lunes, 24 de febrero de 2014

a mí no me dio tiempo a quedarme sin Whatsapp

A mí no me dio tiempo a quedarme sin Whatsapp. Al parecer fueron cuatro horas sin programa. Quizá enganché la catástrofe en los últimos veinte minutos, pero pensé que los mensajes no se lograban descargar como advertencia del servidor, que previamente me había pedido en siete ocasiones que actualizara mi versión. Lo hice por fin, y es verdad, no había vuelto. Volví a meterme el teléfono en el bolsillo y me olvidé del asunto achacándoselo a la cobertura. Me dediqué a pensar en todas esas cosas que me encantaría trasladar al papel pero que solamente se mantuvieron como grandes ideas durante los quince minutos de trayecto de tren. Suelo leer de camino a casa, pero me está costando Saul Bellow.

Hoy he leído la repercusión de esas cuatro horas entre la sociedad más cercana: amigos, contactos de Facebook, tuits esporádicos. También he leído, y me han comentado, las maravillas y encantos de Telegram. Pero me niego, también tengo Skype. Y todo el mundo respira tranquilo, y sonríe y utiliza los emoticones apropiados porque la aplicación ha vuelto. Si me concentro en el tema de usar Whatsapp, en su significado psicológico e incluso filosófico, y eso incluye demás plataformas, creo que caeré en la desesperación más absoluta.

Me avergüenzan bastante muchas de las reacciones que he leído sobre el asunto. Me siento un tanto impotente al constatar nuestra dependencia a la tecnología. Una vez más. Y lo absurdo que resulta que fomentemos de esta manera nuestras relaciones humanas en el ciberespacio. Que confiemos en tales intermediarios para “descubrir” y “conocer” a las personas. Es una falacia más, como la de aprender inglés en 30 días, porque conocer a los demás no es inmediato, es un proceso con muchas etapas y estadios, que lleva mucho tiempo, mucha acumulación de situaciones y conversaciones distintas, y que no sólo puede darse en un solo medio o lugar.

Hoy he visto la película Her. Y me ha dado un miedo atroz pensar lo adictiva que es la virtualidad, donde todos podemos fingir ser quienes no somos. Bueno, quizá aquí exagero. Pero sí es cierto que es una oportunidad para omitir y desvirtuar, y añadir una serie de cosas que en la vida real nos es imposible. Es la gran mentira, o estafa si queréis, pensar que estamos mejor comunicados e informados que nunca antes. Lo cierto es que lo único que han conseguido los Smartphones es hacernos más individualistas, que no más independientes. Poder llevar en el bolsillo todo lo que necesitas, hasta el afecto de los demás, que se tributa en megabytes, puede parecer la panacea. Y es la peor de las enfermedades que podíamos contraer. La que más separa. La que más nos idiotiza.

Debo confesaros que uso el Whatsapp porque no quiero echaros de menos. Porque algunas de mis personas favoritas están lejos. Pero no puedo, ni quiero renunciar, a la sensación de veros y hablaros a la cara. De dirigirme a vosotros. De esforzarme por deciros las cosas en persona. Veros, oleros, tocaros. Tanta aplicación me hace sentirme una romántica cuando en realidad no es para tanto. Es lo que mi experiencia señala como lógico. ¿No es lo que todos quisiéramos?

Asimismo, debo confesar que también me gusta no veros. Los que ayer estuvieron cuatro horas mordiéndose las uñas no se dan cuenta de los esclavos que son. De que la mensajería instantánea se ha adueñado de su soledad, de la sana. Del espacio que todos merecemos que sea inviolable. De la cita que tenemos con la primera persona que debemos conocer a fondo: nosotros. Del estar acompañados única y exclusivamente por nosotros mismos, de dejar las emociones y pensamientos fluir sin que haya un público que conteste “Jajajaja” cuando no sabe ni tiene nada que añadir. De pensar. De pensar mucho. De soñar. También mucho.

Uso demasiadas plataformas, más de las que debería. No renuncio en ningún caso a tener una “personalidad” en Internet. Pero quiero advertiros de que es una faceta, no la persona completa. No soy yo, sólo una representación. No es la persona que a diario se levanta y va a trabajar, y quiere tener tiempo para todos y para ella sobre todo.

Ayer me perdí las cuatro horas de vuestra desesperación porque estaba trabajando y, después, en la barra de un bar con algunos compañeros del trabajo. No quiero restregaros ninguna superioridad erróneamente inferida de mis palabras. Sólo recordaros que el apocalipsis ya llegó hace mucho. Que entiendo que este tipo de tecnología ayuda a sobrellevar el mundo en el que vivimos. Pero debo insistir: mi mensaje de Whatsapp favorito es aquel donde nos ponemos de acuerdo para vernos.

No lo digo desde el sentimentalismo barato. Necesitaba exteriorizar una opinión que puede parecer poco válida en boca (manos) de una persona con Iphone. Necesitaba ser sincera. Y sobre todo oírme decirlo (escribirlo). Resistir la tentación.

Ojalá hubiera podido vivir en ese mundo donde la gente se mandaba cartas, que tardaban una eternidad en llegar. Imagino que sería como tocarlas. Abrazarlas después de tanto tiempo. Y una satisfacción espectacular, de repente, tener noticias. Ese “de repente” que ya no existe, porque “de repente” es siempre.


Lo creo ciegamente: menos siempre es más. 

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