viernes, 6 de enero de 2017

no hagáis dieta

Son estas fechas del año que en nos hacemos tan “buenos” propósitos, y a veces por desgracia, muy mal encaminados. Muchos buenos propósitos están condenados al fracaso, lo que siempre lleva a la frustración. El propósito estrella que más probabilidades tiene de resultar en frustración: hacer dieta. Y luego, no recuperar el peso perdido.

Vivimos en una cultura de la dieta. Pero a falta de una definición oficial consensuada por académicos de peso, traduzco la que dan en EverydayFeminism: «una sociedad tan bombardeada por la propaganda que invita a hacer dieta, en muchas ocasiones  propaganda imperceptible, que afecta la relación con nosotros mismos y los demás».

La cultura de la dieta es además un negocio: de productos light, bajos en grasas, de barritas dietéticas y energéticas, de efectos yoyó, de márketing surrealista, de comprimidos quemagrasas, de aplicaciones para contar calorías, y a lo sumo, de restricciones que se nos venden como la fórmula mágica de la felicidad.

Creedme que si de algo sé es de estar gorda. Porque he estado gorda toda mi vida. Y a dieta varias veces. La primera dieta de 1200 calorías me la preparó un endocrino que a los diez años me preguntó lo siguiente:

—¿Tú verdad que quieres hacer dieta?

Decir que sí me parecía la respuesta adecuada. A los diez años un facultativo me hizo responsable de mi alimentación, cuando ni yo era quien se encargaba de llenar la nevera, ni cocinaba. Y evidentemente cuando yo no era una persona ni adulta, ni lo suficientemente madura, ni racional. Cuando no tenía nada de información. Me hubiera podido decir que engordaba por ingesta de aire o por una enfermedad rarísima y hubiera sido perfectamente creíble. Qué iba a saber yo. Si me hubieran dicho que me tomara no-se-qué, me lo hubiera tomado.

Pero da igual que esto le pase a un adulto. Porque un adulto puede estar igual de desinformado respecto a su alimentación, y actuar por las falsas promesas de la cultura de la dieta. La primera y más reprochable: baja de peso y sé feliz.

No es activismo corporal hacer dieta. Y por eso os digo, aunque vaya un poco en contra de mis principios dar consejos a los demás sobre lo que tienen que hacer y no con sus cuerpos, por favor, no hagáis dieta.

Y de paso, no esperéis a ser una versión más reducida de vosotros mismos para llevar tirantes o minifalda.

No le deis más dinero a esta industria. No pongáis más esfuerzo en esa cortina de humo que os vende un cuerpo idealizado que puede ser vuestro. Y no.

Lo que sí es activismo corporal es informarse de lo que entra en nuestro cuerpo. De dónde viene. Hacernos responsables. Y está claro que no todos somos nutricionistas con título, pero al final es una cuestión de educarse y sentido común. No hemos llegado a esta conclusión antes por toda la desinformación que tenemos a mano y la espiral de comecomecomecome-pero-hay-que-estar-delgados que nos rodea.

Si sentís que no os estáis alimentado bien y que eso puede ser la causa de vuestro aumento de peso, colesterol, disminución de la energía, etc. os tenéis que preguntar lo siguiente: ¿os queréis lo suficiente como para cambiar de hábitos para siempre y vivir mejor? Porque si lo hacéis motivados porque no soportáis el reflejo en el espejo, no va a funcionar. Y menos si vuestra motivación es gustar más a los demás.

¿Estáis preparados para perder kilos y ver que la bajada causará estragos? Porque cuando una va llegando a los 30, el colágeno ya no es el de la adolescencia, y las estrías aparecen para quedarse en lugares inesperados, y vais a perder el pecho que no sabíais que teníais.

Esta vez os hablo de la experiencia. En 2016 he perdido aproximadamente unos 12 kg. (no sabía cuál era el punto de partida, así que el cálculo es aproximado). Toda mi ropa me ha quedado grande. No es ningún drama, cierto, pero tienes que acostumbrarte. He tardado 29 años en hacerme responsable de lo que entraba en mi cuerpo. En negarme en participar en una industria y en una cultura en la que te culpan y te señalan con el dedo por ser obesa pero en el súper te poner productos peligrosos y perjudiciales para la salud. Suerte que todavía existe la SS y no se ha firmado el TTIP.

