martes, 11 de febrero de 2014

anita se parece a erika

En esta entrada puede parecer que hago apología del denostado cine español, pero mi única intención es destacar una relación que me ha parecido interesante, a la par que un tanto turbadora. Si de paso, por qué no, sirve para reivindicar una buena historia, que así sea. Alguien que siempre ha soñado con dedicarse a escribir, no puede despreciar la cultura en la que le gustaría asomar la cabeza, ¿no os parece? Pues por mucho que mis gustos se definan por producciones extranjeras en la mayoría de los casos, nunca me imaginaría escribiendo en otro idioma que no fuera el mío. Un pequeño inciso, si se me permite.


La herida de Fernando Franco se ha llevado un par de Goyas este año, a mejor actriz principal (Marian Álvarez) y a mejor director novel. Es una de esas películas que a mí me gusta bautizar como “buena película desagradable”. Un drama sobrio y emocionalmente incómodo y perturbador. Cuenta la historia de Anita, interpretada por Marian Álvarez, una mujer joven que trabaja en una ambulancia y que a pesar de que disfruta ayudando a los demás, tiene serios problemas de socialización, y vive inmersa en una vorágine absolutamente autodestructiva: se autolesiona, pierde el control de forma constante y presenta ciertas tendencias suicidas. Pero por encima de todo, es una mujer que se siente muy sola y hundida. Vamos, Anita no es precisamente un personaje amable. No te va a arrancar una sonrisa, sino más bien todo lo contrario: durante el transcurso de la película lo más probable es que Anita te produzca mucha angustia, incluso congoja, y una inexplicable sensación de opresión.

Cuando llevaba media hora de película, no pude evitar acordarme de aquella siniestra profesora de piano masoquista que pasada la cuarentena todavía compartía habitación con su madre: Erika, la protagonista del filme La pianista de Michael Haneke, basado en la obra homónima de Elfriede Jelinek. Erika (Isabelle Huppert) es el personaje más opresor que he conocido en cuanto a dolorosamente indigerible.

Salvando las distancias, y todas las diferencias fundamentales que existen entre ambas historias —quizá los paralelismos no os parezcan tan claros, pues no ha sido una comparación rigurosa, sino que me he dejado llevar totalmente por las sensaciones—, Anita y Erika son personajes difíciles de encajar. No de concebir como reales, sino de difíciles de asimilar. El problema es que están perfectamente insertados en una sociedad que nos es muy conocida. Por ejemplo, Anita vive en una ciudad del norte que no se nombra pero cuyos edificios, ruidos, conversaciones, la distribución de las calles, las personas que por allí pasean nos son muy familiares. Demasiado. La película de Haneke se desarrolla en Viena cotidiana. Las dos mujeres tienen profesiones normales, visten de forma bastante corriente, no tienen ninguna marca de nacimiento o distinción genética que las separe del común de los mortales. Podrían tratarse perfectamente de las vecinas del quinto. Te saludarían en el ascensor. Te las cruzarías en la calle.



La herida básicamente está rodada en primer plano. En ciertos momentos, esa cercanía es francamente insoportable. Uno no quiere contemplar tan de cerca el dolor ajeno, porque irremediablemente se sentirá con la obligación de hacer algo al respecto. De pensar una posible solución a la situación de Anita, que parece que vida en un pozo sin fondo. De esos en los que solamente puedes salir por tu propio interés y esfuerzo.Eso es lo que las hace difícilmente digeribles; para mí, en muchas ocasiones, incomprensibles. Cómo se sienten, por qué han llegado hasta ahí. ¿Es el carácter innato de ambas, o las circunstancias en contra? En el caso de Erika, por ejemplo, es tan retorcida  su forma de proceder que se hace casi imposible compadecerse de su destino. Son dos mujeres tan perturbadoras, que lo más probable es que uno sienta en el estómago un vacío indescriptible, es más, un auténtico puñetazo. 

Anita y Erika son personajes disfuncionales. En el caso de Erika quizá podría justificarse toda su extravagancia como el resultado de su creatividad. Como si vivir entregada al arte redimiera un tanto su retorcida personalidad, como si fuera un pequeño estigma secundario. Sin llegar a los extremos de Erika, que en esa última escena de la película, directamente te corta la respiración y te remata, sin ya poder dar marcha atrás y albergar una ligera esperanza de mejora, Anita también tiene sus momentos de aniquilación total. Como cuando se pone a dar golpes en las persianas bajadas de los negocios que se encuentra de vuelta de una fiesta.

Sin embargo, lo dicho, son buenas historias, buenas películas. Y es lo que no entiendo: ¿por qué la “fascinación” por lo directamente desagradable, lo detestable, la llaga? ¿Qué nos aporta? Quizá podemos respirar tranquilos, estamos bien, no estamos así. Quizá simplemente somos unos yonquis de la realidad, unos buitres emocionales. Nos puede el morbo de fisgar en las emociones de los que sienten de forma extrema, y luego poder apagar la tele y vivir nuestra vida respirando con tranquilidad. La ficción no es sólo una vía de evasión, sino un producto sensorial en perpetua garantía. Una especie de droga, dura en muchas ocasiones. 

Observad sus efectos en su máxima esplendor en esta escena final de La pianista. Y luego me contáis, si os apetece, qué os ha hecho sentir. Si no habéis visto estas películas, os animo a hacerlo. Aunque os podáis sentir verdaderamente mal tras hacerlo:








Buenas noches. 

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