lunes, 6 de enero de 2014

siempre estaré encantada de hablaros de Elizabeth Taylor

La otra Elizabeth Taylor. No la de la gran pantalla. No Cleopatra. No la sex symbol. No de la que se habrá dicho todo ya.

Os hablaré de la escritora británica de cejas finas y semblante tímido. La que bien podría haber aparecido en un film noir de los 40, juzgando por las fotos que se conservan. De esa escritora de la que nunca me hablaron en una clase de literatura, pero que todos los expertos concuerdan en que es brillante y ha sido infravalorada injustamente. Quizá ella tuvo algo que ver en su inmerecido olvido, porque nunca quiso darse bombo. Porque Elizabeth prefería quedarse en casa con sus hijos a copar portadas en prensa. Nunca pudieron tildarla de vanidosa. 

A la que encontré, por casualidad, referenciada en un blog, y ahora lamento no recordar cuál, porque no se lo podré agradecer a la persona que me iluminó nombrándola. Elizabeth es de las primeras autoras que decidí incluir en las estanterías de Balmes 129 bis, sobre todo pensando en mí y en mis próximas lecturas. Mi trabajo a veces puede resultar muy conveniente ;).

Probablemente debería haber empezado con Angel, pues muchas fuentes la citan como su novela más redonda. Pero me decidí por A Game of Hide and Seek, que por suerte, Ático de Libros ha decidido publicar en español como El juego del amor. En inglés, casi toda su obra está disponible en el sello Virago. Unos pocos datos prácticos, por si alguien los considera necesarios.

Antes que nada, y creo que es importante aclararlo: A Game of Hide and Seek trata de una relación amorosa, el típico triángulo, pero no es una novela romántica. Taylor es una cronista fiel de las experiencias humanas; de la sociedad y las costumbres de una época determinada, y de las oportunidades perdidas, los errores y sus consecuencias. De no tener valor para cumplir nuestros deseos. Y cómo el paso del tiempo afecta y moldea los sentimientos derivados del primer amor. 

Harriet siempre ha amado a Vesey, desde que eran jóvenes y jugaban al escondite en verano. La vida los separa y cuando se reencuentran años después siguen queriéndose, pero ella está casada y tiene una hija, y una posición social privilegiada. Una casa en condiciones y una vida bien planificada. En cambio, Vesey, que eligió ser actor, no ha logrado hacer fortuna, y subsiste de forma bastante precaria en una compañía de teatro de segunda fila. Por descontado, en su treintena su futuro sigue siendo incierto.

Aunque Elizabeth demuestra gran maestría en relatar la historia sin juzgar a sus personajes, como observadora prácticamente imparcial, se cumplen una serie de estereotipos que siempre te acaban formando unas ideas concretas: Vesey es ese hombre tan impráctico, el que se va a comer el mundo de boquilla. Al que amas u odias. Quizá egoísta, quizá egocéntrico. El que posiblemente te hará sufrir con su aparentada indiferencia. El típico que parece no necesitar a nadie, aunque lo que más anhela es que alguien decida quererlo. Y Harriet, a pesar de haber tenido una madre sufragista y una educación abiertamente de izquierdas, en la que se premiaba la independencia femenina, se convierte en una mujer que necesita la seguridad y estabilidad que le da un marido que en el fondo ni fu ni fa. Su objetivo principal ha sido formar una familia. Tener una vida tranquila. Y sin embargo, ahí sigue Vesey como cuenta pendiente. 


A Harriet se le puede juzgar por distintos frentes: como candidata a mujer adúltera. Como joven que no parece haber extraído nada de las enseñanzas maternas, tan liberadoras y aparentemente deseables. Como madre. Como mujer doméstica que está cansada de la rutina pero no sabe vivir fuera de ella. Probablemente sea el personaje con más posibilidades de toda la novela. Como buen texto costumbrista, A Game of Hide and Seek incluye un reparto de personajes secundarios imprescindibles para entender la cotidianidad: la hija pre-adolescente, el marido serio y cumplidor, los amigos que se cebarán de tus miserias, la suegra que no te acaba de caer bien… Una pequeña comunidad de la campiña diseñada con precisión.

Taylor es muy capaz de despedazarte en cuatros o cinco líneas. Aunque nunca fuera su intención. Ella simplemente te cuenta cómo son las cosas, sin más. Me la imagino trabajando en su escritorio, trasladando al papel vivencias reales de las que nadie puede escapar. Que nadie se engañe, que nadie la tilde de aburrida antes de darle una oportunidad. Que su prosa es exquisita. Que es de esos talentos que con lo justo y necesario dan en el clavo. Pero de los que no te ahorrarán ni un golpe: ni lo mezquino, ni lo detestable. Que no es cruel, pero que no reniega de la crueldad. Que sabrá arrancarte una sonrisa. No habrá moralina, ni falsas esperanzas. Habrán quedado cosas por decir, pero no habrá posdata posible. Y os habrá convencido: lo mejor de la historia es que os la habrá contado Elizabeth Taylor.

Vuestra nueva devoción. La otra, que me perdone, pero sólo estaba interpretando un papel. 

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