El documental que me hizo ver la luz y que recomiendo a todo el mundo es Fed Up. Eso es lo que me pasó a mí: que al terminar su visionado me di cuenta de que estaba HARTA de tanta manipulación. De tanto comer mal por inercia.

Tengo suerte de que como soy muy práctica, el cambio de hábitos no fue doloroso. Creo que no tengo una relación demasiado emocional con la comida: si no hay una cosa, pues hay otra. Ya he comido suficiente junk food para esta vida y la próxima. Pero entiendo que haya personas que deban esforzarse más, menos flexibles. Si es tu caso, debes identificar qué es lo que está causando esta relación tan emocional con lo que comes.

Las activistas corporales que tantas veces son acusadas de hacer apología de la obesidad, no tienen en realidad ninguna intención de meterse en vuestra vida privada, ni en vuestra alimentación. Simplemente reclaman la visibilidad que les corresponde, porque los cuerpos no normativos existen, no se pueden negar. Y también es una terapia de choque para retomar nuestra autoestima y voluntad, esenciales para que una mente sana luche por su bienestar en conjunto (el corporal incluido). Sin amor propio no vais a mover ni un dedo por vuestros objetivos, por mejorar vuestra vida, signifique lo que signifique para vosotros “mejorar”.

Pero me juego un meñique a que nadie se ha propuesto llegar a la talla 50 (nadie con una talla inferior, me refiero). Todas las personas gordas han soñado alguna vez con adelgazar, lo han deseado con todas sus fuerzas hasta desearlo de forma enfermiza, y todas han acabado culpándose, martirizándose y ocultándose en un cascarón. ¿Les vais a reprochar que saquen pecho y se empoderen? Me vais a permitir que os diga que sólo una persona gorda sabe lo complicado que es ser gordo en esta sociedad, agravado si eres mujer. La opresión corporal es otro mecanismo capitalista de represión, con el único fin de controlar nuestras vidas. Si no entendéis que haya personas que se revelen, que se radicalicen, y lo combatan, peor para vosotros. Que haya personas que sufren por la gordofobia, por la falta de comprensión, por todas las relaciones abusivas que no se pueden evitar, porque igual las tienes en casa, pues bien, vuestra falta de empatía no es de mi incumbencia.

Como personas gordas, aspirar a ser delgadas es casi una obligación. En mi caso que siempre he sido bebé, niña, adolescente y mujer gorda, la delgadez es casi un concepto abstracto. Delgada es un término que no creo que me podáis aplicar. Ni ahora ni dentro de veinte años. Gorda es la definición más fiel. Pero lo que no me parece tan guay es que me digáis vaga, débil, glotona, perezosa, o sólo guapa de cara. En muchas ocasiones he visto esas miradas de «estás así por gusto. Eres gorda porque no paras de comer. Porque no te mueves». Ni tú estás en mi día a día, no sabes lo que entra en mi nevera, ni te importa lo más mínimo. Eso es por lo que pelean las activistas gordas, para reducir la intromisión en nuestras vidas. Porque fíjate, nuestras vidas gordas son tan nuestras como las vuestras son vuestras.

No hagáis dieta. Pero alimentaros con amor. No os reprimáis de comer algo que os apetezca. Pero volveros un poco sibaritas y mirad dónde va vuestro dinero cuando vayáis a hacer la compra. Mirad de dónde sale vuestra comida. No os conforméis con algo que todo el mundo está de acuerdo en que es basura. Por eso tenéis que aprender a quereros. Porque os merecéis lo mejor. Porque no podéis contribuir con la industria que os martiriza. Sois la cabeza de turco, el chivo expiatorio de la industria alimentaria.

Quizá otra persona pueda hincharse a bebidas carbonatadas y bollería industrial y que no haya consecuencias. Aunque ese porcentaje debe de ser muy pequeño, porque si no salen por kilos, las contraindicaciones salen por otro sitio. Igual tienen unos receptores de la hostia, y lo celebro. Yo he nacido con buen gusto literario y no todo el mundo puedo decir lo mismo ;)

Pero ese ya es otro tema…


p.D: Si alguien necesita info extra o alguna aclaración, o quiere rebatir alguna idea expuesta, adelante, el diálogo nos beneficia a todos y podéis dejarme un comentario más abajo. Much love!

jueves, 29 de diciembre de 2016

las lecturas de 2016

Como ya hice en 2014 y 2015, me apetecía escribir un post lo más sintético posible sobre las lecturas de 2016 (un post que se hará largo, I know). 

