lunes, 28 de julio de 2014

no confudirás a los clientes, mandato librero

Una tarde cualquiera en Balmes 129 bis. De hecho, una tarde de lunes, miércoles o viernes, los días en que se hacen las reposiciones de los libros que hemos vendido. Librera enfrascada en la pestaña de “Pedido a proveedor” de nuestra base de datos. No os penséis que es una tarea emocionante: repasar, recortar, disminuir, aumentar; sólo quedan 4 The Fault in Our Stars, pues mínimo pido 15. Después de finalizado el repaso de cada proveedor, a añadir las cosas en el carrito correspondiente y a última hora de la tarde, check out. Que de repente me doy cuenta de que me falta algún clásico de rigor… ¡Horror! Me tiro de los pelos cada vez que nos quedamos sin On the Road, The Old Man and the Sea o 1984. Pasa puntualmente, y por mucha previsión y buen cálculo que pueda hacer. Pero a veces pasa. A veces una no puede prever bien lo que va a necesitar. Venga, uno más, por fin baja la pila innecesaria que tenemos de Joanne Harris. Y me parece que cuando se acabe esta edición de X, nos vamos a pasar a la de Vintage, cuando de repente…

—Disculpa, ¿tienes Bajo la misma estrella en inglés?

La librera despega los ojos de la pantalla, se cumple el patrón habitual: chica en la veintena, o rozándola, con shorts y con cierta expectación, porque tiene unas ganas locas de hacerse con el libro del momento. Por lo menos, a las lectoras de literatura juvenil, les tenemos que agradecer esas sonoras ¡Gracias! cuando alcanzan el objeto del deseo.

— ¿Quieres portada peli, o la original?

Error. Craso error por parte de la librera.

— ¿Es lo mismo?

La librera está completamente ida, se ha olvidado por completo del precepto elemental de poner-las-cosas-fáciles-y-serán-fáciles. Vete tú a saber por qué. Porque hace calor. Porque tienes muchos pedidos por introducir en el sistema. Porque todavía le duele que se haya acabado On the Road y no vaya a llegar hasta pasado mañana.

—Pues no.

Porque a veces estoy sembrada. Dejemos ya la tercera persona: me levanto de la silla y le muestro las dos opciones: misma editorial, mismo precio, distinta portada. Y ella, confundida y estresada, pregunta:

—Pero… Pero… ¿la historia es la misma?

No caigo en la preocupación que acabo de generar:

—¡Claro que sí!

Debéis de ser tajantes cuando os pidan un libro: se lo dais. Y si podéis evitar comentar las distintas ediciones que tenéis, a no ser que os lo pidan, mejor. Pero yo siempre caigo en la misma tentación. Me gusta que la gente elija. Y debería haber aprendido ya, aprendido tras el sinfín de veces que me han preguntado si la edición de bolsillo incluía lo mismo que la de tapa dura.

—¿Y entonces qué cambia? —pregunta la chica, con ambos ejemplares de John Green la mano. Ya no doy crédito. ¿Por qué no se ha dado cuenta? Ya no puedo frenar el avergonzarla, lo siento:

—Pues la portada.

No estuvo bien por mi parte. Es algo que siempre me dicen: que te piden consejo acerca de un libro para regalo, y saben muy poco de la persona a quien se lo tienen que regalar (o muy poco de sus gustos lectores, si tiene), pues les das un libro con total convicción. Tajante. Que le va a gustar.

Pues no puedo.

A mí me gusta que la gente compre, y que compre lo que le gusta, lo que quiere, lo que desea. Que el cliente decida. Y no aconsejarle encarecidamente este en particular porque tengo sobrestock. No es ético. Por eso, a veces me pasa que recomiendo cosas que no tengo en ese momento.

Que me dicen que quieren algo de ciencia ficción: pues les voy a sacar cuarenta si es necesario, hasta que no me digan que pare, que ya han encontrado lo que andaban buscando.

Perdonadme, a veces queréis que os ayude, y sé que consigo el efecto contrario. A veces, es que yo también puedo meter la pata hasta el fondo y más allá. Como aquella mañana terrible en Rambla Sant Josep 88-94:

—Disculpa, quisiera cambiar este método que acabo de compraros porque no tiene el CD.

—Ah bueno, porque el CD de clase viene aparte.

Esto nunca me pasaría aquí, lo prometo. Pero yo hace año y medio llevaba muy mal los métodos de aprendizaje de idiomas; de eso, en Balmes 129 bis se aprende mucho: él se refería al CD-ROM con ejercicios extras, y yo a los audios, lo que se conoce como CD de clase, y que normalmente compra el profesor. Y él que SÍ que lo tiene que tener. Y yo que NO. Y él pero es que… Y yo: pero te lo encargo, lo puedes comprar aparte.

Y tras diez minutos más de conversación de besugo, caigo, caigo en mi error, en que se refería al que efectivamente viene pegado en la contraportada del libro. Nada más.

Disculpadme, a veces parece que no sepa lo que hago.

Aunque con los años, creedme, una aprende a llevar mejor el error. Al menos cuando es un malentendido sobre ediciones y cuestiones relacionadas. Con normalidad, añado:

—Olvídate de todo lo que te he dicho. Gracias.

Son gajes del oficio, existen, no es sólo una expresión idiomática. Puede pasar en directo, puede pasar por email, puede pasar por teléfono:

—“Balmes 129 bis”, bona tarda (a las 10 de la mañana)
—Buenos días, dirás.
—Cierto, cierto, perdone.
—¿Estoy llamando a “Balmes 129 bis”?
—¿Qué cómic dice que quiere?

