lunes, 9 de junio de 2014

nostalgia de épocas no vividas

Ahora que por fin me he enganchado de verdad a la autobiografía de mi adorado Steven Patrick Morrissey, tengo el radar de la nostalgia al tope. Nostalgia de épocas no vividas. Por ejemplo, los años del auge del glam rock. Cómo me hubiera gustado tener 18 años en el lugar y momento adecuados. Y haber visto a Marc Bolan en concierto, cuando T.Rex era la última sensación. Haberme puesto toda esa ropa llena de brillantina, llevar esos pelos, ese estilo tomboy multicolor; ponerme el mismo tinte rojo anaranjado que Ziggy y todo el satén que pudiera caber en mi armario. Presenciar escenas tan pletóricas como:

Ziggy perdiendo el control por culpa de la guitarra de Mick Ronson (1972)


Por la misma razón, tampoco me hubiera importado el Manchester de los 80. De haber presenciado los primeros conciertos de The Smiths y haber tirado gladiolos –dichosos sean los gladiolos- al escenario.



Desde luego, me ha tocado vivir una época mucho menos atrevida y transgresora, en la que los melómanos no flipamos con lo nuevo, sino que nos extasiamos en todas aquellas sesiones con tufillo revival. Nada supera los temazos del siglo XX. Y es que ya se ha comentado en varios artículos, que los festivales se aprovechan para ver a viejas leyendas y que la media de edad del músico del Primavera Sound, por ejemplo, se sitúa perfectamente en los 40 ya pasados (este dato puede ser del todo impreciso, pero a mí siempre me ha dado esa sensación, sobre todo los cabezas de cartel). Hay excepciones y bandas que todavía gozan de muy buena salud, casi todas fundadas también el siglo pasado, pero reconozco que soy una amante de la música muy nostálgica. Y como me pasa con mis libros y autores preferidos, empiezan a estar todos muertos. Que Bowie nos dure muchos años, por favor. 

No tengo especial problema, y quizá estoy hiperbolizando, pero qué bello es que la música sea inmortal y que todavía los discos de los 70 nos llenen de pleno el alma. Sigo pensando que los 70 fue una/la época más dorada que me hubiera gustado vivir. Reitero: en el lugar adecuado, no en la América profunda o en la ciudad en que he nacido. Ya puestos a elegir, se escoge a lo grande, y una se pide Londres mínimo. 

Ya no sólo por la música, sino también por los estrenos de cine. Cómo hubiera flipado con los estrenos de Stanley Kubrick (¡imaginaros en el 68 viendo 2001 en la gran pantalla!), o Hal Ashby, o el mejor Polánski. Lo que me hubiera gustado ir a ver El quimérico inquilino; lo que hubiera llorado con la muerte de Peter Sellers a principios de los 80; cómo me hubiera gustado leer The Women’s Room de Marilyn French cuando lo publicó en el 77.

Hubiéramos bailado hasta que se nos hubieran caído los pies Virginia Plain, Metal Guru, y coreado Starman hasta la saciedad. Hubiéramos botado con los Ramones y con Generation X. Porque todas esas cosas que tanto me gustan, seguro que en su justo momento supieron mucho mejor; imaginad la revelación mariana de apuntarse al carro del glam rock (hubiéramos sufrido la narcolepsia más terrible cuando se acabó). Hubiéramos sido los adolescentes del tecnicolor. Por eso soy una nostálgica. Porque a mí me encanta la fiesta, y esas seguramente fueron memorables. Ay, un suspiro, y una canción de consolación. Somos consumidores homenaje. Homenaje al dicho "cualquier tiempo pasado fue mejor".



A veces sí que me gustaría ser una highlander como Christopher...

p.S: Me pasaron el siguiente documental de la BBC (una televisión de verdad), que os puede interesar (o no) por si os gusta esta música, la conocéis, u os queréis iniciar (cosa que celebro). Muy recomendable, tiene escenas imprescindibles:



Y por supuesto, también podéis optar por Christian Bale en Velvet Goldmine y echaros unas risas con las pintas que lleva, y las de Ewan McGregor. ¡Feliz lunes! 






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