Habréis notado, o no, que ya no escribo tantas reseñas como antes. Esta nueva tendencia no fue una decisión consciente al principio, pero me paso gran parte de mi tiempo recomendando libros en el trabajo, y comparto mis lecturas en otras redes sociales, así que creo que es sano reservar este espacio para otras cuestiones, como el ColectivoDetroit, el feminismo o cualquier otra ocurrencia. Aunque sacar los libros de mi vida es algo imposible, por razones obvias, y como aquí sobre todo he venido a contaros mi vida... La deducción es sencilla ;)

Comencemos.

He leído 46 libros.

Estrené 2016 con el recopilatorio de cuentos Al otro lado del muro: La RDA en sus escritores de Errata Naturae y descubrí una autora fascinante, Brigitte Reimann. Como siempre, siento que debería haber leído más cuentos.

Brigitte era talentosa, guapa y comunista. ¿Quién da más?


Este año no ha estado mal en número de cómics. El primero fue Calling Dr. Laura de Nicole J. Georges. Las comparaciones con Fun Home son comprensibles, pero también pueden ser odiosas.

Volví a leer a Kobo Abe en Los cuentos siniestros. Y a reafirmarme en la idea más arriba comentada: siempre hay que leer más cuentos.

The Glass Castle de Jeannette Walls ha sido una de mis lecturas favoritas, aunque siento que he leído esta biografía ya hace mucho tiempo, de tanto que la he recomendado.

Effi Briest de Theodor Fontane fue un regalo de I. Otra de las adúlteras. Me sigo quedando con Ana, pero el viaje vale la pena.

Nimona de Noelle Stevenson ha sido uno de mis cómics favoritos del año, y también lo he recomendado hasta la saciedad. E incluso me publicaron una reseña en un medio especializado.

Si no sabéis quién es Edward Gorey ya va siendo hora. Pero no os recomiendo La procaz intimación, porque os dejará con ganas de más. Los chistes macabros siempre a toneladas.

Vladimir Mayakovsky fue el primer autor ruso muerto del año. Leí el primer tomo en Visor de sus poemas, Poemas 1913-1916. Todavía parecía creer en el mundo, y el mundo era la Revolución. Sus versos duelen y llenan el alma a partes iguales.

Me embarqué en un colosal lectura, la de From Eve to Dawn: a History of the Women in the World de Marilyn French. Sólo leí el primer tomo de cuatro de una historia seria sobre las mujeres. Ese 50% de la población tantas veces olvidado en el recuento de los grandes acontecimientos. Y el próximo año planeo por lo menos leer uno más. A mí Marilyn French me salvó un poco la vida en su momento, por todo lo que me enseñó sobre el feminismo. Por eso, esta obra me parece imprescindible, y difícil de conseguir por desgracia.


Tengo UN cliente (él, sin duda) que también se ha atrevido y todavía estoy pendiente de conseguirle un tomo :(

Confieso que a mí también me gustan las guilty pleasures, y por eso comencé la serie Giant Days de John Allison. Primer y segundo tomo, con algunos meses de diferencia.

Lady Sings the Blues de Billie Holiday también me lo regaló I. Suerte que tiene buen gusto, porque así siempre acierta.

Y No One Belongs Here More ThanYou de Miranda July fue un recopilatorio de cuentos recomendado por N. Y gracias otra vez. Se me ha quedado casi de muletilla, a lo Miranda: “this is happening”. En cualquier momento.

La mujer rota de Simone de Beauvoir la encontré en Cuesta de Moyano en Madrid, en febrero. Reconozco que Simone puede ser densa y asustar, que el trasfondo existencialista puede resultar un poco apabullante. Pero insistid, leerla es un gusto adquirido.

In Real Life de Cory Doctorow es un cómic simpático. Sin más.

Por supuesto, uno de los puntos álgidos de este año ha sido Middlesex de mi amado Jeffrey Eugenides. Y ahora a esperar al próximo. Me reitero porque es él: a día de hoy, el auTOR que mejor escribe personajes femeninos. 

