lunes, 25 de agosto de 2014

algún día esta memoria visual te será útil

—Disculpa, ¿tendrías el libro de Middlesex?

Te levantas de la mesa, sin mirar autor o stock, segunda estantería de Ficción, habitualmente en la cuarta o quinta balda, portada azul y letras plateadas. A veces, te hacen preguntas que te permiten lucir bien.

—Aquí tienes.

Y hay gente que es tan amable que, además, te hace sentir como una superhéroe:

— ¡Jo, qué rapidez! Gracias. ¿Es que sabes dónde están todos los libros?

A veces, son amables en exceso. Lo cierto es que sí, tengo que saber dónde están todos los libros. En la mayoría de los casos, lo sé de cabeza si está o no, porque échale 39 horas semanales a un espacio tan pequeño; añade que eres la que se encarga de comprar el stock y, al final, te lo aprendes de memoria. Aunque a algunos les pueda sentar mal que no lo compruebe en el ordenador cuando digo que ya no me queda tal libro.

También está lo del orden lógico, y que la ubicación de un libro, en principio, está en todas las fichas de la base de datos. Si no, mal vamos, ¿no? Pero bueno, puede decirse que tengo una buena memoria visual, que es algo muy útil cuando trabajas en una librería. Espero, y creo que es algo que el cliente espera. ¿O acaso no confían en que sepa dónde están todos los libros?

Es más probable que recuerde la cara de las personas, que su nombre; lo que compraron antes que la conversación que mantuvimos; cómo iban vestidos, más que el timbre de voz. Y si vinieron, o no, a recoger aquel encargo.

No creo que mi memoria visual esté por encima de la media, pero imagino que para mí es más fácil acordarme de las cosas que pasan en un escenario tan habitual como es el lugar de trabajo, que para el que sólo está de paso, o viene de vez en cuando. A veces, se crean situaciones incómodas, como cuando yo pregunto:

—Oye, ¿te gustó la novela de David Peace que compraste la última vez?

A veces, me responden con una mirada extrañada, preguntándose por qué les interpelo si no me conocen de nada, cómo sé que han leído a David Peace, hasta que segundos después logran localizarme en aquella situación pasada.

A veces, hay gente que destaca que tengo buena memoria, porque aunque mi apreciación les pilla por sorpresa, supongo que se acuerdan de mí, que no les asusta que me meta en su intimidad lectora:

—¿Pero estos libros sobre diseño de jardines no los habías comprado ya?

Una vez vi a una clienta de Rambla Sant Josep 88-94 en el Museo del Prado, en la exposición que hicieron sobre Rusia; no la saludé entonces, pero cuando la volví a ver por la librería le comenté:

—Oye, ¿qué te pareció la exposición?

A veces, es una manera de crear vínculos. A veces, pienso que si yo me acuerdo de ellos, ellos se acordarán de mí. Pero supongo que la memoria, de cualquier tipo, es selectiva. Una vez me dijeron:

—Ay, es que tú me has vendido muchos libros.

Y yo pensé que era la primera vez que veía a ese hombre en mi vida. Me avergüenza un poco que el reconocimiento no sea mutuo.

A veces, celebro que ellos no se acuerden de mí. Como aquella vez en Rambla Sant Josep 88-94. Pasadas las Navidades, volvió una clienta con una tablet que se le había estropeado. Decía que aparecía una mancha en la pantalla cuando llevabas un rato usándola. Estaba francamente disgustada, y quería una nueva. Yo recordaba perfectamente haberles vendido dos tablets, parte de mi alma directamente al Infierno, si lo hay, porque las de esa multinacional son muy malas. Una madre con sus dos hijas, que aquel año estaban en primero de carrera, pero que a mí me parecieron unas crías. Esta vez, vino a devolverla la hija, que no me reconoció. Y que juraba y perjuraba que la chica que las atendió les había prometido que se la cambiaban por una nueva aunque hubiera pasado más de un mes, que los cambios de las compras navideñas se extendían a una semana tras Reyes. La verdad, no recordaba haber dicho tal cosa. Pero pudo ser. Porque así era con los libros, no con los dispositivos electrónicos. Y ella me preguntó para mi sorpresa:

—¿Pero no podría hablar con la persona que me atendió?

