miércoles, 5 de febrero de 2014

americana y camisa, por favor.

Debo anunciaros que definitivamente me he vuelto una persona adulta. Mañana —bueno, dentro de unas horas— tengo mi primera visita “de negocios”. El entrecomillado se debe a que me parecen palabras mayores para Balmes 129 bis. Pero simplemente por un inadecuación espiritual: a los libreros nos encanta revestir nuestras actividades de un halo de romanticismo e intelectualidad que la palabra “negocios” casi parece de mal gusto. Como si lo nuestro fuera trabajar por amor al arte (casi). Desde luego uno nunca sacará de la venta de libros un sueldo de mad men.

He decidido de antemano lo que me voy a poner, porque quiero convencer a nuestra interlocutora. La de mañana es una visita compartida. La broma de la semana es que se nos podría confundir con vendedores de La Atalaya. Sustituid la palabra del señor y el reposo eterno por los catálogos infantiles de Usborne, Egmont y amigos. Como si el inglés educativo, las primeras lecturas y las portadas rosas y de todos los tonos de pastel fueran nuestros libros favoritos. De oreja a oreja vamos a sonreír cuando nos toque improvisar nuestra apuesta personal, el que nos parece el más divertido, de éste pida 20 y no se hable más. No seáis severos, repasad vuestras estanterías infantiles y encontraréis alguna que otra “joya” digna de olvidar.

Pero de vuelta al tema: he preparado para la ocasión una chaqueta americana. Muy probablemente también me pondré una camisa. Y me he hecho mayor de golpe. Me han ajustado los puños, porque las mangas me quedaban demasiado largas y no quiero que parezca de prestado. Es una americana negra que compré hace cosa de un año, que costó menos de 40€, sin botones, sin solapas y con bolsillos espaciosos. La tenía muerta de risa en el armario, porque mi intención era ponérmela con todas esas camisetas que he ido comprando en conciertos, tiendas de Internet, y que como siempre digo, significan algo para mí. Que me gustaba Pippi de pequeña, pues me compro la camiseta. Nada nuevo por parte de los hijos de la posmodernidad. Pero a quién pretendo engañar…

Un look alternativo para una prenda que ante todo denota seriedad. El rollo intelectual despreocupado más estudiado que un traje de sastre. Un quiero y no puedo: ser una moderna nunca se me ha dado bien. Me falta la jerga, la pose y me gusta demasiado el cinismo como para que me acepten en cualquier tribu urbana. Gracias. Sin embargo, últimamente vivo abonada a las camisas abotonadas hasta el cuello. Y no sé si debería psicoanalizar este hecho en busca de un deseo reprimido. A saber. 

Lo curioso, y lo que quiero destacar, porque esta decisión me sorprende a mí misma más de lo que se podría pensar, es que yo siempre he sido –y soy- una fiel defensora de la imagen como lienzo de la personalidad y el estado de ánimo. Como un juego visual. Pero en ningún caso como definición de la validez profesional de una persona. Si yo tuviera una empresa y me encargase de la contratación, no despreciaría ni las rastas, ni los tatuajes, ni los tintes de mil colores, ni los piercings, ni las plataformas, ni los vaqueros. Los prejuicios estéticos se tienen que intentar superar. Me gusta la gente original en su vestimenta, que no venga cortada por ningún patrón de multinacional, que no se vea obligada a vestir de negro, gris o marrón. Pero mañana me pongo una americana. Y parece que lo que acabo de decir tan sólo es palabrería de blog.

¿Importa tanto lo que me ponga, si tan sólo es una reunión con una profesora de un cole pijo? Por mucho que me escandalicen las mensualidades del centro, tampoco es que vaya al encuentro de ningún lobo de Wall Street. No importaría que fuera pública, o una academia de inglés extraescolar. Me la pondría igual. Porque nunca lo he hecho. Porque me hace gracia que piensen que me la pongo para impresionar, que he querido agradarles. Jugar un poco a ser yuppies. Desplazarnos en taxi como si fuéramos Holmes y Watson de camino a la próxima escena del crimen –mis ensoñaciones se confabulan contra mi impostada imagen de adultez y seriedad.

Os contaré si dio resultado, si importó, si noté que nos miraba de arriba abajo. Si cerramos el trato. Y si es así, puede que le otorgue un misticismo indebido a la chaqueta. Puede que la guarde en el armario como amuleto. Para ocasiones decisivas.

¿Qué va a ser lo siguiente? ¿Comprar un maletín?



p.D: No os preocupéis en exceso, que la otra americana que tengo en el armario es roja y con unas hombreras digas de un domador de circo. Yo siempre dispuesta a contrarrestar. 

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