Lo sé, el amor de Eugenides no se puede aguantar.

Los hermanos de Brigitte Reimann es una pequeña joya sobre la separación entre las dos Alemanias, la marcha de esa persona allegada que desaparece en los vapores del oeste y jamás volverá. Y si os gusta el comunismo como tema, os va a encantar.

Lucky Penny de Anath Hirsh también es otro cómic simpático. Sin más.

Otro gran descubrimiento del año, otra autora que me tiene fascinada: Flannery O’Connor. Si os tenéis que quedar con algo, mejor que vayáis a por los cuentos, pero Wise Blood es una novela corta y concisa que representa muy bien la genialidad de esta autora sureña.

Agradezco que le dieran el Nóbel de Literatura a Svetlana Alexievich, porque esto ha logrado que sea más leída y se traduzca más. Voces de Chernóbil es una crónica desgarradora, una novela a voces según sus palabras, el testimonio de todas esas personas que se ven afectadas por la catástrofe pero no siempre son considedas héroes y nombres históricos. Leedla, por favor.

Girl in a Band de Kim Gordon hizo que me pusiera de parte de Kim, aunque no era difícil, ni que sea por la canción Tunic.

Los Espectros de Leonid Andreyev es un pequeño relato de un autor ruso muerto. Dramático. En esas pequeñas ediciones de Acantilado que caben en el bolsillo y que tanto nos robaban en Rambla St. Josep 88-94.

Lucy Knisley es una grandísima guionista y dibujante de cómic. Something New: Tales a Makeshift Bride es divertido, pero sólo tienes ganas de que se acabe porque no puedes aguantar el enésimo detalle más sobre bodas y su organización.

12 Reasons Why I Love Her de Jamie S. Rich es una lectura casi para una sentada. Bastantes escenas cliché. Pero entretenido.

The Vegetarian de Han Kang se llevó el premio Booker a libro escrito en lengua no inglesa este verano. El Booker es de fiar. Esta novela corta es brillante, por todas las sensaciones que es capaz de recrear en tan pocas páginas. Quizá la cerréis tristes y confundidos, algo desesperados, quizá como a mí, os habrá encantado, pero os dará un poco de apuro comentar por qué o sonreír al pensarlo.

En 2017 tengo que ponerme al día con el teatro: Top Girls de Caryl Churchill es GENIAL en mayúsculas. Y que no se consiga en español me parece una patada a la cultura. ¿Pero a que no os sorprende?

Pensé que Elantris de Brandon Sanderson sería el peor libro que leería este año (a mí me encanta el Club de Lectura Chronos, pero no empecé con buen pie). Pero es el segundo peor libro del año. Huid de este autor. No le deis más dinero, por favor. Que a este paso nunca va a querer retirarse.

The Millstone de Margaret Drabble lo encontré en el mercadillo del Southbank de Londres. Es extraño que aunque pueda poner distancia a la época y situación representadas, me viera tan bien representada en algunos pensamientos de la protagonista.

Lo vuelvo a repetir: Simone de Beauvoir no es una autora “fácil”, si afirmar tal cosa es posible y de buen gusto. Pero Todos los hombres son mortales vale mucho la pena, por Fosca. Otra “pieza” de Cuesta de Moyano.

The Pumpkin Eater de Penelope Mortimer fue un poco decepcionante. Quizá porque no me pude identificar ni un ápice con la protagonista. 

Fantasma de Laura Lee Bahr es sin duda el peor libro que he leído este año, y eso no que lo pude acabar. Las palabras horror y basura (con perdón) son demasiado cortas para transmitir lo mal que lo pasé tragándome 100 páginas de esta novela. 

Salvó mi fe en la literatura un autora recurrente en mis estanterías, Daphne du Maurier y los cuentos incluidos en The Doll.

Y volví a Brigitte Reimann en La verde luz de las estepas por amor al comunismo como inagotable fuente de placer literario. Aunque esta obra es una reportaje.

The Hollow of the Hand de P.J. Harvey merece la pena con Polly Jean cantando de fondo.

Polly Jean querida mejor no te preguntamos qué haces


La casa de Claudine y Sido de Colette me han descubierto a la que ya es otra de mis francesas. Con permiso de Sagan.

