martes, 8 de julio de 2014

el misterio de las baldas hundidas


Este es el relato de un curioso incidente. O de una librera al borde de un ataque de nervios. Bueno, ya estoy empezando a exagerar. Pero llevarlo al extremo y tomárselo como una afrenta personal es lo que lo hace realmente divertido, camaradas.

La sección de Literatura de Balmes 129 bis tiene un perverso habitual. No os imaginéis a un cleptómano, alguien que coja y se lleve porque sí el último Dust de Patricia Cornwell en edición de bolsillo, por 8 euros, que los hay. No es que quiera incitar al crimen a nadie, pero creo que casi me sorprenden más los que roban ediciones tan baratas. Pero volvamos al tema: os hablo de alguien que puede que sea inofensivo, pero que me tiene totalmente descolocada.


Un cliente, o clientes, no descartemos la pluralidad, se dedica a hundir los libros de las estanterías, especialmente las baldas a la altura de los ojos. Os explico: nuestra norma es que todos los libros, en la medida en que sea posible, tienen que estar perfectamente alineados con el borde de la estantería. Véase una fotografía de ejemplo:

Cómic en Balmes 129 bis


En Rambla Sant Josep 88-94 lo llamábamos “colocar bonito”. De mi segundo jefe allí me traje muchas manías a Balmes 129 bis. A veces, incluso me asusto al comprobar que son tantas. 

Nuestro espacio es bastante pequeño, así que normalmente conseguimos cumplir esta norma. Os puede parecer una tontería, y que soy una auténtica lunática (pues esperad), o que tengo un trastorno obsesivo compulsivo con el orden, pero es una manía estética que limito al trabajo. Y aunque no los creáis, hace que los libros luzcan más. Por favor, no lo probéis si vuestras estanterías no están colladas a la pared. 

Pues bien, esta persona inidentifiada viene muy a menudo y coge todos los libros de una balda a la altura de la zona de los ojos y los hunde hacia atrás. Así sin más. Ni descoloca, ni tira al suelo, sino que únicamente lo empuja todo para dentro y se va sin avisar. 

No sabemos quién es. No sabemos cuánto tiempo lleva consumando este acto. Ni si lo hace en otras librerías de la ciudad, o incluso en las bibliotecas públicas, o en los muebles de exposición de IKEA. Al principio no le dimos importancia, pero cuando de repente las tres primeras baldas del mueble flotante de Clásicos te las encuentras hundidas, te miras con la compañera y el entendimiento es mutuo: está hecho adrede. Y en ese momento te ofendes.

La duda se hace a diario más fuerte cuando en una misma semana aparece hundida una balda de romántica y el pobre Paul Auster y vecinos, aunque estén un poco más arriba: ¿quién será? Tiene que ser alguien que venga a menudo. Y te empiezas a poner nerviosa: has visto a esa persona, la has visto. Empiezas a vigilar atentamente, con disimulo, a todos esos clientes que entran más de una vez por semana. Te paseas por la zona mientras están cerca de Clásicos. A veces dices en voz alta: «Es que a mí lo que me gustaría saber es quién mete para dentro los libros, eso me gustaría saber», y colocas bonito con la mayor parsimonia, como queriendo enviar un mensaje en morse. Haces como si se lo dijeras a alguien, pero se lo dedicas a aquél/aquélla/aquéllos que demuestran divertimento tan singular. Porque puedo ser una librera quisquillosa, y cuando veo toda esa balda hundida, oigan, se me eriza el vello y me entran todos los males.

La semana pasada tuve un pico enfermizo respecto a este curioso suceso: ¡de repente otra balda hundida! Diez minutos antes había colocado un libro allí, y estaba en perfecto estado. Y aquí es cuando ya podéis tratarme de lunática para arriba, pues tras la sugerencia quizá inofensiva de un compañero para tranquilizar mi rabia desatada en las profundidades del almacén, me fui para el despacho como una estampida a exigir, por favor, ya: 

¡¡Hay que mirar las cámaras. Hay que mirar las cámaras. Hay que mirar las cámaras!!.

Porque esto me va a quitar el sueño.

D2 me miró preocupado, y preguntó con toda la razón:

¿Te falta algo?  

Imaginaros cuando me di cuenta de lo que estaba pidiendo; hacía pública mi nueva obsesión y me avergonzaba de ello al instante:

No, es que alguien se dedica a hundir los libros en las estanterías y quiero saber quién es.

¿Nunca os ha pasado? Que dejáis que el mundo escuche esa soberana tontería que nunca pensasteis que saldría de vuestra cabeza. Que los demás no pueden perder un minutos por algo tan tonto (mis más sinceras disculpas). Que tampoco es para tanto. Que no es ningún fantasma. Que quizá quiera darnos una nueva idea estética, o le divierta tocarnos un poco la pelota, pero sin maldad ninguna.

Lo sé, lo sé, una reacción totalmente desmesurada. Pero en el fondo, aquí me vengo a sincerar, sueño y deseo y quiero por encima de todo pillar a esta persona in fraganti y soltarle un:

—¿Podría dejar de hacer eso?

Hasta lo diría con cariño, natural, educativo.

Imagino que es ese profesor universitario que por sistema siempre deja las cosas tiradas aquí y allá y, pienso, que quizá en ese no podría contener la indignación y soltaría un sonoro:

—Estese quietecito ya, que es usted mayorcito, ¿no cree?



p.S: Habemus expositor de Lonely Planet sin mayores dramas ;) 

p.s.2: ¡A por la semana, valientes! 

4 comentarios:

  1. No sabía que trabajarás en Balmes 129 (digamoslo así), me paso de tanto en tanto pero ya te aseguro que no soy yo la que hace esas cosas. Y chica, las manías de una serán tontería para los demás pero cuanto odio que en mi biblioteca coloquen los libros para atrás, yo también sufro de esa manía. Y pregunto quien ha sido :P
    Un beso.

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    1. Parece que estos últimos días, la cosa está más tranquila ;) O ya no se pasa, o de momento esta semana, no le ha dado por hundir nada.

      Cómo mola que de vez en cuando pases por Balmes 129 bis :) ¡Gracias!

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  2. Me encantan tus anécdotas de la librería, tengo un amigo del mismo gremio al que le he recomendado leerte porque se va a sentir identificado, sin duda! Lo cuentas con una gracia que me hace soltar la carcajada, y eso no es fácil en estos tiempos. Recopilar anécdotas de lo que nos pasa de cara al público daría para un ensayo. En mi caso es un aeropuerto, pero da igual, estar de cara al público te hace apreciar lo peculiar de la condición humana.
    Anotada queda Balmes 129bis por si algún día me paso por Barna, un saludo Jen!!!

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    1. Marissa, muchas gracias por tu promoción :) Yo lo digo siempre: apadrina a un librero, es un tipo de persona necesario en nuestras vidas. Así que genial que tu amigo se haya entregado a tal labor. Y todo mi ánimo para ti, que por los aeropuertos pasa mucha gente, y más en estas fechas. Espero que no esté siendo muy duro. ¡Besos!

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