miércoles, 15 de enero de 2014

«las mujeres tenéis un problema»

De hecho, como colectivo, más de uno.

E imagino que individualmente todas podríamos añadir unos cuantos.

¿Quién no tiene problemas?

La frase tenía la misma solemnidad que la anunciación de una plaga bíblica (y aquí, exagero, por supuesto).

Pero especifiquemos: ese problema es laboral, y en palabras de D1 — quién me mandaría a mí tratar de las desigualdades entre hombres y mujeres con mis jefes— está muy claro: quedarnos embarazadas.

¡Ya saltó!, pensaréis. Incluso se os escapará una exclamación. Y no os faltará razón.

No obstante... Un segundo, como suelo decir. No explotemos en indignación. Capacidad para que nos embaracen, tenerla, la tenemos. ¿Y en cuántos casos es improbable?

No penséis tan mal de ellos, tengo la suerte de que el sector librero no discrimina. Los libreros somos prácticamente un género, como para empezar con subdivisiones biológicas. Pero volviendo al tema, D1 y D2 creen que ése es nuestro principal problema en el entorno laboral: que vamos a querer quedarnos embarazadas. Será porque tengo muy claro lo de no querer tener hijos, que estoy por ponerlo en el CV –uy, cuidado, que eso lo dijiste en voz alta-, por lo que esa afirmación tan rotunda me parece una idea totalmente absurda, y muy desfasada. No me vais a oír decir que es una injusticia como una catedral, que lo es, y que deberíamos abogar por medidas estatales que ayuden a conciliar la vida laboral y la familia (para ambas partes, ¿no?). No. No le quiero dar excesivo espacio a los prejuicios. Ni que el debate tire por ahí, como siempre. Me he quedado en el paso previo: ¿es que acaso no es construir la casa empezando por el tejado? Con la actual ley laboral, los contratos basuras, y la inestabilidad de las empresas; el país y toda la pesca, ¿un empresario no contrataría a una mujer porque está en edad de procrear? ¿Realmente se lo plantea de forma tan simplificada?

Discúlpenme: pero eso es presuponer un poco demasiado. Atribuirnos un deseo socialmente aceptado, la condición de madres en ciernes. Y las que no deseamos seguir perpetuando esta especie hoy por hoy somos muchas. Las estadísticas de natalidad no mienten: cada vez nacen menos niños en el país (por mucho anteproyecto corrosivo).

Sí, una mujer puede quedarse embarazada y coger la baja. Y un hombre tener un accidente, una enfermedad o una depresión y coger la baja. Y una persona aparentemente 100% infalible, abandonar su trabajo de un día para otro sin avisar. Y la empresa quebrar. Y que venga un huracán y salgamos todos volando. Da la casualidad que un hombre no puede quedarse embarazado, pero todo lo que puede pasarle a una persona que le impida en un momento trabajar es imposible de predecir. Por supuesto, supongo que en una franja de edad determinada, la probabilidad de embarazo alcanza un porcentaje elevado. Pero a mí me parece que a 15 de enero de 2014 es rizar el rizo y, sin embargo, D1 y D2 están muy convencidos de que muchos empresarios se pueden guiar por eso.

Lo dicho: no todas queremos tener hijos. Y los prejuicios son una (insertar aquí palabra malsonante).

Y añado: de mi generación, ¿quién opta a un trabajo para toda la vida cuando va a una entrevista? Hemos abandonado esa cultura y tampoco es lo más temible en el panorama.

En lo laboral, más que en cualquier otra cosa ahora mismo nada es para toda la vida.

La aportación de D2 en la conversación es que él es feminista pero no está de acuerdo con la “cuota”, y por ende, con la discriminación positiva. Eso de que por norma haya el mismo porcentaje de hombres y mujeres en una empresa. Que todo el mundo obtenga su puesto por méritos. Perdón, pero estamos en el país del amiguismo y de un favor por otro. Si yo decidiera sería más estricta y cuadrada: mismo porcentaje de hombres y mujeres, y de franjas de edad, y variedad de tribus urbanas. Pero es que yo creo en la inmersión lingüística como paso intermedio (aunque eso, en todo caso, lo defenderé en otro post). Es un poco lo mismo: los números no engañan, seguimos siendo minoría en las altas cúpulas. Así que un poco de intervencionismo “positivo”, aunque sea un –ismo que odiemos, no nos hace ningún mal, como colectivo.

Cierto es que no estoy de acuerdo con la discriminación positiva como concepto, pero es que a veces el fin sí justifica los medios. O eso dicen. Y sin embargo, todavía no me he visto practicándola más que por imposición, o porque fue un poco un regalo. Como dijo Ava Gardner, yo soy una mujer que se paga sus propias copas. De las que se deja invitar, si puede invitar luego. Las libreras somos una profesión muy neutra. Todas a mover libros arriba, abajo, de aquí para allá; una profesión bastante solidaria, aunque no lo creáis, donde hombres y mujeres conviven unidos por la estupidez y el cierto desprecio a las hordas de mentecatos que no tienen otra cosa que preguntar si el de bolsillo incluye lo mismo que el de tapa dura. Nuestro cinismo no conoce límites, disculpad. Que nos enamoramos de las personas por sus gustos literarios, sean hombres, mujeres, o extraterrestres; estén casados o no –ése no es nuestro problema. Una profesión donde no harás una fortuna, pero donde no existen desigualdades salariales. Y mi aportación a la conversación con D1 y D2 fue: yo aquí no he movido ni una caja.

D1 y D2 preguntan que por qué debería haberlo hecho. En toda mi vida librera no me había pasado algo así. No estoy acostumbrada a lo que no me parece otra cosa que galantería. Que aquí cada uno tiene su rol y el mío no es el de mover cajas, aclaran. Pero a mí no me importa arremangarme si es necesario, si la ocasión lo requiere. Enaltecida y con una voz de fondo que me repite idiota, idiota, idiota. Incrédulos, insisten, las tareas logísticas son tareas de otros. Muy bien dicho. Pero cuando puntualmente se ha necesitado ayuda en el almacén, nunca, nunca, en los seis meses que he pasado en Balmes 129 bis se le ha pedido a una compañera que hiciera una demostración de fuerza, aunque fuera la persona más a mano. En mi beneficio juega, y en mi contra parece que digo esto, pero lo cortés no quita lo valiente: eso también es discriminación positiva.

Ya lo suelo decir: vaya boquita que tengo a veces.

Ése es mi problema más frecuente. Sin embargo, me parece necesario reconocer que a veces ya nos viene bien. He ahí otro problema.

Y vuestro problema, queridos hombres, es que como colectivo sois unos machotes y tenéis que demostrarlo asiduamente.

A veces me pregunto si los libreros no deberíamos crear una legión y salvar al mundo.


Con amor. 

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