Y otro favorito sin duda este año ha sido The Left Hand of Darkness de Ursula K. Le Guin, que no sólo es interesante por los temas de género y las alegorías a estados totalitarios, sino por ese personaje tan redondo que es Lord Estraven. Mi lectura favorita de Chronos de aquí a Gethen. 

Creo que no es fácil de conseguir, pero merece mucho la pena el recopilatorio de cuentos En la oscuridad: relatos satíricos en la Rusia Soviética (1920-1930). Vamos, que incluye relatos de Bulgakov y Zamiatin, así que nos tiramos de cabeza.

La luna al revés de Blutch ha sido el cómic europeo del año. Lo mejor, el dibujo, que es muy pop.

En el castillo de Argol de Julien Gracq fue una lectura gótica para la que ya no tenía edad. 

Por cierto, yo todavía no he visto Stranger Things, ni tengo especial prisa, pero sí que he flipado y me he puesto muy nostágica con el primer y segundo tomo de Paper Girls. Viva el espíritu de Los Goonies.

La patrulla 142 de Mike Dawson es un claro ejemplo del mal que ha hecho ese constructo social llamado masculinidad.

Otra delicatessen ha sido We Have Always Lived in the Castle de Shirley Jackson. Autora que defiendo a ultranza y que ya tenéis apuntada en la lista de propósitos para 2017, ¿verdad? 

Como también defiendo hasta el infinito a Alison Bechdel. Por fin leí Are You My Mother? Y superé mis miedos un tanto infundados de una posible decepción. A la vida le pido una edición más manejable y económica de sus tiras cómicas sobre lesbianas. 

Calle de dirección única de Walter Benjamin completa las lecturas terminadas este año.

Hay libros que he dejado a medias que quiero recuperar, varios que quiero recuperar, como por ejemplo A Little Life, que me pilló en un momento bajo y, la verdad, es maravilloso, pero no pude. That's it. 

Hay ciertos “propósitos” literarios que en 2017, ya que cumplo 30 y parece tan simbólico todo, quiero llevar a cabo:

-Releer un libro especial cada mes. En enero, Orlando de mi amada Virginia Woolf, que leí por primera vez en 2005. Si queréis hacer una lectura conjunta, please, usad el hashtag #ReleerOrlando o #LeerOrlando en Twitter o Instagram, y así podré leer vuestras impresiones.

-Leer más libros de novedades. Por razones obvias.

-Evitar los libros malos. PLEASE.

Muchas gracias por estar ahí.

Y hasta el año que viene. 




