miércoles, 6 de agosto de 2014

lo que pasó aquella tarde - segunda parte

Mi pasión siempre ha sido narrar. Narrar e imaginar que las cosas cotidianas se modifican hasta límites insospechados. Siempre he sido una cuentista. Y espero que esta metamorfosis de la anécdota librera de la semana os guste. Muchas gracias por pasar y leerla. Ánimo con el resto de la semana ;)

p.s. Ya me diréis si se parece a lo que os imaginabais. 

p.s.2: La primera parte se encuentra aquí.

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Nuestra cadena no tiene mucha potencia, así que tienes que hundir bien el dedo para asegurarte de que no quede ningún trozo de papel o resto indeseable flotando. Siempre me cercioro de que esto así sea antes de abandonar el baño, por respeto a mis compañeros, porque sé que el inodoro tiene esta peculiaridad. Y aunque uno pueda escuchar el ruido adecuado cuando tira de la cadena, no siempre es suficiente. Como en este caso. Pero qué iba a saber esa joven, si era la primera vez que hacía uso de él. Y pensar que la había dejado entrar en nuestro baño. Que la había metido en el almacén, y que había dejado a S. solo con ella.

Tiré de la cadena y salí del baño sin hacer uso de él, intentado ocultar mi nerviosismo lo mejor que pude. S. levantó la cabeza de lo que estaba haciendo y yo hice una mueca parecida a una sonrisa de aceptación, porque es amable sonreír a los demás, supongo.

Con un sudor frío fui lentamente hacia mi mesa, sin ser interrumpida. El teléfono sonó, pero lo cogió alguien en caja. Eran las horas tranquilas de la tarde, antes de que los oficinistas salieran del trabajo y se pasaran a comprar los cuadernos de verano para sus hijos y la última novedad infumable en bolsillo. Me senté ante la pantalla en negro, moví un poco el ratón, pulsé Cntrl+Alt+Sup y desbloqueé mi sesión. Volvió a saltar el aviso de Outlook con las tareas pendientes, pero supe que sería incapaz de concentrarme de nuevo. Abrí la barra del navegador, y busqué en Google una noticia que tenía un par de días ya. Donde lo explicaba todo.

Porque había salido en todos los medios: el gobierno central ponía a disposición de las autoridades locales un nuevo pesticida que debía acabar paulatinamente con ellos, sin que nos molestaran, sin que los ciudadanos llegáramos a darnos cuenta. Poco a poco notaríamos que había menos gente en la calle, pero es algo bastante frecuente en verano. Cada vez sería más raro cruzarse con uno de ellos en el paso de peatones. En principio, tenían la entrada prohibida en nuestros negocios, pero detectarlos era harto complicado. Algunos modelos de última generación eran exactamente clavados a una persona. Era imposible distinguir la presencia robot de la humana así como así.

A veces, en la calle, cuando tenías un campo de visión más amplio, te dabas cuenta de que aquella “persona”, esa criatura que simulaba tan bien tus propios movimientos vitales, hacía algún gesto raro, que caminaba más erguida de lo normal, a un ritmo mecánico, y entonces, era de recibo cambiar de acera y huir lo más rápidamente posible. El contacto estaba prohibido, y se aconsejaba a todo el mundo que, por favor, si descubrían a uno de ellos, advirtieran a las autoridades pertinentes.

Aun así, la mayoría se había mimetizado tan bien entre nosotros, que había ciertos modelos casi imposibles de localizar y aislar. Cierto que tenían poca expresión facial, que siempre tenían la piel más tersa de lo normal, pero sólo un ojo muy entrenado, el de un ingeniero que hubiera participado en su fabricación, podría apuntarlos a dedo. Desde luego, ni yo ni S. nos dimos cuenta de que aquella joven, que incluso tenía la capacidad de perspirar, un cambio introducido en los últimos modelos manufacturados, era una de ellos.

El pesticida era una idea rocambolesca, a la que muchos activistas y disidentes, que acabarían dentro de poco entre rejas, se habían opuesto con fervor. Por inhumano, porque su fiabilidad no estaba ni demostrada ni contrastada, y se desconocía si podría tener efectos secundarios sobre la población a largo plazo. Era una idea novedosa, que el gobierno central y las empresas farmacológicas que lo habían puesto en circulación defendían a capa y espada para acabar con ellos. Habían advertido en todos los medios posibles que era un modo no agresivo de solucionar el problema. Y la ciudadanía les había creído.

