lunes, 1 de septiembre de 2014

todos los libreros llevamos a un Bernard Black dentro


Es una verdad universalmente poco reconocida que los libreros se dedican a su profesión por el amor egoísta que profesan a ese objeto tantas veces denostado que es el libro, y no por ningún afán oculto y desinteresado de hacer más felices y cultos a sus clientes. Los libreros no son unos filántropos. Es más, me aventuraría a asegurar que la mayoría de los libreros tienen la estima por la raza humana bajo mínimos. Muchos están desencantados con sus congéneres y la situación que les ha tocado vivir, y se refugian en las reconfortantes páginas de los clásicos, de autores malditos, ya muertos, que habitan otros países, que hablaron sobre otras realidades ya pasadas, o lejanas, o inventadas, y que hacen que esta sociedad sea más soportable. Te agarras como un clavo ardiente a todos esos consumidores de cultura que demuestran el mismo amor que tú por los libros, y te repites que compensan a todos los demás. Muchos libreros, es la verdad, valoran los libros por encima de las personas que vienen a consumirlos. Son siervos de la cultura. Difusores de dicha cultura como resultado colateral, porque en primer lugar han venido a satisfacer su necesidad (además de otras cosas prácticas, como pagar facturas y comer, y encima, aunque sea jodido, dedicándose a algo que les gusta, por muchos “peros” que se le pueda poner).

Por eso, todos encontrarán algo de consuelo y sentirán toda la admiración por Bernard Black. Se identificaran, se verán reflejados en él, querrán ser como Bernard. Y de ahí este post, porque me gusta reconocer las fuentes de inspiración, y porque si os interesan o divierten estas entradas, os aseguro que Black Books os va a gustar mucho más. Si ya es un viejo conocido, seguro que no viene mal para sobrellevar el lunes un poco de esto:



¿No habéis visto Black Books? Es una serie británica de finales de los 90 que sigue las aventuras de Bernard Black, el mordaz propietario de una librería de segunda mano, de Mannie, su ayudante, y Fran, su mejor amiga, a quien le une la afición al vino y el desprecio general por los demás. Bernard odia a la gente abiertamente, el acto de vender y de atender. Y sin embargo, ahí está su negocio, para el que es imprescindible tener clientes además de libros.

Por supuesto, Bernard Black es un extremo. Un librero desatado, totalmente al desnudo, una exposición exagerada de la irascibilidad que sentimos todos cuando nos tiran los libros al suelo, o los desordenan, o abren los tomos de arte de 60€ plastificados cuando no tienen intención de comprarlos, y tú lo sabes. Se me ocurrió que Bernard se merecía un  post en este pequeño espacio cuando pensaba que algún día tenía que hacer un catálogo detallado de todas esas cosas que me molestan de los clientes y no reconozco abiertamente, mientras observaba –con rabia- a aquella cliente depositar sobre una pila de tres de Jeffrey Eugenides su botella de agua, su mapa arrugado y la gorra. No hay nada que me moleste tanto como las personas que dejan sus objetos personales, ya sea bolsos, chaquetas, carpetas, carteras, sobre los libros de forma indiscriminada y sin pedirle permiso a nadie. En varias ocasiones he visto a gente sentarse encima de pilas, y eso ya es para desmayarse. El invierno pasado, en Balmes 129 bis, ya no me pude contener y le quité el bolso y el abrigo a una señora de encima de la mesa de Ficción. No los tiré a la calle, porque había una silla a mano y todavía soy capaz de respirar hondo y contar hasta 10 si es necesario. Bernard no hubiera tenido piedad, y la mujer habría corrido la misma suerte que el abrigo  y el bolso.

También me acuerdo de Bernard cuando entra una persona a cinco minutos del cierre, y “sólo quiere mirar”. Es algo que he compartido con todas las personas con las que he trabajado en esto: la menor o mayor indignación, temor o fastidio, con resoplido incluido, al ver que ya se tendría que empezar a cuadrar la caja, pero hay varias personas perdidas por entre las estanterías. Una se muerde la lengua cuando comentas a los susodichos el inminente cierre y contestan:

—Bueno, pero todavía tengo tiempo, ¿no?

¿Tiempo para qué? La mitad de las luces ya están apagadas. Los últimos compradores ya están en la cola. Y ni siquiera necesitas mi ayuda para que te busque lo que andas buscando –si es que andas buscando algo- y pueda irme cuanto antes a casa. Una vez en Rambla Sant Josep 88-94 una chica nos dijo:

—Mira, lo siento, pero es que yo también salgo de trabajar ahora y necesito comprar un regalo.

Léase ese “lo siento” como me-importa-un-pimiento que vayas a salir 15 minutos más tarde por mi culpa. Y estoy segura de que esto le duele a todo el que trabaja de cara al público y depende de que el local esté vacío para poder marcharse a casa.

Por eso, Bernard Black es un héroe. Porque aunque sea un personaje ficcional, maravillosamente interpretado por el cómico irlandés Dylan Moran, Bernard hace realidad los sueños libreros más inconfesables:



Sí, en ocasiones, y aunque yo suelo tirar más a Mannie, que es la antítesis de Bernard, el librero más nice de todo el mundo, una a veces se siente con ganas de gritar: ¡¡¡NO ME DOBLES ESE LIBRO!!! A mí se me escapa un poquito cuando saco delante de alguien un libro de la F, y luego me lo quiere poner en la G mientras sigue hablando conmigo. Se me escapa el apresurado y tajante:

—Deme, que ya lo coloco yo.