El lugar de los hechos, ya un lugar desaparecido


Lo sentía en el alma, pero yo no podía decidir y darle una nueva así como así, aunque había lugar a la duda; quizá di una información incorrecta, o no me expliqué bien, o ella me la quería colar. De eso no me acordaba. Como ella no se acordaba de mí.

—Pero tranquila, que la garantía cubre el Servicio Técnico durante dos años.

Quizá fue una cobardía no reconocer que las había atendido yo. Pero las cosas se estaban poniendo desagradables, ásperas, y como decía la Directiva, ante el malhumor de los clientes, eres un chaleco. Cuando iba a dar su brazo a torcer, decidió llamar a su madre, quien por el teléfono amenazó con un-ya-mismo-voy-para-allí. Se lo dijo a su hija por teléfono, pero hasta yo me enteré, y siempre respeto el espacio vital de los demás.

Entró como en estampida, gritando desde la escalera mecánica, al fondo de la sala de 800 m2, que quería jefes. Jefes. Jefes. Jefes. Me agarró por la muñeca, y entonces pensé que ya estaba, que ya me había reconocido, que se enfadaría doblemente, que me apuntaría con el dedo. Por su boca salía fuego contra todos los males del mundo relacionados con una tablet estropeada, la familia, las enfermedades familiares; mujer estresada, mujer fuera de control.

Pero tampoco me reconoció. Supongo que ni me miró bien, porque estaba entregada a montar el pollo. Yo no daba crédito. No me podía creer que no se acordaran de mí, ninguna de las dos, pero sí de lo que dije, supuestamente.

Y al final se la cambiamos por una nueva. Le dije lo que estaba segura que siempre decía cuando formalizamos el cambio en caja:

—No os preocupéis, si se cae al suelo, o tenéis algún problema, la garantía cubre las reparaciones durante dos años de forma gratuita.

Me miró muy fijamente, casi traspasándome desde el otro lado del mostrador y me dijo, sobre su hija, porque era para ella:

—La mato. LA-MA-TO. La mato si se le cae al suelo.

No comprendo cómo hay gente tan extrema con ciertas cosas materiales. Quizá su gran esfuerzo le costaba comprar dos tablets para que sus hijas pudieran “estudiar” con ellas. Quizá era extrema y punto. Pero en aquel caso me alegré de que no me recordaran.

Tanto como cuando les dicen a los clientes que me pregunten a mí por tal edición de importación, y ellos contestan: 

—Sí, sí, si ya la conozco.

O como cuando te dicen:

—Justo como la última vez, me mandas un mail si el libro llega a tiempo. Siempre voy con prisas.

Con prisas, pero recuerdas a la librera. Gracias. Pequeños detalles que hacen que la profesión sea más bonita. Que te hacen sentir útil. Valorada en cierta manera. Insustituible por robots, capaz de plantarle la cara a Amazon. De marcar la diferencia.

Que tengáis un buen lunes. Y cuidado con las personas excesivas.


p.S: Por cierto, que aquella tablet no estaba estropeada, se olvidaron de sacar el plástico que cubría la pantalla, como cuando compras un teléfono nuevo, y del uso del dispositivo se había quemado, lo que hacía que de repente saliera una mancha en la pantalla. La tecnología, ya saben.



7 comentarios:

  1. A mí una vez me pasó lo mismo con un móvil nuevo: me pasé tres días diciendo, "No se oye", "Te oigo muy bajito"...Solo para darme cuenta más tarde de que había puesto al revés el film de la pantalla y estaba cubriendo el altavoz, impidiendo que saliera el sonido. Suerte que no fui anunciando mi descontento inicial a bombo y platillo!!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Yo confieso que cuando compro algo con plástico protector, intento postergar al máximo el momento de quitárselo XD

      Eliminar
  2. ¡Buenos días, preciosa!

