos venido a otra cosa, la cena es una tapadera. Me siento nerviosa, temo que los latidos se oigan hasta la cocina, aunque el resto de comensales parece tener la atención puesta en otros mundos.

Mi acompañante tiene la mirada fija en mí, expectante, espera que diga algo. Curioso, como si fuera esta su primera vez. Pero no es lo que ponía en su perfil. Aquí la no iniciada en el amor virtual soy yo. La inspiración llega a mi rescate, lo que nunca le he podido decir, o más bien sugerir, a nadie sale por la boca como un dardo:

—Que te aproveche, amor mío.

Él parece atónito, mi arrojo le ha pillado totalmente por sorpresa. Me noto enrojecer. Dirige la mirada nuevamente hacia mis vísceras, que ahí expuestas en un frío plato de porcelana son todo menos románticas. Y de repente, se recompone, coge mi corazón con sumo cuidado, y me empiezan a temblar las piernas, incluso sentada. Viscoso en su mano, mientras la sangre chorrea manchando el puño de su camisa, yo noto cómo ahora sí que se ha ido del todo. Noto que el peso en el pecho ha desaparecido, cómo mi cuerpo se va aletargando, como si fuera el de otra. Cómo la respiración recupera un ritmo pausado, cómo en cuestión de segundos, me invade una sensación de tranquilidad. Ya no muevo los pies sin querer, y tengo las pupilas clavadas en Él, hasta el punto de que lo podría perforar.

Él me estruja el corazón lentamente. Yo contemplo la escena registrando cada detalle, pero con la emoción ya ausente. Con un gesto voraz, mi cita se lleva mi corazón a la boca, y a lo caníbal se come mi amor en cuatro bocados, con gula.  
Alzo la mano para llamar al camarero, que me ve y me sonríe a unos diez metros de nuestra mesa, indicando que ahora mismo viene. Y Él se relame, supongo que con los últimos rastros de mi órgano entre los dientes. Coge su vaso y apura la cerveza. Y ya sin timidez, digo en voz alta, al recién llegado a nuestra mesa:


—Por favor, la cuenta. 

1 comentario:

  1. Cuando vas a leer un cuento en una open mic session at Collage?
    Animos Maude!

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