lunes, 4 de agosto de 2014

lo que pasó aquella tarde - primera parte

Estar de vacaciones es un poco como estar entre la ficción y la realidad. Es un estado mental totalmente distinto. De ahí, que la anécdota librera de la semana sea un poco especial. Ni siquiera sé si la protagonizo yo. La he dividido en dos, puesto que era muy larga. La segunda parte estará disponible este miércoles. Mientras tanto, tendréis que decidir qué fue real y qué no. Y ánimo con el lunes ;)

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—Disculpa, ¿podrías darme un vaso de agua?

Estaba enfrascada en la confección de un e-mail bastante venenoso, exponiéndole con todo detalle mi enfado con al representante  comercial de H, por insinuar que había faltado a la verdad al reclamar un libro que no había llegado, cuando de repente me habló aquella chica, que se me antojó una aparición de otro mundo. Tardé unos segundos en aflojar la tensión que me había autoimpuesto, en volver a conectar con el espacio tiempo; yo, en mi mesa, la chica, junto a ella, pálida, con unas cuantas gotas de sudor perlando esa frente joven con ligeros rastros de acné.

— ¿Te encuentras mal? —pregunté dudosa.

—La verdad es que sí, bastante.

Me hubiera gustado que sacudiera la cabeza negándolo, que disipara mi también autoimpuesta y artificial preocupación. Nada me causaba mayor pánico que alguien en necesidad de asistencia porque algo le dolía, porque le habían robado, o había perdido a su hijo o nieto o caniche, y la ansiedad le oprimía el pecho y le impedía respirar correctamente. Rehuía del papel de buena samaritana, para no tener que confesar que mi capacidad de reacción ante las tragedias cotidianas era casi nula. Mi máscara de antipatía era una forma eficiente de no mostrar mis carencias pragmáticas a los demás. En los imprevistos nunca encontraba la frase tranquilizadora, simplemente, me costaba estar a la altura de las circunstancias. Se me ocurrían los tópicos mucho tiempo después, por lo que tardé bastante en contestar:

—Pues no —y añadí unos cuantos segundos más tarde de lo aceptable, cuando su comisura de los labios ya se deprimía hacia abajo —no tengo ningún vaso, lo siento.

Su rostro no reflejó mayor expresión, ni cambio que el ya comentado,  y me avergoncé al instante de mi negativa. No es de buena persona no auxiliar al desamparado, sobre todo, cuando os encontráis cara a cara. Enrojecí, y hubiera dado lo que fuera porque el suelo de la librería se hubiera hundido en aquel preciso momento, haciendo desaparecer mi silla y mi persona en las profundidades urbanas.

No obstante, la joven seguía ahí. Y su urgencia parecía crecer, así que preguntó:

— ¿Y podría ir al baño, por favor?

En cualquier otra ocasión, sabía que estaba en el derecho de contestar que lamentablemente no teníamos servicio para clientes. Tenía practicada la perfecta inflexión de voz para no molestar más de lo debido a la persona que me pidiera usar un sanitario. Cierto es que no teníamos más que el nuestro, en el almacén, y que no era el baño más cómodo del mundo: siempre atestado de cajas, siempre te veías en la necesidad de cambiar el rollo de papel higiénico. Pero me abstuve de utilizar la muletilla enlatada, por miedo a que la chica se desmayara allí mismo, y fui funcional, a la par que educada, a la par que deseaba que todo terminara en cuestión de unos minutos más, ella se marchara y no tuviera que volver a verla más:

—Por supuesto, ven conmigo.

La acompañé al almacén, donde se desarrollaba la rutina habitual: el compañero que entraba a las 3, como todos los días, preparaba los paquetes de los envíos a clientes mientras escuchaba la radio. Lo saludé y le expliqué un poco atropelladamente:

—Esta chica necesita ir al baño.

Me pareció que quizá tenía que especificar por qué la dejaba pasar contra la norma establecida de que nuestro baño solamente pueden utilizarlo niños cuando ya no se aguantan:

—Es que se encuentra mal.

Y él contestó sin ningún tipo de reproche, como yo había temido:

—Vale.

Me di media vuelta y le indiqué a la joven que pasara, que era la primera puerta a la izquierda y que la luz se encendía de forma automática.

Mientras volvía a mi mesa un poco turbada sin saber bien por qué, pues la situación era tan puntual como trivial, ya no pude retomar mi enfado y lo que había estado escribiendo se me representó absurdo e innecesario. Absurdo porque me pareció inconcebible que pudieran estar pagándome por exponer mi descontento, y de paso mi mala leche, contra alguien que no daría su brazo a torcer, a miles de kilómetros, a quien no le importaba lo más mínimo que a uno de sus clientes pequeños le hubiera faltado un libro en el pedido, lo que demostraba que además, dicho enfado, no tendría utilidad ninguna. Cerré la pestaña del correo, descarté guardar el e-mail a medio escribir como borrador.
Busqué concentrarme en otra tarea, pero mi mente volvió a la chica, y entonces se me ocurrió que quizá en el armario del despacho donde se guardaban algunos consumibles hubiera una bolsa de vasos de plástico. ¿Cómo no se me había podido ocurrir antes?

Encontré un vaso y volví al almacén. La puerta del baño seguía cerrada y S. preparaba los paquetes tranquilamente. Alzó la vista un momento de lo que estaba haciendo, con mirada interrogante:

—Es que he encontrado un vaso.

Seguía sin entender, porque tampoco antes le había explicado la petición de nuestra visitante. Antes de poder aclarar este punto, la puerta del baño se abrió, y la joven salió con el cuello de la camisa desabrochada. Claramente, se había lavado la cara, pues los pelos que enmarcaban su rostro se veían mojados, la piel de la cara, húmeda.

Y repetí:

—He encontrado un vaso.

Con toda la disculpa que pude acumular en ese momento, por no habérselo ofrecido antes. Por haberle mentido, al fin y al cabo, por evitar pensar un momento, o preguntarle a alguien si había vasos. Por no ser lo suficientemente servicial.

Con la misma poca expresión que ya había demostrado antes, tranquila, respondió:

—Ya no será necesario. Gracias por todo.

Y le cedí el paso para que pudiera salir. S. había contemplado la escena como breve distracción de la monótona rutina. Le pregunté:

— ¿Crees que se encontraba mal de verdad, o que simplemente quería ir al baño, y usó esa picaresca para evitar que le dijera que no?

S., siempre tan práctico, tan dado a no darle vueltas a pequeñeces, contestó:

—Qué más da.

Y se volvió para continuar con lo que estaba haciendo.

Suspiré. La verdad es que S. tenía toda la razón. Qué importaba, la joven ya se había marchado.

—Bueno, yo también aprovecho y voy —dije en voz alta, aunque era un pensamiento más bien, y no obtuve respuesta, porque tampoco la necesitaba.


Me lavé las manos. El baño estaba bastante oscuro, una de las dos bombillas se había fundido. La torre de cajas bien plegadas se apilaba contra la pared de la izquierda. Por suerte, había dos rollos de papel higiénico a mano. Me alegró este simple hecho. Levanté la tapa. Y entonces tuve ante mí el horror.

CONTINUARÁ

2 comentarios:

  1. Nos dejas con una intriga....tengo en mi mente dos opciones, y cualquiera de las dos es el horror ;) espero impaciente la resolución!

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  2. Gracias, Marissa. A ver si logro sorprenderte ;) ¡Un abrazo!

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