martes, 13 de diciembre de 2016

Colectivo Detroit: carta + historia de mi hermana + pensamientos

Me apetece apetecía escribirte una carta otra vez. Esta historia es de mi hermana. Yo siempre he sido sociable. Quería contarte que te he echado de menos, aunque puede que te lo imagines. Mi hermana vive en una casa en un pasaje que delimita con un polígono industrial.
Pero nunca he sido popular. Es una necesidad puramente egoísta: necesito sacarlo todo de dentro, sacarte de dentro, y olvidarte. En un futuro, esperamos que cercano, la casa dará a un bonito canal. Sí, puede decirse que soy muy sociable. Qué curiosa esta manera de proceder: la que no se despidió al marcharse fui yo. Es algo que cuesta imaginar tras tantos años de hormigón, de la casa al final de naves textiles. Cerca de su casa puedes coger la línea de metro que llega al aeropuerto. Ojalá alguien me hubiera dicho a los dieciocho años que estudiara Sociología, que intentara entender todo lo que me rodea, que no preguntara por qué ese camino que me habría parecido disparatado.
Quizá jamás abras esta carta, y directamente la tires a la basura, o la guardarás en un cajón para dentro de treinta años. Sin embargo, la historia de mi hermana es esta: un día al llegar a casa se encontró el pasaje lleno de extraños. Entendernos. Acabé la carrera en plena crisis, una microtragedia en una drama de proporciones épicas: o somos seres de transición, o una especie en completo declive.
Ya es demasiado tarde para todo, ¿verdad? No eran arquitectos de urbanismo buscando pegas al proyecto, ni familiares de los vecinos, ni parientes perdidos aparecidos por sorpresa buscando los orígenes. La familia es numerosa pero no dada a ese tipo de arrebatos. Quiero ser positiva y pensar en la primera opción: vamos a un futuro mejor porque lograremos convertirnos en una especie mejor.
No íbamos a ninguna parte, y estarás de acuerdo en que por lo menos la compañía fue casi siempre agradable. Deberíamos haber metido las manos hasta el fondo, hubiera sido más fácil olvidarnos. Al parecer, eran artistas en fase de experimentación. Luego ves documentales como La teoría sueca del amor y se te parte un poco el alma.
Quizá somos unos narcisistas, por sentarnos el uno frente al otro y regodearnos en el gusto mutuo que nos profesábamos. Como en el Colectivo Detroit, donde el ejercicio literario se da bajo ciertos parámetros, aquellos intérpretes entrenaban su capacidad para ir siempre hacia delante. Pero no sólo porque la soledad representada sea triste, sino por lo hipócritas que llegamos a ser al darnos una palmadita en la espalda que está disfrazada de toque de atención: romantizar la vida en el Tercer Mundo es de déspotas, y deberíamos avergonzarnos.
Al final, se me hizo insoportable. Nada que agarrar, nada más allá de lo visual, nada fuera del plano onírico. Vacíos completamente.
El pasaje los había metido en un cul-de-sac. Y mi hermana los sorprendió en aquel momento de inflexión: cómo salir sin tener que retroceder, y así continuar con el ejercicio interpretativo que era del todo específico: siempre hacia delante.
A veces me pregunto si no deberíamos experimentar un merecido retroceso como especie, tipo caída de Bizancio pero más a lo bestia. Sé que suena terrible, que es una elucubración algo estúpida.
Supongo que todo tiene un final.
Uno propuso saltar el muro que tenían delante.
Que se apagaran todos los satélites de golpe.
El nuestro es un final muy malo, por cierto.
Otro propuso saltar desde el balcón de mi hermana hacia el destino.
Que se acabara mañana el petróleo.
Ni siquiera es un final triste.
Otro propuso algo similar, pero desde el balcón de la vecina.
Es como si camináramos por un bosque y alguien nos llamara, y lo ignoramos porque estamos enganchados a una pantalla. Pues que se apaguen todas las pantallas.
Fíjate, que te lo hubiera dado todo no hace mucho tiempo.
Por supuesto, mi hermana se opuso, y se puso algo nerviosa. Veía lo que una persona en pleno proceso creativo quizá no ve: aquellas ideas no eran prácticas ni viables, y saltar aquel muro era muy peligroso.
Es quizá nostalgia de épocas no vividas.
Te dejo sin opción a réplica.
—¡No podéis saltar!
Os puede parecer barbárico, pero a veces pienso que somos lo peor que le ha pasado al mundo.
Y pienso que sabrás disculparme, porque como todo lo que sentías, si sentiste algo, esta vez y todas, sabrás llevar tu ¿dolor? muy discretamente.
—¡Pero no podemos retroceder! Debemos avanzar.
Yo tendría que haber estudiado Sociología, y quizá hubiera logrado entendernos. Y mañana ya no lo veré todo negro, por todas esas personas que todavía pelean por convertirnos en una especie mejor, por todos esos activistas, también los del cuerpo. Por lo que todavía se abrazan al libro como un objeto sagrado.
Adiós.
No sé si mi hermana iba o venía. Pero no se quedó a la resolución del conflicto.
Por todos los que leen y piensan y sueñan y comparten y se frustran y se molestan y tienen esperanza y mañana volverán a pelear y a soñar y a compartir y la semana que viene también.
Tuya.
Le contaron lo que el grupo había decidido: salir marcha atrás del pasaje.

No sé si de haberme visto en la misma situación yo habría actuado de manera similar. A mí me gustan los finales abruptos. Me parece ese muro muy punto y final.

***
Esta vez os proponemos un experimento de cohesión y coherencia. Se trata de escribir tres textos breves, que pueden quedar inacabados, y mezclarlos. Uno de ellos como máximo puede no ser vuestro, pero deberá estar bien referenciado. Podéis utilizar una lógica interna para combinar los textos, o no. Podéis dar alguna pista tipográfica al lector para que identifique las piezas por separado, o no. No es un experimento arbitrario: os daréis cuenta al hacer el ejercicio de que la coherencia en un texto es muy importante, y de que a veces perder el control puede ser muy interesante. Los lectores también tienen un reto en esta ocasión.