    Menuda anécdota con la tablet O___o A mí me horrorizan las personas demasiado excesivas, escandalosas... ¡me hubiera metido debajo de una piedra nada más verla entrar vociferando! Nunca he comprendido esa forma de proceder. Prefiero hablar las cosas con calma y si te tratan injustamente, entonces sí protestar más enérgicamente, pero si no, ¿para qué tanto jaleo? Y mira que ser el plástico protector al final el causante de todo xD

    Como ya te comenté en otra entrada, es fantástico que la librera se acuerde de una, que conozca tus gustos y te recomiende nuevos tesoros en base a ellos, que te reconozca por la calle y luego charléis de ello... No sé, creo que los libros crean un vínculo especial y que resultan tan personales como la elección de un aroma.

    Y lo de la memoria, ¡es una maravilla no tener que depender de una base de datos para saber dónde está un volumen o si lo tenéis en stock! A mí me resulta divertido (una, que es algo malévola :p), pedir un título de un autor extranjero y esperar que tarden un buen rato en acertar a escribirlo con propiedad en el buscador. ¡Jajaja! Me da pena que dependan tanto de un aparato para localizar un volumen en una librería de pueblo, pequeña.

    Pero así son las cosas. Me alegra muchísimo que puedas localizar los libros sin aparatejos de por medio, ésas son las libreras que me gustan ^^

    Un cordial saludo, linda, y muy feliz semana ;-)

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. ¡Gracias, Lucy! Eres un amor :)
      Llevo años en el gremio, pero me sigue costando entender por qué la gente se pone tan nerviosa con los libros/aparatos electrónicos relacionados. No sé, creo que tendría que ser una de las compras más placenteras que alguien puede llegar a hacer. Si estuviéramos en las emergencias de un hospital, podría entender las prisas, el nerviosismo, las exigencias, etc. Pero todavía me sorprende que se formen auténticos dramas por el tema libros. Y ahora veréis, que llega la campaña de texto. Hay gente que lo pasa muy mal.

      ¡Feliz semana para ti también!

      Eliminar
  3. Ya me gustaría a mí tener una librera de cabecera como tú, que recordase caras y libros que han comprado, y conozca su stock como es debido....
    El único librero de ese tipo que conozco es un chico prudente y muy eficiente de la Fnac de Bilbao, a veces me paso por allí solo para ver si sigue trabajando y preguntarle algo , sólo por preguntar....lleva gafas y no sé su nombre, pero es tan discreto que , para mí, destaca precisamente por eso.
    A mí no se me ocurriría montar un pollo por una reclamación, trabajé muchos años en gestión de reclamaciones y es durísimo. Acudo al mostrador en actitud tímida informando del problema , y siempre te tratan mucho mejor, no falla. No es necesario gritar a la persona que está al otro lado, que por otro lado no tiene la culpa de que tu tablet o tu móvil hayan salido peor que el caballo del malo.....
    Buena semana Jen!!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

      Eliminar
    2. ¡Hola, Marissa! Al final me vais a sacar los colores... A veces es muy duro trabajar de cara al público, y más en una multinacional, y más todavía en un departamento de reclamaciones. Tienes que estar curada de espanto.
      Por lo general, la gente suele estar muy quemada en las empresas grandes. Pero hay gente en librería de cadena que vale mucho la pena, y que está bien informada y se toma su trabajo muy en serio. Seguro que es el caso del librero del Fnac de Bilbao. A veces, parece que hay la idea generalizada de que en cadena los dependientes, como vienen y van, no tienen ni idea de nada. Y no siempre es así.

      ¡Un beso!

      Eliminar