El funcionamiento era sencillo: aquel pesticida era inhalado por el total de la población, pero mientras un cuerpo humano y su sistema inmunológico no padecían ningún daño, sino que lo eliminaba mediante la función excretora, principalmente la sudoración y la orina, al poco de entrar en nuestro cuerpo, en ellos se almacenaba durante meses, puesto que sus músculos sintéticos y sus órganos de cristal irrompible eran incapaces de expulsarlo. El pesticida se agarraba a sus tejidos artificiales, y a su sangre pasterizada y, poco a poco, tras meses de desgaste, sin que pudieran hacer nada, los destruía. Lo que empezaba como un pequeño malestar, un mareo tan típico de los calurosos días estivales, era totalmente letal e imprevisible. Puesto que la administración del pesticida se hacía por oleadas clasificadas. Nadie sabía ni cuándo, ni cuántas veces habíamos estado expuestos a este remedio que debía exterminarlos.

Sin embargo, y aunque sé que muchos han llenado plazas en contra de lo que consideran una barbarie, y muchos otros millones han demostrado su apoyo incondicional en las urnas y las redes sociales, puesto que consideran que ellos son la auténtica amenaza que habrá de exterminar a la raza humana, someterla y esclavizarla, yo me había sentido alejada por completo de esta realidad. Vivo en el mundo de los libros, y navego en los días del pasado, en todas esas voces que ya han muerto. Me encargo de conservar la memoria cultural, ordenarla, clasificarla, encontrar nuevas ediciones. Ellos nunca habían formado parte de mi vida. Aunque eran y son reales. Siempre había logrado mantenerme al margen, tener una existencia tranquila y con mínimas preocupaciones al respecto.

Ahora, a partir del día de hoy, cuando he visto esa sustancia lila flotar en el váter, que al parecer es una especie de aceite que les erosiona el interior, puesto que el pesticida se convierte en una cal que al final expulsan cuando ya ha hecho su mortífera función, he comprendido en lo que me he convertido al dejarla marchar: en una cómplice más. Una disidente. Un agente peligroso por negligencia a la raza humana. Como siempre, actúo tarde.

Debí salir corriendo del baño, gritando que era una de ellos, y la hubieran detenido antes de llegar a la puerta. Tendríamos que haber llamado a la policía, que a su vez hubiera mandado a la Comisión Especial que se encarga de retirarlos de la circulación, cuando pueden, cuando no se oponen con violencia y astucia. Y funciona, el pesticida funciona. Está acabando con ellos.

Pero no he dicho absolutamente nada, y además, he encubierto la prueba definitiva de que la joven era una de ellos. He tirado de la cadena, y he vuelto a mi mesa como si nada pasara, disimulando lo mejor posible. He traicionado a mis congéneres, les he fallado. Soy una mala ciudadana. Noté cómo me subían las lágrimas por la garganta y se me humedecían los ojos de la rabia y la vergüenza. Y del desconcierto. ¿Por qué no había actuado? ¿Me había paralizado el miedo? ¿O era algún tipo de empatía hasta entonces desconocida? No estaba sola, éramos una mayoría: cinco trabajadores y dos clientes habituales, sin duda, de los nuestros. La podríamos haber detenido, impedido su marcha, colaborado con la causa.

Pero no actué y me pesará para siempre. Y lo que es peor, descubrirán que no hice nada cuando tuve la oportunidad. Esas cosas siempre salen a la luz.

—Disculpa.

Pegué un bote en la silla.

Uno de los clientes habituales. Me sonreía.

—Disculpa, ¿tienes por casualidad We the Living?

Qué piel tan tersa, tan perfecta. Hechizada todavía, contesté:

—Sí, por supuesto. Ahora mismo te lo doy.

Me levanté. En tres pasos llegué hasta la penúltima estantería de la pared de la izquierda. A ver… la R… Ayn Rand… Quedaban tres ejemplares. Me dirigí al cliente habitual alcanzándole el libro, volviendo al presente, que ya era un momento del pasado:


—Aquí tienes. 

FIN

2 comentarios:

  1. No me esperaba este desenlace distópico, pero te ha quedado genial, está claro que lo tuyo es el relato corto; y no sólo leerlos, también crearlos ;) ánimo con la escritura, creo que puedes conseguir lo que te propongas.
    Feliz verano Jen!

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    1. Muchas gracias, Marissa. He pasada una sequía creativa bastante larga, y esto es una mínima recuperación, pero todas estas anécdotas libreras me han ayudado mucho. Sobre todo que alguien se tome la molestia en leerlas. ¡Un abrazo!

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