Que en realidad significa: ¡¡DAME QUE ME LO METES DONDE NO VA!! Una habla de forma pausada y amable, pero me tengo que levantar de mi mesa y alejarme de la sección cuando veo a esos niños, de esos padres que consienten y promueven el poco civismo, descolocar libros, moverlos, tirarlos, sacarlos de un sitio, correr entre las mesas desestabilizando la armonía de las pilas de la mesa. Cuando lo hacen los adultos, se me pasan por la cabeza las torturas libreras más rocambolescas.

Tengo que apretar los dientes cuando veo al que se me mete en el escaparate a buscar algo, sin saludar, sin buscar mi aprobación. No puedo evitar mirar con un poco de mala leche al que me interrumpe cuando estoy con otra persona, o al teléfono. Y seguramente le molesta lo de “Espérese un momento” de forma seca. Uno detrás de otro, por favor.  Me encantaría adoptar el estilo Bernard:

Todo se resuelve con un post-it


Parece una total contradicción, puesto que reconocí que para la librera era fundamental seducir a las personas y que volvieran. Y lo mantengo. Entre mis múltiples sueños -¿alguien quiere ser mi mecenas?-, hay uno que implica directamente a la figura del cliente. Yo siempre digo que me encanta mi trabajo, aunque cualquier día me explotará la cabeza con ciertas preguntitas:

—Oye, ¿pero el bolsillo lleva lo mismo que el de tapa dura?

Y al igual que los escritores no tienen sentido sin lectores, los libreros no servirían para nada sin clientes. Parece incoherente, incongruente, incomprensible idolatrar a Bernard Black. Y yo lo haría Dios librero si tuviéramos religión propia. Pero es que nos dedicamos a la cultura, no somos ingenieros ;)

¡Pasad un feliz lunes!


p.s: Lástima que el grupo de Facebook "Libreros que ocultan información preciosa tras haber sido maltratados" ya no exista, que es donde empecé a colgar anécdotas libreras en la red. Por suerte, si vuestro paladar os lo permite, existen las LibrerasResoplantes ;) Enjoy! 

4 comentarios:

  1. Una vez descubrimos, en la que yo trabajaba, que una bruja había apuntado un número de teléfono *en boli* en la portada del libro que tenía más a mano porque no encontró papel inmediatamente mientras hablaba por el móvil. La ilusión que me hizo cuando lo vi. Ni que decir que no volvió, al menos era consciente que me la hubiese comido. Después de casi 10 años de esto, las anécdotas que tengo llenan una enciclopedia. Bernard es mi ídolo de esos años.

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    1. Noooo, ¡qué barbaridad! En la multinacional innombrable en la que trabajaba, me encontré un Mendoza que teníamos expuesto en un atril salpicado de batido de fresa o bebida rosa similar. Te hace perder la fe en la raza humana...

      ¡Gracias por el comentario!

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  2. ¡Jajajaja! Preciosa, me has vuelto a alegrar el comienzo de semana. Tengo un derrame en el ojo y se supone que no debo forzarlo mucho ni leer en exceso (suspiro de resignación), así que me has puesto una sonrisa en la cara, y me has descubierto una serie magnífica de paso :) (¡Muchas gracias!)

    Yo intento ir a curiosear a horas decentes (traducción: horas en las que aún disponga por delante de tiempo de sobra para mirar con tranquilidad ) y no jorobar a los pobres libreros (es una faena que te retengan en la tienda y encima de propina, no compren nada). Y lo de la falta total de cuidado con los libros expuestos... sin comentarios. me pregunto si pondrían una botella de agua chorrenado sobre una prenda de exposición en una tienda. Menuda bronca les caería... Pues para mí con los libros es lo mismo. Encima soy bastante quisquillosa con los libros nuevos (ya que los pago me gustaría que estuvieran en las mejores condiciones posibles) y no me llevaría uno si estuviera manchado o con las esquinas arrugadas.

    Te sigo por Twitter, guapa. Un besito muy grande y que tengas feliz semana tú también ;-)

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    1. ¡Hola, Lucy! Primero de todo, que te mejores ese ojo. No te me pongas Black Books del tirón, que cuando se acaba, uno tiene mono, y tampoco es plan de que contribuya a cansarte la vista. Cuando la veas, ya me dirás qué te parece ;)

      Yo no suelo ser muy quisquillosa con el estado de los libros, a no ser que sean ciertos cómics o libros grandotes. Pero porque siempre los llevo en el bolso, y tengo empezados varios a la vez, e impolutos no los dejo. Sí, lo sé, es pecaminoso. Pero entiendo que la gente se los quiera llevar perfectos, aunque no siempre se reciben así. Y sobre todo si el desembolso es grande. Tampoco me compro una camiseta si tiene la costura descosida, o una mancha, así que lo mismo con los libros. Por eso me pone nerviosa el trato de ciertas personas que sólo vienen a curiosear. Pero claro, ¿qué le vas a decir a un adulto?

      ¡He visto lo de Twitter! Muchas gracias! Un besooo

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