lunes, 21 de julio de 2014

el ladrón de Acantilado

Esta es una historia de terror de Rambla Sant Josep 88-94.

Que podía sucedernos cualquier día normal, especialmente en un día normal. Porque imaginaros lo adverso de las condiciones medioambientales habituales: 1000 m2 y dos trabajadores, uno por planta. Yo solía cubrir la planta superior: unos 800 m2, el teléfono, el almacén, la caja registradora, la llave del baño de clientes, del vestuario, del despacho; Infantil, Bolsillo, Narrativa, Humanidades y Técnico. Multitud de escondrijos, ningún punto donde la visión pudiera alcanzar el total de la superficie = a multitud de ladrones. Sí, teníamos más ladrones que goteras, y también teníamos una cuantas.

En ocasiones, nos encarábamos con ellos, porque la gran mayoría eran también habituales, y repetían, algunos más de una vez por semana. El de la bolsa de plástico, con la nariz aguileña y que simulaba hablar por teléfono solía atacar sobre las 3 de la tarde, aprovechando el cambio de turno, casi siempre en la planta baja y simulando la técnica del Blitzkrieg: entrar, coger, salir. Rápido. Una vez me dijo que «estaba loca, y que me confundía de persona». Me había disculpado con la chica que estaba atendiendo porque me iban a robar y me dirigí al Top Ten, y la verdad es que a mí personalmente no, sino a la multinacional para la que trabajaba, pero son estas cosas que una vez te las hacen en tus narices, dan rabia y algo hace “clic” en tu interior, y te encaras. Pasa, no puedes aplicar ninguna fórmula mágica de la indiferencia. No está bien permitirlo.

Con otro llegué a ir a juicio, en representación, porque fui yo quien firmó la denuncia. Fue todo un fastidio perder una mañana entera, de nuevo, por la multinacional en la que trabajaba.

Cuando veías a un ladrón habitual, te ponías nerviosa.

A más de uno le pusimos cara gracias a las cámaras.

Pero nunca llegamos a identificar –que yo sepa- al ladrón de Acantilado.
De él me he acordado porque estoy inmersa en la lectura de Slawomir Mrozek (del que hablaré en otra entrada).

De Él, que exclusivamente robaba libros de la editorial Acantilado, en casi todas las librerías de la cadena y, estoy segura, en otras. No lo vamos a negar: su gusto era exquisito.

Y su audacia más.

Porque mínimo en tres ocasiones logró hacerse con Reportajes de la historia de Martín de Riquer & Borja de Riquer, libro que venía presentado en una suntuosa caja de 85€. Él era un atrevido, que te dejaba sin la novedad de Acantilado que ponías en la mesa más cercana a caja, donde pasábamos la mayor parte del tiempo, y no las novelas cortas de Stefan Zweig. Supongo que no por falta de ganas, sino porque cuando se ponía, lo hacía a lo grande. También se llevó Gargantúa y Pantagruel (49€), y biografías, y libros de historia.

Esto no se puede ocultar tranquilamente bajo la camiseta


Él era un constante en la conversación con el comercial de la distribuidora de Acantilado.

Quizá una persona a la que saludábamos y dábamos los buenos días.

Quizá nos compraba algo insignificante para despistar.

Quizá llevaba traje. Una vez tuvimos un ladrón con traje que tuvo el descaro de avergonzarnos, y sin sospecha lo dejamos marchar. Al ver más tarde las cámaras, se nos cayó la cara al suelo. Pero hay que ser “nice” con el cliente, siempre, por encima de todas las cosas.

Poco antes del fin, comenzamos a alarmar todo lo que entraba de Acantilado. Lo que no sirvió para nada.

Y luego decidimos guardar tras el mostrador todos los títulos de Acantilado por un valor superior a 15€, que son la mayoría. Pero siguió atacando, porque era imposible guardarlos todos.

Él, que me pregunto qué cara tiene. O Ella. Quizá nos hemos equivocado del todo, y estamos hablando de una Selina Kyle en toda regla. También tuvimos ladronas, pero la parroquia de habituales era prácticamente masculina. De ahí que siempre hayamos pensado en el ladrón de Acantilado.

Si bien es cierto que Rambla Sant Josep 88-94 se hundió por el planteamiento y la poca perspicacia comercial de esta “gran” multinacional, el sangrado de libros por robo siempre fue una constante y un elemento desmotivador para los trabajadores.

Los hubo originales: que robaban un libro, y te dejaban en la estantería otro de segunda mano, obsesivamente recortado, para compensar.

Los había circunstanciales: que te pedían el libro, y como tenías que atender a otra persona, en vez de esperarte en caja para pagar, se marchaban. Con el libro.

Los hubo que fracasaron en el empeño. Que siempre saludaban, y parecían gente amable, y te preguntaban por mil títulos imposibles para disimular.

Que utilizaban una bolsa del Pans & Company para aprovisionarse.

Que eran muy mayores. Que revendían en Sant Antoni sin molestarse a quitar la etiqueta de la tienda.


Y seguramente todo lo cubría el gran seguro de la gran multinacional. Que en tantas ocasiones nos apuntaba como culpables de que tales hechos se perpetraran en nuestras narices. Pero lo dicho: las condiciones medioambientales eran tan adversas… 


p.S: ¡Ánimo con este lunes! 

8 comentarios:

  1. Qué pena, madre mía. Estas personas (suponiendo que lean los volúmenes y no los vendan) deberían darse una vueltita por las bibliotecas y dejar de fastidiar a los demás :S ¡Qué vergüenza! Yo también ansío muchos libros, pero me aguanto, ¡qué le vamos a hacer!

    Eso sí, me encanta cómo lo has narrado :) Y me encantan, por supuesto, todas las entradas que has publicado ;)

    ¡Un besito!

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    1. Gracias, Lucy :) Me temo que ladrones de libros va a haber siempre. En Balmes 129 bis por suerte hay muy poquitos, lo que indica que todavía hay un respeto por el comercio pequeño. De hecho, creo que los hay capaces de robar en Fnac y otras plataformas similares, y nunca lo harían en un comercio pequeño. Eso también da que pensar.

      ¡Un beso!

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  2. Cambia "de terror", aún tachado, por "de misterio" y perfecta, la entrada ;-)

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    1. Pues también, es mucho más preciso ;)

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  3. Debía tener una técnica muy depurada, porque calzarse un tocho del calibre 45 no lo hace cualquiera...seguro que los tiene a buen recaudo en su casa, para su solaz, y de vez en cuando se ríe con media boca recordando su hazaña.
    Cómo me gustan tus anécdotas libreras, lo que me habría gustado a mí trabajar en una librería! Una pena que la vida te lleve por otros derroteros.
    Un abrazo Jen!

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    1. Marissa, ¡gracias! Nunca se sabe; cualquier día tenemos el capital suficiente para abrir nuestro rinconcito soñado. Nunca es tarde para ser librero.

      ¡Un fuerte abrazo!

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