viernes, 14 de marzo de 2014

¿cuánta tierra necesita un hombre?

Es el título de un relato escrito en 1886 por Lev Tolstoi y que Nórdica Libros recupera en una edición para auténticos sibaritas: ilustrada con eficacia por Elena Odriozola y muy bien editada —esas contraportadas y hojas previas en esa tonalidad de verde tirando a turquesa es uno de esos detalles que a mí me fascinan y me satisfacen como compradora. Hay ciertas cosas que siempre serán mi perdición.


¿Cuánta tierra necesita un hombre? es un cuento sobre la codicia que se puede leer de una sentada. Una fábula tradicional que encierra su buena dosis de moralina y, coincidiendo con algunas reseñas que he leído por la red, aplicable en la sociedad actual.

Pojam es un campesino que siempre quiere más. Quiere dejar de trabajar para otros y decide comprarse una pequeña parcela. Trabaja esas tierras y le va bien, se ha convertido en un pequeño terrateniente, y su éxito le lleva a desear ampliar sus propiedades. Hasta cegarse, hasta el punto de solamente preocuparse por su expansión territorial.

Es muy probable que un campesino del siglo XIX en la estepa rusa os diga más bien poco. Me imagino que no estaréis pensando en comprar tierras y cultivarlas. Pero apliquemos la parábola. Hablemos desde la experiencia, y cogeré la mía porque es la que más a mano tengo. Hablemos sobre nuestras vidas.

¿Cuántos libros necesito? He ido acumulando una gran pila sin apenas darme cuenta. Que tardaré años en leer, si es que llego a conseguirlo, y aun así, ya estoy pensando en comprar este y aquel otro libro antes de que se dejen de editar. 

¿Cuánta ropa necesito? Otra de mis auténticas perdiciones. Hay cosas que no me he puesto en todo el invierno porque literalmente no me ha dado tiempo. Pero no me preguntéis dónde estuve el sábado pasado. 

Imaginaros que alguien se presenta un día y os propone una tarifa plana para comprar en un centro comercial: todo lo que puedas abarcar en el día de hoy te va a costar X. Sea lo que sea. En la cantidad que quieras ¿Cómo reaccionaríais? Mejor dicho: ¿hasta qué punto enloqueceríais? ¿Qué cogeríais primero?

Pero sigamos pensando en esa parábola… Extrapolémosla al máximo:

¿Cuántos amigos necesitamos en Facebook? ¿Cuántos seguidores de Twitter? ¿Cuántos contactos de Goodreads, Pinterest o cualquier aplicación que se os ocurra? ¿Con cuántos vais a tener tiempo de mantener una conversación normal, larga y extendida, rica y plena? ¿Con cuántas personas queréis estar al día de sus actividades, progresos y novedades, ver todas sus fotos, comentar en sus estados, felicitarlas por el día de su cumpleaños? ¿Cuántas os saludan por la calle, se detienen cinco minutos e intercambiáis un par de palabras amables?

¿Cuánta energía necesitáis para sobrevivir, para recargar vuestro portátil, Smartphone, Tablet o Ipod? ¿Cuántas cosas vais a comprar la próxima vez que vayáis al súper? ¿Cuántos paquetes de jamón en dulce tiraréis a medias, cuántos yogures caducados? En casa se nos ha llegado a caducar un paquete de legumbres. Aparecen cosas en el fondo de la nevera que no sabíamos que habíamos comprado.

¿Cuánto dinero necesitáis? ¿Qué suma os haría felices?

Sea por la lectura de este cuento de Tolstoi, o por este pequeño ejercicio de reflexión, debemos de ser conscientes de nuestra peligrosa tendencia a abarcar. Somos insaciables. Consumimos, acumulamos, atesoramos, nos apropiamos. Últimamente se han puesto de moda los libros de historia a través de los objetos. Curioso. Nos domina el objeto, las cosas que queremos. No creamos, manufacturamos. La función de crear tan sólo es de unos pocos. El resto manufactura. La mayoría acumula.

Me molesta sobremanera que cosifiquen a las mujeres, pero lo cierto es que cosificamos absolutamente todo. ¿Amor? En regalos de cumpleaños, de aniversario. ¿Libertad? En billetes de compañías low cost, en la libertad que te da un coche, etc. ¿Sueños? ¿Cuántos sueños se basan en poseer?

La moralina de esta historia ya la conocéis. Podéis deprimiros, aunque no era mi intención causaros malestar. Que cada uno se preocupe de su propio espíritu.


Para la ocasión yo me quedo con lo que se suele decir en mi casa: «No vas a querer ser la más rica del cementerio». Y claro que no. Porque estoy decidida a donar mi cuerpo a la ciencia. O como en aquella película: que me utilicen para abonar la tierra donde crecen las tomateras. 

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