(Soy consciente de que esto solamente tiene gracia si reconocéis el nombre real de la librería).

Podríamos estar hablando durante horas de las veces que he confundido a los clientes. Por favor, no penséis que lo hago adrede. No penséis que lo hago con alevosía, por todas esas veces que pasa lo contrario, que a la que dejan a cuadros es a mí:

—¿Tienes “Mailaifú”?
My Left Foot. Una lectura de Burlington.

Disculpadme si uso la jerga de mi profesión y a veces no lo pilláis:

—¿Puedes pedirme ______ ?
—Me temo que está descatalogado.
—Vale, ¿cuánto tardará si me lo pides?

De verdad, que no lo hago con ninguna maldad:
—¿Tienes Sense and Sensibility?
—Sí, ¿qué prefieres: Oxford, Penguin o Vintage?
Sense and Sensibility, el de Jane Austen.

Que es cierto, estoy tan recogidita en mi mesa, en el rinconcito de Crime & Mystery, que a veces bajo la guardia.

Pero os prometo que cuando suceden tales situaciones, me juro y perjuro a mí misma que voy a cumplir con todos los mandatos libreros, mejor dicho, con EL mandato librero que por encima de todo no obviaré nunca más:

No confudirás a los clientes, no confudirás a los clientes, no confudirás a los clientes… Ommmm…

A veces me duermo con esta cantinela.

No; exagero.

Por favor, por nuestra salud y cordial relación, apiadaros de mí y no me vengáis hoy con la literatura para una chica de 27 años, o un libro para hablar y coger pronunciación; o un libro rojo que acaba de salir, o un libro que habla de Turquía y ha salido hace un par de semanas en no te acuerdas qué suplemento cultural, y es muy famoso; o por favor, mi yerno lee mucha Filosofía, dame algo; o es una chica a la que le gustan los ordenadores, leer poco y quiero que me des algo que a ti te gustó a los 15 años*, o el libro sobre Heavy Metal que hace seis meses teníais en el escaparate.

Que una librera confundida sólo puede causar más confusión.


Gracias. Y ánimo con el lunes ;)

5 comentarios:

  1. Me ha encantado la entrada :) Me la he leído con el café de sobremesa así que la he disfrutado el doble ;)

    ¡Jajajaja!Pues con las situaciones que planteas es difícil no tomarles el pelo (digo, confundir) a los susodichos clientes ;) A veces, se lo merecen, jeje. Me encantaría tener una librera como tú. En mi pequeña ciudad me temo que cuando llego a la librería y pido una obra concreta, de una editorial específica... Pues no me dicen ni mú. Prácticamente escriben los datos en el ordenador, y me entregan el libro deprisa y corriendo para que me vaya y no les importune más. Y sin embargo me parecería maravilloso que me recomendaran obras similares o de otros autores :( Algo de trato personal... Voy con asiduidad, intento ser siempre educada y amable, sacarles temas de conversación bibliófila... Nada. Me tendré que conformar con los libros (¡que no es poco! ;) )

    Magnífica entrada y muy feliz inicio de semana para ti también, guapa.

    Un besito.

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    1. ¡Lucy, muchas gracias! Me encantaría tenerte como clienta :) Si alguna vez estás por Barcelona, espero que pases por Balmes 129 bis, y me avises. Que luego siempre que me vienen a ver, se presentan cuando no estoy y me quedo con las ganas.

      A veces los libreros pueden ser muy introspectivos, quizá es por eso que los tuyos se muestran un poco sequitos. No sé, supongo que hay multitud de libreros. Y supongo que también los habrá con poca pasión. Una lástima.


      ¡Un beso!

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    2. ¡Claro que sí, guapa! No dudes que si estoy por Barcelona te avisaré y te haré una visita ;-)

      ¡Besos, linda!

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  2. Pata tu consuelo te digo Jen que no te preocupes, porque si algún día pecas de exceso de información, el cliente es como un boomerang, que volverá a ti otro día reclamandote que compraron tal libro y no les informaste de que la editorial tal lo tenía en versión mucho "más mejor" y en realidad querían ese....
    El otro día vi un reportaje sobre ventas en televisión, y decían que cuantas menos opciones se den al cliente más fácil es vender. Pero ten por seguro que si pecas de concisa tampoco les gusta. Condensar información en pocas palabras, tampoco, a la gente le gusta que les hables y te enrolles un poco para sentir cercanía. Conclusión: que no sabes cómo acertar.
    Yo es lo que hago en mi trabajo, seguir siendo yo y dar los datos que hagan falta.
    Ya me gustaría a mí que en las librerías me contasen todas las ediciones que tienen de un Dumas, por ejemplo, para poder elegir con criterio....
    Ánimo y a por la semana!!

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    1. Gracias, Marissa. Desde luego que tratar con la gente no es una ciencia exacta. Y tiene que ver mucho la química. Vamos, que tampoco es que le dé palique a todo el mundo, porque si no, no acabaría nunca con las tareas más administrativas. Y además, a mucha gente no le apetece, lo cual es respetable. Pero vamos... No lo voy a negar, si no pudiera hablar con nadie, la tarde se me haría más pesada. Aunque haya días de Señor-llévatelos-pronto.

      ¡Un besazo!

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