martes, 7 de enero de 2014

el prólogo que se merecía Karin Boye

O al menos, un intento.

Hay algún spoiler. Avisados estáis. (Aunque mi profesora de literatura rusa opinaba que el spoiler está sobrevalorado, que revelar ciertos aspectos de una historia, aunque no se haya leído aún, no le restará valor ni fuerza a la hora de leerla).

De un tiempo a esta parte he observado una tendencia perniciosa en una serie de editoriales que, a pesar de sus atrevidas apuestas y sus exquisitas ediciones, que se nota que hacen con mimo y buen gusto, y que no lo vamos a negar, venderán menos, pero damos gracias todos los días porque existen, desaprovechan la oportunidad de incluir un buen prólogo.  Tan necesario para sus textos si contamos el catálogo que publican.

Entiendo que haya ciertos nombres en boga que ejercen de atractivo reclamo. Pero echo de menos que se les ceda un espacio a los verdaderos expertos en la materia. Quizá los editores no estén de acuerdo, y que nadie me malinterprete, ellos saben mejor que yo hacer su trabajo. Tampoco quisiera que el título de la entrada os indujera a pensar que yo soy la persona adecuada para esta tarea.

Pero Kallocaína de Karin Boye, cuya edición aplaudo, porque me parece estupenda, adolece de un prólogo insustancial, exageradamente corto, y en resumen, de lucimiento personal. A mí me hubiera encantado un análisis en profundidad, de los que se leen al terminar el libro. Porque lamentablemente Karin Boye es una auténtica desconocida en este país. Cierto es, como se dice en el prólogo, algo de verdad debe tener, nunca mencionan su obra como una de las mejores obras distópicas, aunque lo sea. Eso también le pasa bastante a Zamiatin, cuya obra también se publicó mucho antes que el mundo viniera a laurear a Orwell.

Karin Boye, poeta sueca, que no lo he dicho, acabó quitándose la vida el día que Hitler entraba en Grecia. No sabemos si porque no podía con el peso de los acontecimientos, o por algún motivo más personal. En Kallocaína relata un mundo donde un gran Estado ha aniquilado por completo la individualidad del ser. Leo Kall, el progatonista, es un científico que ha dado con una substancia que permite ejercer un control casi total sobre los pensamientos de los conmílites del Estado del Mundo. El suero de la verdad, la kallocaína, la herramienta definitiva que ayudará a purgar el estado de seres asociales e indeseables.

Sin embargo, la kallocaína, aunque en todo momento presente, es lo menos importante de la obra.

Lo realmente perturbador, por ejemplo, es estrato social conocido como los humanos cobaya, que en perspectiva se presentan como un terrible vaticinio de lo que acontecería a millones de judíos en los laboratorios de los campos de concentración. Ella no tenía por qué saberlo, quizá fue un presentimiento. Pero imagínense, que tu profesión consista en ser una rata de laboratorio. Que te diezmen, te mermen y te abran en canal descubriendo tus últimos pensamientos y tus secretos mejor guardados con una sola inyección.

Karin nos presenta una sociedad entrenada para no existir de forma individual. Pero como bien dice la voz de la disidencia, materializada en el personaje de Rissen: “ningún conmílite mayor de cuarenta años tiene la conciencia tranquila de verdad”. Todos los conmílites son partícipes de su amargo destino donde el Estado del Mundo controla y organiza sus vidas a su conveniencia. Al fin y al cabo, son generaciones y generaciones de idiotas que reniegan de pensar y actuar de forma libre quienes perpetúan la situación. Certera analogía de cualquier sociedad occidental hoy, me temo.

Nuestro protagonista es un científico convencido, como Mayakovski lo estaba de la revolución bolchevique, y luego acabó pegándose un tiro (perdón la digresión). Os lo podéis imaginar, le pasa a casi todos los antihéroes de las novelas distópicas: se topan con lo extraño, que de primeras, rechazan y condenan, pero les surge la duda, que acaba traduciéndose en desencanto. Poco a poco Leo Kall se va derrumbado por dentro, hasta transformarse en todo lo que había despreciado. Ha nacido una nueva oposición.

Pero la rendición llega demasiado tarde. Cuando el daño ya está hecho. Cuando Leo Kall por fin decide expresar su emoción y tomar las riendas de su ser, intentar salvar al superior que ha denunciado, amar en voz alta a la mujer con la que ha tenido hijos, el Estado enemigo lo captura y lo convierte en esclavo. Otra vez.

No obstante, como él mismo termina su relato: “no puedo borrar de la mente esa ilusión: que aún, pese a todo, estoy participando en la creación de un mundo nuevo”. Todo nace desde dentro. Somos causa y consecuencia, agente de cambio. No podemos renegar del yo, no podemos desprendernos de él.
Karin describe a unos mercenarios muy parecidos sentimentalmente a nosotros. Una sociedad del silencio. Asustada. Relegada a vivir como autómatas, por inercia. Ella quizá tenía en mente a esa sociedad que permitió que los fascistas llegaran al poder en los años 30. Yo veo a mis conmílites. Un Estado donde todo el mundo vive solo y deja escapar tantísimas oportunidades. Asustados. Muchas veces viviendo como autómatas, por inercia.



Que nos sirva como advertencia. Por hoy la kallocaína no será necesaria. 

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