Gracias por participar. Recuerda pasarte por el ejercicio de Adri en Billete de cercanías. Si tenéis alguna duda del funcionamiento del ejercicio, estamos en colectivodetroit@gmail.com

Instrucciones para participar:

1. Leer el “enunciado” del ejercicio.
2.Interpretar el “enunciado” del ejercicio libremente
3. Escribir lo que te sugiera
4. Publícalo en tu espacio
5. Cuéntanoslo para que podamos enlazarte tanto en los comentarios como por las redes sociales.
6. No olvides usar el hashtag #ColectivoDetroit, y disfrutar la participación al máximo. 

jueves, 1 de diciembre de 2016

micro y macro

macro:
Que todo el mundo lea es importante. Que todo el mundo sepa cómo encontrar lo que le gusta leer es importante. Llenar las estanterías de literatura juvenil, seguir las modas, comprar los ejemplares del autor protagonista de la Contra. Hacer preguntas para descubrir un poco sobre esa persona. Diseñar catálogos que sean del gusto de todos, o de todos los posibles. Diseñar catálogos infantiles para ferias puntuales: Wally, Weird but True, Paw Patrol, Telgemeier, la autora estrella. Comprar en pilas. Comprar con promociones. Poner en el escaparate las novedades. Reponer en función de los datos que te indica Alt+F4. Investigar qué acaba de publicarse en castellano y catalán. Decidir si el formato aeroportuario gusta más o menos. Si quieres ahorrar un euro con poco, o algo de vista. Si conviene importar de US o de UK. Si gusta más una portada u otra. Juntar todos los libros satélite sobre Harry Potter y la última, y los de Star Wars, y los socorridos de Navidad: Calvin & Hobbes, Steve Jobs, Kiyosaki, Malala, el Booker, el Pulitzer, la última basura de Romántica o Suspense. Lo importante para nuestra supervivencia en el oficio es atraer a más lectores/clientes/compradores. Y que lean y compren. Sea lo que sea.

micro:
No me gusta lo que lee la mayoría. No me gustan las personas indecisas que se dejan convencer por estrategias de márketing, o cuyos prejuicios, o gustos, vale, son tan dispares que no habrá terreno común posible. Buscar resquicios para literatura que te emociona en los más profundo, seguir deliberadamente tus ilusiones, de forma egoísta, comprar autores olvidados por la crítica. Estar atenta por si hoy aparece alguien cuyos sentimientos hacen espejo con los tuyos. Diseñar el catálogo a tu gusto, siempre tener en stock el libro que te estás leyendo, y si lo acabas odiando, sentir serias tentaciones de descatalogarlo en el sistema. Diseñar catálogos infantiles donde pones libros que te hubiera encantado leer cuando niña: Charlotte Sometimes, I Capture the Castle, Ottolina, El Zoo d'en Pitus (este sí que lo leíste, pero no está traducido). Comprar de uno en uno. Comprar de cuatro en cuatro Cassandra at the Wedding -ayer B. lo tenía en stock en una cantidad considerable, y sonreírse, la perseverancia da sus frutos. El admirable Alt+F4 de Middlesex te da esperanzas. Investigar qué fue de aquella cuentista, cuándo se estrenó aquella obra de teatro, qué título hace accesible a Hannah Arendt. Avergonzarte un poco por todo lo que no sabes ni comprendes. B format. Mirar con agrado a los que no consultan el precio, mirar casi emocionada a los que botan porque acaban de descubrir una joya, a los que rebuscan durante horas. Si conviene entablar conversación aunque sólo te hayan dicho un tímido hola, o ni eso. Si huelen las páginas disimuladamente. Reconocer que los lectores a años luz de ti te agotan la paciencia en muchas ocasiones. Lo importante para la supervivencia de nuestra alma en el oficio es protegerse un poco, no entregarse por completo a cualquiera, y buscar a los amigos con paciencia. E intentar estimular el pensamiento crítico. Que la gente piense, por favor. Colaborar para que la gente refine sus gustos, supere sus límites, o sus miedos. Y que se busquen, en su interior. Para encontrarnos. Cuando sea.