lunes, 19 de mayo de 2014

todo lo que nos gusta del s.XIX

¿Recordáis la adaptación cinematográfica que Francis Ford Coppola hizo a principios de los 90 de la obra de Bram Stoker? Reconozco que no puedo ser imparcial con un Drácula protagonizado por Gary Oldman, y sé que muchos detestan aquella película, a la que hoy se le podría encontrar mil pegas, porque además de las licencias en el guión, algunos efectos especiales han envejecido mal. ¿Pero recordáis la estética de los salones de Lucy? ¿Y su descenso triunfal a su propio panteón vestida de novia, envuelta en ese encaje y satén kilométricos que enmarcaban de forma perfecta su paso espectral? Quizá sois de los que preferís la materia prima en crudo, de los que tienen en un pedestal particular las historias de Stoker, Conan Doyle y Mary Shelley, y salvando las distancias geográficas, Edgar Allan Poe. Imaginaros los escenarios habituales que van ligados a esos nombres. Para mí, pensar en el s.XIX es visualizar el Londres más neblinoso regido por las convenciones y los fantasmas de la época victoriana. Y por los crímenes en un lóbrego callejón. Un siglo donde el reñido pulso entre superstición y ciencia nos ha dejado escenas y una literatura imprescindibles. Un siglo donde se roban cadáveres, se ocultan lanzándolos al Támesis, se mandan amenazas de forma torpe, se preparan trampas en la taberna, y en el que casi siempre se apunta directamente al mayordomo*. Y precisamente eso es lo que Denis Bodart y Fabien Vehlmann han plasmado en las historietas de Green Manor, que la editorial Dibbuks recopiló en un exquisito volumen integral en 2011 (por suerte, todavía en circulación).

Quién no iba a caer en las garras de Lucy

Green Manor es un homenaje a todo lo que nos gusta del siglo XIX. Un club donde lores y caballeros de una respetable posición social dan rienda suelta a su imaginación más perversa: crímenes retorcidos, estafas, trampas, supersticiones y la poderosa aurea de lo sobrenatural a lo largo de 16 historietas cortas que siempre tienen un nexo de partida común: los lujosos salones del club. A partir de ahí, el popular guionista Fabien Vehlmann desarrolla todo el encanto de los clichés decimonónicos en guiones de unas pocas páginas, presentándonos una serie de canallas y asesinos bien vestidos, y siendo fiel a la esencia primigenia de la novela negra: el golpe de efecto, el toque final, resoluciones descabelladas y brillantes, con mayor o menor lógica, pero siempre con envidiable elegancia. Al fin y al cabo, Inglaterra es el país de los gentlemen. Historietas representadas con todo lujo de detalles por el artista belga Denis Bodart, fiel a la escuela de cómic europeo, y cuyo trazo es rico, exhaustivo e ideal para darle el carácter adecuado a las historias de Vehlmann, muchas de ellas narradas desde el punto de vista de la mente maquiavélica. Moriarty es un villano con un numeroso club de fans. 


Veneno, abrecartas, locos de atar, millonarios maléficos que hacen abuso de su poder; balas perdidas en la noche, accidentes inesperados, rituales, la morgue, la música del crimen. Vehlmann es un fantástico guionista con momentos gloriosos, sorprende cuando menos te lo esperas con incorreciones morales que nunca faltan al buen gusto. El dibujo de Bodart no es original, pero la calidad es indiscutible. La única pega que se le puede hacer a Green Manor es que no todas las historias tienen la misma calidad literaria, y que muchas se merecen más espacio que las escasas 7-10 páginas que ocupan. Eso, y que el tamaño de la edición, aunque preciosa, es menor al habitual en este tipo de cómic. Pero es un entretenimiento asegurado, y una delicia para los amantes de la estética del XIX, aunque hayan leído historias parecidas mil veces. Porque cuando a uno le gusta algo, nunca tiene suficiente.


«Las ganas de matar siempre me sobrevenían del mismo modo, como una musiquita que sonaba en mi cabeza y cuyo ritmo sólo debía seguir… Si seguía su tiempo, el movimiento resultaba evidente y nadie se daba cuenta de nada. Repetí mi gesto en numerosas ocasiones, siempre sin premeditación alguna. Y siempre funcionó. En cuanto al por qué mataba… Bueno, sin duda era porque me sentía dotado para ello»





*Así dicho, no parecer que en eso se haya avanzado mucho… 

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