viernes, 3 de enero de 2014

por qué siempre afirmé no ser feminista y cómo me tuve que tragar mis palabras

Cuando yo era naíf (y ese imperfecto no indica que haya dejado de serlo), me llenaba la boca jurando y perjurando que no era una persona feminista. Porque ya no era necesario serlo. Y tenía mucho cuidado en usar la palabra “persona”. Porque creía en mis palabras a pies y juntillas, como se suele decir, lo que hizo que darme cuenta de la realidad fuera aun más doloroso. Pero que nadie se apiade de mí. Todos poseemos cierta resiliencia.

Ser feminista no sólo implica tener una serie de convicciones, ideas o principios a los que ser más o menos fieles. También supone prestar atención a diario; corregir unos hábitos; aplicar unas buenas costumbres; elegir las palabras adecuadas cuando toca defenderse, y a veces, encontrarse en esa fastidiosa, incluso violenta, situación en la que alguien te pondrá en duda, o directamente te habrá ofendido o atacado sin compasión. Como cualquier idealista en la práctica, supongo. No es estar en pie de guerra, ni mucho menos. Pero desde luego, es no dejar que te pisen el terreno. 

Antes de llegar a esa conclusión, yo soñaba vivir en una utopía: no era feminista porque no era necesario; porque era un movimiento a superar, rancio y caduco, y debíamos promulgar el personismo. Porque no me identificaba con el estereotipo feminista (que existe, aunque sea poco real). Porque no había diferencias, tan sólo las que nos empeñábamos en destacar y, casi me da vergüenza reconocerlo, magnificar, e incluso inventar. Todavía hoy la palabra “género” me toca un poco las narices, pero ése es otro tema.  

El punto de inflexión, aunque en el momento no supe identificarlo, fue cuando un transportista de Edebé me gritó e intentó amedrentarme en la librería en la que entonces trabajaba… por ser mujer. Hay ciertas cosas que, aunque no deberían ser motivo de desunión, sólo puede sentir una mujer, y en todo caso, aventurarse a explicarlo. Ningún hombre, si es que me lee alguno, experimentará el hecho de que los ninguneen en el trabajo por ser mujer. Por supuesto que podrá sentirse menospreciado e infravalorado por sus superiores y compañeros, pero muy rara vez (todo puede pasar) por tener testículos. Atención, que solamente hablo del entorno laboral. Es importante insistir en este punto.

Es un poco el cómo-te-va-a-pasar-a-ti, hasta que te pasa y te cae el jarro de agua fría. Sin avisar, claro está. Y no creáis que son ensoñaciones mías (si así lo pensáis, por favor, dejad de leer y no perdáis más el tiempo). Este “buen” hombre decidió gritarme y amenazarme, adoptar una postura agresiva, subir el tono de voz, comerse mi espacio vital porque le dije que por la tarde no recibíamos paquetes. Cuando se lo dijo mi compañero, tras varios minutos de tensión, bajó el tono de voz, respetó el espacio prudencial para mantener una conversación civilizada, y de forma tranquila y relajada, concedió que ya se lo había dicho la compañera, pero que POR FAVOR, a ver si podíamos hacer una excepción. Me indignación se tradujo en unos cuantos gritos también. 

Sin embargo, en aquel momento catalogué aquella experiencia como un hecho aislado y no quise admitir lo evidente. Seguía sintiendo el feminismo como una fe que no necesitaba en mi vida.

Hasta que a principios de 2013 leí The Women’s Room de Marilyn French (Sólo para mujeres en castellano) y empecé a atar cabos y a dedicarle tiempo a reflexionar sobre este asunto. Llegué a la conclusión de que puedo prescindir de una religión, sea fe o superstición; de sentimientos patrióticos o nacionalistas, pero no de ideas feministas.No quiero renunciar a mi conclusión inicial: esa utopía en la que habríamos superado ya todos los prejuicios y solventado todas las desigualdades, de tal forma que el feminismo no fuera necesario. Quiero pensar que aunque imperfectos, podemos mejorar como sociedad y aspiramos a ello. Pero yo no lo veré, muy probablemente. No obstante, sí creo que tenemos un feminismo más inclusivo al alcance de la mano. 

Como propósito para 2014 me he propuesto reeducarme en este y muchos aspectos relacionados. Se trata de informarme y leer más literatura feminista. Sacar mis propias conclusiones. Acabar de definir lo que pienso, y conjugarlo con lo que siento. Y quizá he abierto esto para exponer este progreso (aunque no sólo eso, porque tampoco es mi interés haceros una tesis sobre el tema; “ni leer como una mujer”* y pontificar). O quizá he empezado esto porque casi todos los años abro un blog o algo por el estilo, tengo esas manías, ya es como tradición. Seguramente es porque nunca he logrado mantener un diario, y sigo insistiendo por pesada. O quizá porque siempre quise ser columnista, aunque ya no lea revistas. Vete tú a saber. Pero sobre todo porque si te gusta escribir es imposible dejar de hacerlo.

Pero no os preocupéis, que además de mujer feminista, soy librera. Esa profesión en eterno peligro de extinción. Que lo mío es hablar de libros. Me gustan mucho las pelis y la música. Y hasta a veces invento personajes y tramas de unos pocos párrafos. Lo típico. Además, puedo contaros anécdotas, de espanto y ciencia ficción.

Anécdotas, tengo muchas.

p.D: Aquí hay muchos temas a desarrollar y aclarar, que haré próximamente. No me parecía educado obligaros a leer un primer post de más de 1000 palabras. ¡Pero gracias por vuestra atención! Hasta la próxima. 


*= esto se merece un post propio. 

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